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Los números también crean realidad

por 22 agosto, 2020

Los números también crean realidad
Es necesario el desarrollo de una política pública que incorpore la educación financiera como un aspecto relevante de la vida, tal como lo son las ciencias, las letras o las matemáticas. La educación financiera ofrece beneficios considerables, tanto para los individuos como para la economía en su conjunto, pues ayuda a desarrollar las habilidades necesarias para evaluar riesgos y, al mismo tiempo, considerar las ganancias y rentabilidad potencial que se pueden obtener fruto de una inversión.
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La mayoría de los problemas de las personas con los números y, por qué no decirlo, en algunas actividades derivadas de ellos, como la administración financiera de empresas, comienzan, como con casi todo, durante la infancia. Probablemente, algo pasa tras deslumbrarnos con la magia de descubrir cómo contar y efectuar las 4 operaciones matemáticas básicas. En efecto, lo que a veces puede resultar paradójico, son esos mismos números los que comienzan a perder sentido y significado a medida que dichas operaciones forman parte de fórmulas cada vez más complejas y que resultan comprensibles en manos de aquellos “aventajados” que siguieron practicando, descubriendo y explicándose el mundo a través de los números.

El formar parte de ese grupo de “aventajados” no me impidió empatizar con aquellas personas que se alejaban cada vez más de poder entender lo que los números tienen para decirnos. Y es que, desde lo que plantea la biología del conocimiento de Humberto Maturana, así como “el lenguaje crea realidad”, los números también pueden ser considerados un lenguaje, por cuanto son capaces de decirnos cosas, de crear o determinar de manera atávica la realidad, cuando les logramos dar una interpretación. Detrás de cada cuenta de resultados, de cada balance y de cada indicador de una empresa, hay un montón de significados que llenan nuestro cotidiano de certezas, que no dan cabida muchas veces a dobles interpretaciones.

Del mismo modo, si todos los agentes participantes en una economía tienen un buen nivel de conocimientos financieros, esto se traducirá en la generación de un mayor grado de desarrollo y eficiencia del mercado, favoreciendo así un comportamiento informado de todos sus agentes. Según revela la experiencia internacional, los individuos con un mayor nivel de cultura financiera tienden a ahorrar más, lo que normalmente se traduce en mayores niveles de inversión, creación de empresas, generación de empleos, es decir, el crecimiento de la economía en su conjunto.

Es justamente en el ámbito financiero de los negocios, sin duda, uno de los que podemos constatar este poder comunicador de los números y su impacto cuando hablamos de los niveles de viabilidad de estos, llegando a determinar, incluso, nuestras emociones, estados de ánimo y hasta nuestros sentimientos. En los años que llevo asesorando pequeñas y medianas empresas, he podido conocer el verdadero universo que hay detrás de cada estado financiero que me ha tocado analizar: ilusiones, esperanzas, ensayos y errores, aciertos y, la mayoría de las veces, la vida misma apostada en varias columnas de cada balance. En esos universos pienso cuando escucho que los números “son fríos” y quienes nos dedicamos a utilizarlos e interpretarlos para proporcionar un diagnóstico y una serie de recomendaciones, prácticamente nos transformamos en unos seres sin alma.

Esto, además de ser una injusta caricatura, aleja aún más a quienes, sin tener la formación de base necesaria para comprender un estado financiero, necesitan hacerlo porque se han jugado la vida muchas veces emprendiendo en un negocio e, incluso, con varios intentos fallidos.

Si ampliamos un poco más la mirada, ahora dirigida hacia nuestro ecosistema empresarial, podremos ver cómo visualizan dichos números los que “tienen la última palabra”, entre los cuales destaco: proveedores, accionistas, directivos, bancos, consumidores e incluso, los especuladores. Es decir, distintos actores de una compleja red, que basan sus decisiones y la justifican en la mayoría de las veces a través de los números y los fundamentos de un
negocio. Es por eso que parte de mi trabajo como asesor financiero es ser un intérprete y un consultor en medio de este entorno y de este modo contribuir a quienes se alejaron de la “lengua materna” de los números, para que puedan dialogar con un mayor grado de empoderamiento con aquellos actores que poseen un mejor dominio de este lenguaje.

