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OPINIÓN

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No todos, sólo los que votan: encuestas electorales en voto voluntario

por 27 julio, 2021

No todos, sólo los que votan: encuestas electorales en voto voluntario

Crédito: Aton

Publicar resultados de preguntas de “seudo” intención de voto que no tienen filtro es confundir a la gente. Todas las encuestas que tienen por titular indicar que son preferencias electorales deberían tener el filtro del votante probable, es decir calcular sobre los que dicen que irán a votar, excluyendo los que no irán a votar. Ese es el piso del alfabetismo encuestológico que deben tener los que reportan datos de opinión. ¿Se “equivocarán” las encuestas de nuevo en noviembre?
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La gran pregunta es por qué en Chile no hay encuestas que anticipen lo que sucederá en las elecciones. La expectativa ha bajado a tal punto con los sondeos, que ahora ni siquiera se sabe el nombre de quien gana, ni mucho menos el orden en que llegan los candidatos, como sucedió en la primaria presidencial del 18 de julio 2021.

Hacer una encuesta requiere aplicar métodos definidos por la ciencia. La ciencia determina que para tener una muestra representativa de la población hay que darle a todos una probabilidad conocida de ser sorteado. Todos deben estar en el sorteo de una muestra, no se puede elegir a cualquiera. En su defecto, se pueden sustituir por cuotas en cada lugar geográfico, con los datos del censo.

Como tenemos voto voluntario en Chile, esto implica que una vez que elegimos una muestra representativa, como encuestadores tenemos que saber separar los que votan de los que no votan. Vale decir, no sirve recibir las respuestas de los que voluntariamente quieren responder.

Esta segunda etapa lo ejemplificaremos con una muestra de 1.000 casos. Esos mil casos representan a los 15 millones de votantes. Históricamente, sin embargo, sabemos que no votan más de la mitad. ¿Pero cuántos votaran de verdad en la elección que viene?

Para ello necesitamos preguntarle al entrevistado con varias preguntas cuan seguro está de que llegará a votar de verdad el día de la elección. Eso es lo que se llama el filtro del votante probable. Tenemos que contar con muchas investigaciones previas para tener el testeo y la experiencia de saber cuáles son las preguntas que entregan un resultado que calza con la realidad de las elecciones.

Las 1.000 entrevistas entonces deben ser reducidas a solo aquellos que con la ayuda del “votante probable” están seguros que llegarán a votar el día de la elección. Supongamos que es el 50%, es decir 500 entrevistados.

Recién ahí con esas 500 entrevistas podemos empezar a sacar los resultados de las preguntas de intención de voto para determinar el posible resultado del día de la elección, el cual -por cierto- cuando se calcula con “todos” y “sólo los que votan” dan resultados distintos, en orden, en magnitud y en evolución del voto.

Las preguntas de intención de voto tienen también reglas para que puedan reflejar la realidad.

Existen en primer lugar las preguntas abiertas, donde el entrevistado responde lo que quiere. En períodos donde no está claro quiénes pueden ser los candidatos son las más adecuadas y son básicamente dos.

En una elección presidencial: “¿Quién cree que será el próximo presidente?” o “¿Quién le gustaría que fuera el próximo presidente?”.

La primera pregunta (“quién cree”) apunta a saber cómo están instalados en la opinión pública los nombres. La pregunta “quién le gustaría” apunta a ser una aproximación del voto, es decir un indicador que muestra la preferencia de voto del que responde.

He aquí un ejemplo de respuestas en la primaria, ya filtrado para sólo 500 entrevistados, es decir excluyendo a los otros 500 que no llegarán a votar.

 

En este ejemplo, vemos cómo la gente cree mayoritariamente que Lavín y Jadue serán los próximos presidentes, pero al preguntar quien le gustaría el orden y las dimensiones son completamente distintos, entregando el posible resultado de una elección.

Desde enero que Lavín venía mostrando ese patrón donde muchos creían que iba a ser presidente, pero muchos menos querían que fuera presidente. Mientras, Jadue mostró siempre mucha coincidencia entre ambos indicadores. La repetición de esta pregunta a lo largo del tiempo permite con toda claridad observar la evolución y tendencia de cada candidato. Recordemos que en cada medición hay que filtrar a solo los que votan, asunto que puede ir cambiando también en el tiempo.

En segundo lugar, cuando los candidatos ya están definidos, se aplica la interrogante tal cual la recibirán los votantes el día de la elección, con la conocida pregunta del domingo: “¿Por cuál de los siguientes candidatos vota usted si la elección primaria presidencial es este domingo?”.

