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Aceptar la derrota y sintonizar

por 26 julio, 2020

Aceptar la derrota y sintonizar
El Gobierno no tiene suficiente fuerza política ni volverá a tenerla, pero al mismo tiempo es urgente que el país encauce decisiones. Una manera de hacerlo debiera ser construir un modelo provisional y ampliado de gobernanza de la crisis, en el que se equilibren los pesos de los poderes del Estado y donde la sociedad civil tenga mayor incidencia real en la toma de decisiones. Cuando se plantearon soluciones de este tipo para abordar la crisis sanitaria, la reacción oficial fue un rotundo rechazo. Sin embargo, en el punto en que estamos, apelar a una sensibilidad teórica de que “no se puede aceptar un cogobierno” es sólo un "flatus vocis". Hay muchos modelos de gobernanza inteligente, que implican delegar una parte del poder, pero que no suponen debilitar la capacidad de Gobierno.
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Luego de la aprobación del proyecto de retiro de fondos de las AFPs, sin gobernabilidad en su coalición, con una agenda desdibujada, un panorama económico desalentador y el riesgo cierto de nuevos levantamientos ciudadanos, el Gobierno debiera intentar sintonizar sus objetivos con la realidad.

Lo primero es aceptar que el proyecto de gestión que este Gobierno alguna vez tuvo, fracasó. Es importante hacer este ejercicio de aceptación, incluso para restarle dramatismo. Que técnicamente el Gobierno haya sido superado por la realidad, no implica necesariamente darle término. Tiene, más bien, otros efectos: permite calibrar los objetivos que el Gobierno sí se puede autoimponer: terminar el período de su mandato en los tiempos establecidos constitucionalmente; e idealmente, facilitar que el conjunto del País pueda reconfigurar su futuro inmediato.

Desde el 18 de octubre de 2019 hasta hoy, el Presidente Piñera y parte de su gabinete ha mostrado una preocupante desconexión política, social y emocional, con la realidad del país. El manejo de la crisis social mostró esa desconexión, que se manifestó nuevamente en la crisis sanitaria, donde un diseño inicial que parecía contundente, terminó fallando producto de decisiones improvisadas, una innecesaria arrogancia, incapacidad de escucha y, sobre todo, desconocimiento del país real.

Pero el Gobierno ya no tiene espacio para seguir cometiendo errores de ese calibre. El Presidente debe sopesar que el país no solo enfrenta una profunda crisis social y económica, con un sentimiento ácrata extendido en todas las capas de la población. Hay una crisis de gobernabilidad mayor (con rasgos iniciales de crisis institucional), que debe ser abordada seriamente. Un cambio de gabinete, en este sentido, quizás sea necesario, pero no es suficiente.

Para que sea posible encauzar una solución real a la crisis, debieran confluir al menos tres condiciones.

La primera, es que se materialice una política de Estado que se haga cargo de la emergencia social, económica y sanitaria, acorde con la dimensión de la tragedia social y económica en curso, crisis que tardará un tiempo en remontar. En momentos en que Europa toma definiciones radicales, asumiendo deuda en un largo plazo y el mundo entero se da cuenta que las medidas de apoyo a las personas y las empresas deben ser mucho más robustas, no es viable, ni ética ni políticamente, persistir en una ortodoxia y conservadurismo fiscal que quiere mostrarse como responsabilidad.

Pero el debate sobre las medidas económicas de emergencia y otras decisiones de similar envergadura, ya no dependerá sólo de las definiciones del Presidente, el equipo político o sus asesores, como ya ha quedado demostrado. De aquí deriva entonces, la segunda condición: que se verifique un grado importante de desplazamiento y distribución del poder, porque el Ejecutivo no tiene ya la capacidad para ejercerlo solo y porque en los hechos comenzará una ciclo electoral que profundizará crecientemente su irrelevancia. En tiempos normales, este factor electoral, produce el llamado síndrome del “pato cojo”, que es una mezcla de pérdida de iniciativa, tareas propias de la administración y el dibujo de un legado. Pero nada de eso es posible hoy, por la magnitud de los retos inmediatos del país.

Enfrentamos, en consecuencia, un nudo muy complejo: el Gobierno no tiene suficiente fuerza política ni volverá a tenerla; pero al mismo tiempo, es urgente que el país encauce decisiones.

Una manera de hacerlo debiera ser construir un modelo provisional y ampliado de gobernanza de la crisis, en el que se equilibren los pesos de los poderes del Estado y donde la sociedad civil tenga mayor incidencia real en la toma de decisiones. Cuando se plantearon soluciones de este tipo para abordar la crisis sanitaria, la reacción oficial fue un rotundo rechazo. Sin embargo, en el punto en que estamos, apelar a una sensibilidad teórica de que “no se puede aceptar un cogobierno” es sólo un flatus vocis. Hay muchos modelos de gobernanza inteligente, que implican delegar una parte del poder, pero que no suponen debilitar la capacidad de gobierno.

En tercer lugar, se debe inaugurar desde ya un momento constituyente, que facilite una reconfiguración del clima político, que dé espacio a todos para “resetearse” y donde el país en su conjunto pueda viabilizar un futuro. Debemos resignificar el proceso electoral que se inicia como un ejercicio constituyente integral. Inaugurar un ciclo de apertura y conversación nacional.

En consecuencia, el proceso constituyente que se inicia en octubre toma una relevancia incluso mayor a la imaginada en el acuerdo del pasado 15 de Noviembre. Debemos verlo como una gran oportunidad, como una ventaja y como diseño de salida.

Por último, nada de esto será posible si el Presidente no recapacita sobre su principal debilidad: la incapacidad de percibir la naturaleza y profundidad de la crisis que vive el país. Es esta desconexión la que genera el déficit político. Si la respuesta inmediata será “dar vuelta la página”, barajar el naipe en La Moneda y pretender ilusamente una nueva posición de ventaja, la crisis puede tornarse inmanejable en el corto plazo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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