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La paranoia del fraude

por 18 marzo, 2021

La paranoia del fraude
Hablan con total desparpajo de fraude sin sostener con argumentos sus elucubraciones conspiranoicas. Nadie se hace responsable de tales afirmaciones, porque lo que se busca es dejarlas en el aire. No debemos soslayar que países como Chile cuentan con un activo clave que es una infraestructura electoral robusta, sólida y respetada. Esta es la mejor garantía institucional y es fundamental detener esta silenciosa escalada del fraude que se comienza a instalar. Las democracias no se defienden solas, son los ciudadanos quienes, con su compromiso y exigibilidad de derechos políticos, monitoreo y fiscalización, deben también cuidarla y protegerla de sus enemigos.
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En los últimos días y luego de la aprobación por parte del Congreso de la flexibilización del próximo proceso electoral para votar durante dos días, observamos cómo, con mucha liviandad, diversos actores han comenzado a utilizar el término fraude para referirse en forma genérica a las eventuales consecuencias que podría tener el cambio en la extensión de los días de votación sobre el proceso electoral y sus resultados. A lo menos, son dos órdenes de argumentos los que se busca instalar en la agenda y en la opinión pública. Paradójicamente, los voceros de estas tesis cruzan el espectro político y los hay de derechas e izquierdas.

Por una parte, identificamos cómo ciertos miembros de la elite del poder, políticos, aliados y facilitadores se alinean para instalar la idea del fraude. Para esto, utilizan su acceso privilegiado a los medios de comunicación. Desde los paneles de televisión y radio –de los que son habitués–, como también columnas de opinión y entrevistas solicitadas, envían señales de su sospecha acerca de que lo que está en juego es la “legitimidad electoral”.

Esta práctica tiene precedentes recientes. Algo parecido hizo Donald Trump señalando anticipadamente su intención de declarar que, si perdía la elección, sería producto de una estafa. Trump vociferó en repetidas ocasiones que venía el lobo. Y cuando perdió la elección, afirmó que había un lobo que le había arrebatado la elección. El actual Presidente, Sebastián Piñera, también recurrió al fantasma del fraude en su última elección.

Esta es una forma eufemística de plantear que el aumento de la participación puede desordenar los resultados electorales. Son temerosos de los efectos del proporcional. Se sienten más cómodos con el voto voluntario y la profundización del “sesgo de clase” en lo que se refiere a la participación electoral.

Tampoco ven con buenos ojos la excesiva preocupación por el aseguramiento de los derechos políticos. Hay que consignar que no siempre ha habido la logística necesaria para garantizar los derechos políticos en nuestro país. Nuestra democracia tiene que poder garantizar que cualquier ciudadano, sea cual sea su condición, pueda ejercer su derecho a voto. Esta es la cuestión de fondo que debemos discutir en serio.

Algunos han ido más allá. Han insinuado el peligro inminente del asalto a los locales de votación y el robo de urnas. Frente a esto se preguntan si, en tal escenario, las Fuerzas Armadas podrían hacer efectivamente uso de la fuerza legítima para defender el proceso.

Esta práctica tiene precedentes recientes. Algo parecido hizo Donald Trump señalando anticipadamente su intención de declarar que, si perdía la elección, sería producto de una estafa. Trump vociferó en repetidas ocasiones que venía el lobo. Y cuando perdió la elección, afirmó que había un lobo que le había arrebatado la elección. El actual Presidente, Sebastián Piñera, también recurrió al fantasma del fraude en su última elección.

Hay otros que por razones distintas también instalan la idea del fraude. El punto acá sería el déficit de confianza en las instituciones. Si bien se desliza una crítica a la institucionalidad electoral, el Servel, el foco está en el rol que puede tener el Ejecutivo y, especialmente, las Fuerzas Armadas en su rol de garantes del proceso. El fraude –no se dice explícitamente, pero es la cuestión de fondo– sería la manipulación de los votos por parte de funcionarios gubernamentales y de los militares.

Ambas líneas argumentales incurren en dos errores. En primer término, hablan con total desparpajo de fraude sin sostener con argumentos sus elucubraciones conspiranoicas. Nadie se hace responsable de tales afirmaciones, pero lo que se busca es dejarlas en el aire. En relación con el tema institucional, no debemos soslayar que países como Chile cuentan con un activo clave: una infraestructura electoral robusta, sólida y respetada. Esta es la mejor garantía institucional.

Es fundamental detener esta silenciosa escalada del fraude que se comienza a instalar. Las democracias no se defienden solas, son los ciudadanos quienes, con su compromiso y exigibilidad de derechos políticos, monitoreo y fiscalización, deben también cuidarla y protegerla de sus enemigos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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