La pregunta con una lista de candidatos (elegida por el investigador) con un número indeterminado de postulantes, que es la más común que se ha publicado en encuestas de opinión previas a la primaria en Chile, no sirve para conocer lo que pasa. Porque mientras más nombres tenga, más se dispersa el voto, y porque el votante nunca estará expuesto a esa lista. No refleja ninguna realidad posible, sino una realidad artificial que entrega un resultado artificial. Esa pregunta reflejaba (y se publicaba en la encuesta semanal sin el filtro) lo que arriba mostramos como “quién cree”, pero no reflejaba “quién le gustaría”. Y menos aún si se presenta sin filtro alguno, sin excluir a los que no van a votar.

Para efectos de la primaria era necesario, en primer lugar, calcular cuántos irían a votar, donde teníamos dos parámetros: la primaria de 2017 donde votó 1,8 millones de chilenos y la primaria de 2013 en la que votaron 3 millones. Era, por tanto, posible y razonable aplicar el cálculo del votante probable para 2 millones equivalentes al 12 %  y 3 millones de votantes equivalente al 20% de todos los votantes. Si tomamos esas hipótesis y lo aplicamos a la muestra de 1000 casos significa que nos quedamos con 120 y 200 entrevistas, respectivamente, para calcular la intención de voto (12% y 20% de 1.000 entrevistas). Pero la ciencia nos dice que no se puede calcular la intención de voto con una cantidad tan pequeña de entrevistas.

Tenemos entonces que agrandar la muestra que se aplica para que al calcular el filtro de los que votan, queden suficientes entrevistas para poder presentar de acuerdo con el método científico, la intención de voto. Es decir, con una robustez que tenga sentido.

Si agrandamos la muestra a 3.000 casos y filtramos con el votante probable 20% del total de votantes (equivalente a 3 millones de votantes) nos quedamos con 600 entrevistas, lo que es el piso más bajo para poder calcular la intención de voto con alguna seguridad, desde el punto de vista del margen de error y de las posibilidades de análisis.

Recién ahí podemos empezar a intentar reflejar la realidad. A ello debemos agregar una serie de datos que permita ir viendo en el tiempo la tendencia y la evolución de cada candidato. Estas encuestas se hacen en los países desarrollados también inmediatamente después de los debates para conocer su impacto. Es decir, se construye la trayectoria del candidato y la trayectoria del electorado.

El método científico que he tratado de resumir en este ejemplo existe, así como también el capital humano y la tecnología para hacerlo. Claramente lo que no existe en Chile es la creencia que hay una diferencia entre lo que se publica gratis en los medios y una encuesta electoral. El Tribunal Constitucional muestra una ignorancia supina en el tema en la discusión del artículo 9 de la Ley N° 20.900 que prohíbe las encuestas 15 días antes de las elecciones, y los medios de comunicación, así como el comité de ética de los medios, ignoran completamente todo lo referente a las encuestas. Es parte de nuestro subdesarrollo.

Los medios no tienen periodismo especializado en datos electorales (no como los centenares de periodistas dedicados al deporte, mostrando un sesgo negativo para la democracia y la competencia política) ni menos en encuestas, y toman cualquier gráfico con nombres y un orden, como un predictor del voto. No distinguen una encuesta electoral de una encuesta de opinión. Es confundir a la gente publicar resultados de preguntas de “seudo” intención de voto que no tienen filtro. Todas las encuestas que tienen por titular indicar que son preferencias electorales (que serán entendidas como el resultado de una elección) deberían tener el filtro del votante probable, es decir calcular sobre los que dicen que irán a votar, excluyendo los que no irán a votar. El encuestador puede presentar varias opciones, si vota el 40% o el 50% por ejemplo, con distintos resultados. Eso ayuda a comunicar que el resultado depende de la cantidad de gente que vote y no está escrito en piedra. Pero lo que no se puede hacer es suponer que votan todos y que no se requiere eliminar a los que no votan, porque tenemos voto voluntario. Ese es el piso del alfabetismo encuestológico que deben tener los que reportan datos de opinión.  Que no exista consenso sobre ello es una de las debilidades de la forma de hacer política que afecta negativamente la crisis de representación.

Incluso alguien publicó después de la elección un gráfico con un resultado que se acercaba al resultado de la elección primaria, sin filtro de los que no van a votar, es decir con todos los votantes, argumentando que ese sería un resultado correcto. Lo notable es que se lo criticó por ser ex post el día después de la elección, sin que se haya reparado en el error fatal de cálculo al no excluir los que no votan. Nótese que esa información debe ir en el gráfico mismo y no cuesta mucho poner “Aquí: solo los que votan” o “Aquí: xxx casos”. Así se sabe cuál es el error y cuantos cree ese encuestador que van a votar. Eso es lo mínimo que debe saber un periodista.

