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"La mirada incendiada": Entre la memoria y el olvido

por 13 abril, 2021

Nadie en la vereda de la defensa de los derechos humanos, se atrevería a hacer una película sobre “Las madres de Plaza de Mayo” sin su compromiso, apoyo y voz de principio a fin. De lo que se trataba entonces era, de hacer parte a la familia de Rodrigo en la construcción de la historia, escuchar sus observaciones al guión, sus opiniones, sus reclamos, sus quejas. No para hacer la película que quisiera Verónica, sino para incorporar el sentir y la voz de la familia, para que no se perpetuara sobre ellos el olvido.
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El reciente estreno del filme “La mirada incendiada” de Tatiana Gaviola, se ha visto inflamado por el sentido reclamo de Verónica De Negri, madre del fotógrafo Rodrigo Rojas de Negri, asesinado por la dictadura. Ella, en días recientes ha manifestado “su dolor y rabia ya que la producción había ignorado la visión de la familia, sintiéndose revictimizada”.

Desde el equipo de la película se defienden diciendo que se habrían comunicado con ella al inicio de la producción, pero Verónica no quedó conforme con los cambios y la película siguió adelante. Ella dice que esta versión es falsa. Los(as) defensores(as) del filme, agregan que los hechos históricos nos pertenecen a todos y que finalmente la película está inspirada en la historia de Rodrigo Rojas De Negri, pero que se trata de una interpretación libre, poética, una ficción.

La película está impecablemente construida, su narración, la fotografía, el diseño sonoro, las recreaciones, el guión, las actuaciones. La calidad cinematográfica del filme no está en discusión, sino que lo que se pone en tensión son las distintas visiones sobre la forma en que se construyó el relato.

Es en este terreno, que argumentar que es una película de ficción para justificar la no participación de la familia de la víctima, no es un argumento muy convincente. “La mirada incendiada”, se presenta como una película de ficción “inspirada en Rodrigo Rojas De Negri”, el tráiler se estrenó el día de su cumpleaños, el streaming previo a la película remarca que veremos la película de la historia de Rodrigo Rojas De Negri y la película es de principio a fin una historia ficcionada del fotógrafo. En el clímax de la película Rodrigo llama a su madre, en la escena se da a entender que ella le reprocha su participación política, mientras la madre dice que en la realidad fue todo lo contrario. Como se ve, la memoria y sobre todo el cine de memoria, incluido el documental, nunca es sobre la realidad de los hechos, siempre se trata de un ejercicio de selección de memoria, una representación, una ficción.

El conocido cineasta francés Jean Rouch señaló hace más de cuarenta años: “Para mí, cineasta y etnógrafo, no existe prácticamente ninguna frontera entre el film documental y el film de ficción. El cine, arte del doble, es ya el pasaje del mundo de lo real al mundo de lo imaginario, y la etnografía, ciencia de los sistemas de pensamiento de los otros, es una circulación permanente de un universo conceptual a otro, gimnasia acrobática en donde perder pie es el menor de los riesgos”.

Entonces, el problema no es si se trata de una ficción o un documental, ya que siempre está operando en el cine y en todo relato, una estructura ficcional, enunciados o secuencias que se van entrelazando con la finalidad de dar un sentido a la narración. El conflicto radica, en que la madre de la víctima no se siente partícipe de la construcción de ese relato sobre su hijo asesinado.

Saliendo del dilema ficción/documental, en algunos medios han comparado esta disputa, a las críticas a la película “NO” o a la película de Violeta Parra o al filme sobre Neruda. Incluso, algunos han extendido el asunto a la libertad de expresión artística, comparando la posición de Verónica Rojas de Negri con la de los censuradores de la obra de teatro “PRAT”. Ninguna de esas situaciones es comparable, porque de lo que aquí se trata es de un conflicto que se da entre una producción que sostiene una vocación por hacer un cine de memoria y de derechos humanos y la madre de un joven asesinado por la dictadura, que se siente revictimizada.

Nadie en la vereda de la defensa de los derechos humanos, se atrevería a hacer una película sobre “Las madres de Plaza de Mayo” sin su compromiso, apoyo y voz de principio a fin. De lo que se trataba entonces era, de hacer parte a la familia de Rodrigo en la construcción de la historia, escuchar sus observaciones al guión, sus opiniones, sus reclamos, sus quejas. No para hacer la película que quisiera Verónica, sino para incorporar el sentir y la voz de la familia, para que no se perpetuara sobre ellos el olvido.

Porque en el olvido, como dijera Benedetti en uno de sus poemas “...encallan buenas y malas sombras/ huesos de compasión/sangre de ungüentos/ resentimientos inmisericordes/ ojos de exilio que besaron pechos”.

Al decidir la producción, no recorrer este camino complejo, doloroso y difícil junto a las víctimas, y reescribir con ellas la pesadilla, la muerte, el dolor, revivir en la pantalla la angustia y el peso de la impunidad hasta nuestros días, al no decidir abrazarlos, como quien abraza a una madre o a un hermano, la película se ha quedado a medio camino entre la memoria y el olvido.

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