Lo anterior me lleva a recordar una anécdota que ocurrió tras dictar un seminario para un banco, denominado “Finanzas para no financieros”. Al finalizar mi exposición, se me acercó una emprendedora que se presentó como socia de una zapatería muy conocida.

Me manifestó que tenía dudas respecto a los beneficios de su negocio, dado que no lograba dimensionar dónde estaban las utilidades. Si bien ella había estudiado ingeniería comercial, precisó que llevaba poco más de 15 años que no veía finanzas a nivel de detalle y que necesitaba un apoyo en esa área, con una visión más profesional. En específico, su “dolor” era que, si bien la empresa vendía, no lograba identificar –junto con su socia– por dónde “se estaba yendo la plata”, ya que a fin de mes “no quedaba nada en el banco y que siempre había algo que pagar”.

Para poder ayudarle, le pedí información financiera y contable de su negocio para poder diagnosticar, al igual que un médico cuando pide los exámenes de sangre y otros medios de diagnóstico a su paciente. Posteriormente, acordamos una sesión de asesoría virtual mediante una videollamada. Tras el análisis, quedó de manifiesto que se requería analizar varios elementos, tal como el ciclo de caja de su negocio, la evaluación de ciertos indicadores de gestión, como lo son la rotación de sus inventarios, su período promedio de cobro, su período promedio de pago, la estructura de sus activos, la estabilidad de sus ventas, la generación de beneficios a través de su resultado operacional, su nivel de rentabilidad y, finalmente, su nivel de endeudamiento financiero de corto y largo plazo.

Con todo esto, “mi paciente” tuvo una visión clara y didáctica del estado de situación financiera de su negocio, el cómo poder proyectarlo de acuerdo con un “plan de tratamiento” que le prescribí. Pero lo más importante, lo cual me reconoció que le servirá como aprendizaje para el futuro, fue el hecho de que pudo tomar conciencia que “los
números sí importan”, que son el resultado de una gestión y que nada o casi nada, es fruto de azar.

Justamente, en una de sus múltiples columnas, titulada “No entiende las finanzas”, nuestro Premio Nacional de Literatura, Joaquín Edwards Bello, decía a mediados del siglo pasado que “mucha ingenuidad es creer que las personas de escasa fortuna, sin arraigo en los negocios, carecen de entendimiento en finanzas y, muy por el contrario, creer que los ricos y los banqueros son los únicos que sirven para dirigir las finanzas, resulta ser el más nocivo mito de una sociedad”. Y qué razón le encuentro cuando, luego de asesorar en materias de finanzas a un emprendimiento, sus dueños crean o recuperan –según sea el caso– la capacidad de entender lo que los números les quieren decir y, con ello, la seguridad para poder proyectar con mayor energía e ímpetu lo que, muchas veces, es su plan de vida. Desde ese prisma nace entonces una interrogante: ¿cómo empezamos a hacernos cargo de la relevancia de este fenómeno?

En primer lugar, es necesario el desarrollo de una política pública que incorpore la educación financiera como un aspecto relevante de la vida, tal como lo son las ciencias, las letras o las matemáticas. La educación financiera ofrece beneficios considerables, tanto para los individuos como para la economía en su conjunto, pues ayuda a desarrollar las habilidades necesarias para evaluar riesgos y, al mismo tiempo, considerar las ganancias y rentabilidad potencial que se pueden obtener fruto de una inversión.

Del mismo modo, si todos los agentes participantes en una economía tienen un buen nivel de conocimientos financieros, esto se traducirá en la generación de un mayor grado de desarrollo y eficiencia del mercado, favoreciendo así un comportamiento informado de todos sus agentes. Según revela la experiencia internacional, los individuos con un mayor nivel de cultura financiera tienden a ahorrar más, lo que normalmente se traduce en mayores niveles de inversión, creación de empresas, generación de empleos, es decir, el crecimiento de la economía en su conjunto.

De manera adicional, agregaría un elemento fundamental a este resultado. Una mejor educación financiera ayuda a minimizar la tasa de destrucción de los negocios, lo que favorecerá la confianza y la estabilidad del sistema financiero y productivo en su conjunto, potenciando incluso el desarrollo de nuevos productos y servicios de calidad a menores costos, una mayor competencia e innovación empresarial, de la cual esperamos nos permita desembarcar con éxito a los desafíos de la cuarta revolución.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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