En general, habría que decir que para hacer encuestas para esta elección presidencial con el supuesto de que votarán 1 de cada 2 chilenos, es decir el 50%, se deberían hacer, para tener datos robustos, al menos 2.000 entrevistas para quedarse con 1.000 entrevistas para calcular la intención de voto y hacer análisis. Ello, porque hacerlo con meros 500 entrevistas (en una muestra de 1.000 entrevistas) es un riesgo porque el margen de error es más grande y el análisis se debilita porque muy pocas entrevistas terminan respaldando el voto por edad o por educación o por alguna otra característica que se quiera presentar. Para una elección presidencial hay que reducir al máximo el error que se puede controlar con la metodología agrandando el número de entrevistas que se aplican. En el caso de elecciones la recomendación de las dos asociaciones mundiales del rubro ESOMAR y WAPOR es no hacer menos de 1.000 para calcular intención de voto.

En Chile no hay encuestas electorales hechas por medios de comunicación en alianza con encuestadores como en el primer mundo. Tampoco hay encuestas electorales de partidos políticos, ni de candidatos. Hemos oído demasiadas veces parlamentarios y candidatos que dicen abiertamente en televisión “no hay presupuesto para aplicar encuestas” o “prefiero gastarlo en otra cosa”. Lo han reiterado ahora después de la elección primaria, en la televisión abierta. ¿Al político promedio chileno le basta con un gráfico muy bien diseñado con unos números en porcentajes, sin importar cómo se produce y lo que significa? Eso es lo que se podría deducir de las discusiones en canales de televisión abierta hechos en el curso de estas elecciones.

Las encuestas que se publicaron para las primarias eran encuestas de opinión donde no se hacía un filtro de quienes iban a votar para entregar resultados de intención de voto solo de los que iban a votar.

Luego “las encuestas” obviamente se equivocaron, puesto que no estaban midiendo la realidad del día de la elección, donde votan algunos, no todos.

Para medir la intención de voto hay que seleccionar una muestra de todos, no de cualquiera y para calcular el resultado hay que excluir de esa muestra a los que no irán a votar. Solo ahí se puede uno aproximar a la realidad.

Si el público, los medios, los políticos, los dirigentes insisten en no distinguir entre una encuesta electoral y una encuesta de opinión, en Chile no se volverá a producir nunca más una predicción electoral correcta. Es posible que muchos quieran esconderse en la excusa de los 15 días de prohibición, pero el comportamiento electoral no sucede súbitamente, es evolutivo, un fenómeno observable.

Había información en encuestas (privadas) hecha por la suscrita que indicaban que a mayor participación electoral más probabilidad de ganar tenían Sichel y Boric.  Era claramente visible considerando distintos tipos de escenarios de participación electoral. Se puede perfectamente incluso con la prohibición de 15 días acertar al orden de llegada de los candidatos u la dimensión de la distancia. Lo que es más difícil de hacer con la prohibición es acertar en el decimal con el resultado.

Cualquier nivel de complejidad es abordable con la ciencia. La encuestología electoral empírica ha logrado en América Latina, este año, en Perú y México anticipar correctamente dos elecciones muy complejas. Nadie dijo que no se podía. Claro está que no sirven los flash ni los atajos baratos. Las encuestas electorales no son baratas, porque para empezar requieren muchas entrevistas. Luego requieren repetición en el tiempo, testear hipótesis, entrevistas en profundidad, focus groups,  etc. para poder construir una hipótesis de cuántos irán de verdad a votar.

El Tribunal Constitucional emitió un juicio totalmente equivocado al justificar la prohibición de 15 días para las encuestas, diciendo que era para “proteger” al votante de “manipulaciones”, porque cuando más se “manipula” la voluntad popular es en la selección de candidatos con encuestas sin financiamiento regulado, sin método adecuado. Ahí los que tienen más fondos (que nadie sabe de dónde vienen pues no se rinde cuenta de ello) hacen más encuestas y seleccionan candidatos con estos estudios. Si el Tribunal Constitucional quiere “proteger” al elector de “manipulación” lo que tiene que hacer es regular el gasto electoral en el periodo de precandidaturas

Estamos en esta elección de noviembre ante un nuevo desafío porque la votación de Gabriel Boric indica que es posible activar electorado superando límites del pasado. Hay que tener una hipótesis de que es posible que en noviembre tengamos una participación electoral nunca vista en voto voluntario. ¿Se activará el votante ocasional aumentando la cantidad de chilenos que irán a votar?  ¿Tendremos que aumentar aún mas las muestras, el número de entrevistas para saberlo?

¿Seguirán los medios titulando que el resultado simple de una pregunta es el resultado electoral? ¿Seguiremos con encuestas de opinión?

¿Seguiremos así para la elección presidencial más importante de los últimos 30 años? ¿Llegaremos a la elección presidencial creyendo que pasa una cosa cuando sucede lo contrario? ¿Es tan grande la decadencia del sistema político que no puede demandar los instrumentos adecuados?  ¿Es por eso que la política está en ese grado de desafección?

¿Se “equivocarán” las encuestas de nuevo en noviembre, sin que se pueda distinguir el quién cree y el quien le gustaría entre los que votan? ¿Sin que se distingan los que votan de los que no votan?

No hemos abordado el tema de los gastos de una elección, donde el legislador ignora el período previo de las precandidaturas, donde de facto se hacen más encuestas para saber las preferencias, y donde no existe regulación de financiamiento y sí que es necesario hacerlo.

Es una realidad artificial también que la regulación no se ajuste a la realidad de las carreras de votación popular y no establezcan reglas de gastos para esos períodos. Creer que la política se puede “mejorar” antes que sea totalmente transparente es de una ingenuidad supina. Es conocido que hay colectividades que eligen candidatos a cargos de elección popular con encuestas con altos niveles de margen de error, sin filtro de quiénes votan, usando las encuestas para sacar las castañas con la mano del gato.

La ley 20.900 “Para el fortalecimiento y transparencia de la democracia”, que modifica la Ley electoral 18.700 y establece en el art. 9, 32 ter, que “solo se podrá divulgar resultados de encuestas de opinión pública referidas a preferencias electorales, hasta el décimo quinto día anterior al de la elección o plebiscito”, es producto de todo lo anterior, el desconocimiento de la elite, de los medios sobre encuestas electorales.

El Tribunal Constitucional emitió un juicio totalmente equivocado al justificar la prohibición de 15 días, diciendo que era para “proteger” al votante de “manipulaciones”, porque cuando más se “manipula” la voluntad popular es en la selección de candidatos con encuestas sin financiamiento regulado, sin método adecuado. Ahí los que tienen más fondos (que nadie sabe de dónde vienen pues no se rinde cuenta de ello) hacen más encuestas y seleccionan candidatos con estos estudios.

Está más que comprobado que los votantes chilenos han elegido fuera de la caja, sin importar la agenda informativa ni las encuestas que forman parte de ella, en las 7 últimas elecciones, especialmente en la primaria. Hay evidencia suficiente para comprobar que los chilenos ignoran totalmente lo que dicen las encuestas. Si el Tribunal Constitucional quiere “proteger” al elector de “manipulación” lo que tiene que hacer es regular el gasto electoral en el periodo de precandidaturas, y más bien prohibir todas las encuestas que sirven para que los partidos elijan a sus candidatos. Una encuesta no sustituye la democracia.  Así se resguardaría el derecho de los electores a “decidir” quiénes son sus candidatos, para luego concurrir a votar. La crisis de representación existe porque precisamente quienes tienen que legislar y regular lo deberían hacer sobre lo que distorsiona la voluntad popular y no sobre encuestas que impactan más sobre la elite misma que sobre la población.  Amén de ser un insulto a la inteligencia del votante de creer que puede ser manipulado, y que hay un guardián que los puede “proteger” de la realidad.

Esta más que claro que hay una enorme deficiencia del sistema político en regular aspectos que distorsionan la voluntad popular, y que estas no son las encuestas, sino más bien vacíos que permiten que la elite y los partidos busquen mecanismos no oficiales para intentar producir representatividad. ¿Acaso no es eso lo que está pasando con la primaria de la ex Concertación? ¿Acaso el legislador proporciona el mecanismo para una situación así? ¿Quién es el que se tiene que adaptar: el legislador a la realidad o la realidad a lo que dice el legislador? ¿No es esa la esencia de la crisis?

Ciertamente que la deficiencia en el sistema de encuestas o más bien la falta de ellas no es la más grave de las fallas del sistema político instalado, ni mucho menos, pero es un componente que ayuda a la confusión. Convengamos entonces que para poder anticipar el resultado de una elección y usar las encuestas para lo que están hechas, que es acercarse a la realidad, pudiendo medir el comportamiento electoral, tienen que primero producirse, y luego juzgarse.  De otra manera, las encuestas están siendo usadas para otra cosa, que no es para lo que fueron diseñadas y así estarán destinadas a siempre producir equivocaciones en vez de aciertos.

Dejo estas líneas como testimonio de lo que ocurre en el período electoral más intenso que ha tenido Chile en su historia habiendo sido sometido el pueblo a seis elecciones en 10 meses. Las encuestas han estado lejos de ayudar a entregar información para que el actor social tome sus decisiones con mejor información, sin haber sido capaz de reflejar las realidades que el elector ha elegido en su votación. Y seguirán así a menos que algo cambie, que es más o menos lo mismo que se puede decir de tantos otros ámbitos de la vida nacional.

No superaremos la crisis de representación sin cambios en el sistema político, incluidas las encuestas electorales.

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