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La mutación digital del capitalismo y el capital obsolescente

por 21 agosto, 2019

La mutación digital del capitalismo y el capital obsolescente
A tal nivel tuvo que sofisticarse el capitalismo, que ha derivado en “bastardo”, una compleja superestructura con la que resuelve tecnocientíficamente cada reto que le exigen sortear las emergencias del medio. Se ha vuelto inequívocamente dependiente de los técnicos y científicos a un punto que le ha hecho imposible sostener su concepción voluntarista del hombre, su individualismo egoísta, ese simplista homo economicus del que reniega el Nobel de Economía 2017, Richard H. Thaler.
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El mundo está cambiando. Se están produciendo mutaciones en el capitalismo y en las democracias liberales que este condiciona.

En el comienzo, el capitalismo fue la herramienta de autodespliegue de una burguesía emergente que se emancipaba del absolutismo del Antiguo Régimen (nombre con que los revolucionarios franceses llamaban al postrimero gobierno medieval de Luis XVI y sus predecesores). En ese entonces, por ponerlo en una metáfora, los productores producían Coca-Cola como mejor les parecía y, puesto que había una población de consumidores dispuesta a adquirir una botella, eso les bastaba para seguir creciendo y aumentando el capital.

Bastante duró ese modo director de producir donde el cliente debía adaptarse al oferente y no al revés. Mas cuando la emancipación burguesa escaló, comenzaron a emerger los competidores, émulos de la producción originaria que ponían en el mercado alternativas a cada bien y servicio existente. (El estudio de la competencia como tal puede rastrearse a fines del s. XVIII y comienzos del s. XIX, y es la escuela neoclásica la que introduce los términos de lo que se ha venido a llamar competencia “pura” y “perfecta”).

El mar de ganancias se volvió de pronto intempestivo. A la sazón el capitalismo tuvo que profesionalizarse y robustecer su maquinaria, generando consecuentemente extensiones del producto originario al tiempo que lo potenciaba. Surgió la propaganda contemporánea, de la mano del conductismo y de los EE.UU., que habían bebido de las herramientas que había forjado el aparato comunicacional de la Alemania nazi.

Con ella nace luego la necesidad de perfilar a los clientes y surgen a su vez, pues, los denominados “segmentos”, modelos de consumidores que permiten adaptar la oferta a cada tipo de abstracción de hombre. Al mismo tiempo se suscitaba otro tipo de emergencia en el mundo empresarial: el imperativo financiero de diversificación de la cartera, que permitía al capitalista minimizar los riesgos de pérdida de utilidad en un sector donde las ganancias eran objeto de fluctuaciones a la baja.

Lo anterior no habría sido posible sin los desarrollos de la tecnociencia, financiada en un comienzo desde el Estado, tecnología social que, según se lee en la biopolítica de Foucault, funge de subsidiaria del capital en la medida que, sin poder emanciparse de él, a su merced, juega el rol de vender a la ciudadanía unos mínimos higiénicos en materia de patriotismo, sentido del desarrollo republicano y civil, de comunidad y supuesta liberación humana a través de una clase profesional que, creyéndose más libre que sus antepasados, consagra su vida al motor industrial aun con las limitaciones que el mismo le impone.

Sin embargo, la carrera no ha terminado. A tal nivel tuvo que sofisticarse el capitalismo, que ha derivado en “bastardo”, una compleja superestructura con la que resuelve tecnocientíficamente cada reto que le exigen sortear las emergencias del medio. Se ha vuelto inequívocamente dependiente de los técnicos y científicos a un punto que le ha hecho imposible sostener su concepción voluntarista del hombre, su individualismo egoísta, ese simplista homo economicus del que reniega el Nobel de Economía 2017, Richard H. Thaler.

No en balde hoy se lee en la máxima de las corporaciones la alineación de los colaboradores a las reclamaciones del cliente. “El cliente al centro”, rezan todos los eslóganes. Tal constatación es tecnocientífica y los directivos corporativos no pueden contravenirla sin más por adherir caprichosamente a un tipo de hombre que la evidencia sostiene que no existe o que es más complejo que lo presupuestado. El cliente manda hoy, al menos en lo que al consumo se refiere (aun cuando al cabo sea un esclavo de ese consumo y, por lo tanto, el capital siga ubicándose por encima de él). Y la globalización, otro fenómeno que el capitalismo ha desatado, no ha hecho sino refrendar esta situación.

Ahora bien, ¿dónde está el punto de inflexión?

De una parte se lee en la proclama de Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI): “El modelo no da para más y por ende hemos de consagrarnos a la invención de un esquema global de empresariado cooperativo”. Y al interior de las corporaciones, en el nivel micro, esto ya se está dando hace más de una década.

El modelo de Calidad de Vida de la Universidad de Toronto promueve la idea corporativa de que, a fin de lograr satisfacer al cliente último, el externo, debe primero satisfacerse al colaborador para extraer de él el máximo rendimiento; lo demás vendrá por añadidura. A esto se suman paradigmas colaborativos como la gestión por procesos, con más de tres décadas de existencia, el Design Thinking y la gestión de excelencia operacional sustentada en prácticas Lean, entre otros, que eliminan el trabajo en silos y enarbolan una suerte de “socialismo intraempresarial”, cambiando por completo la etnografía de las firmas.

La novedad consiste en que se atisban los destellos de la abolición de un viejo principio identitario del capitalismo: la competencia. ¿Es la empresa acaso, en tanto modo de organización social altamente eficiente y flexible, contrariamente al Estado, el gran legado de esta época?

La explotación masiva e intensiva de los datos, por otro lado, hace lo suyo desde el punto de vista económico. El dinero y los flujos de capital pasan a ser, en consecuencia, un mero bien intermedio, un puro mecanismo transaccional. La verdadera riqueza, el “petróleo nuevo”, como a menudo se dice, son los datos.

En el nuevo estadio de la empresa capitalista, el segmento abdica en favor de la atomización de la oferta: a cada cliente ha de ofrecérsele lo que necesita él en particular, de una manera que es mucho más efectiva que la segmentación. De lo que se trata es de poder llegar a “pensar” como el cliente. De ahí que las compañías que no comprendan el valor de la transformación digital desaparecerán, porque no estarán en condiciones de satisfacer la compleja y molecular estructura de la demanda o, más bien dicho, de la necesidad de consumo a inducir para rentabilizar.

Mas lo anterior, auspiciado también por los desarrollos neurocientíficos que establecen una equivalencia entre el ser y el cerebro (cuestión discutida ampliamente por el celebérrimo filósofo alemán Markus Gabriel en su libro Yo no soy mi cerebro), no es sino, en definitiva, una forma de ingeniería de control social sobre la base de un conductismo computarizado muy en línea con los planteamientos del psicólogo y filósofo estadounidense Burrhus Frederic Skinner: quien tenga los metadatos y la capacidad computacional para procesarlos (Google, Amazon, Baidu, Alibaba, etc.), ese podrá trazar un nuevo mapa geopolítico y se hará con las riendas del mundo al granjearse el favor de unas masas cuyos comportamientos ya habrá modelizado con el fin de someterlos a un proceso de optimización.

China y su sistema millonario de vigilancia vía cámaras y redes sociales es el ejemplo por antonomasia: los ciudadanos ocupan hoy un lugar en la sociedad en función de los créditos reputacionales que le otorga el panopticom, dados unos criterios prestablecidos por el orden político imperante. ¿Estamos ante la ruptura dialéctica que vindicaba el materialismo histórico marxista, donde una clase material (la obrera comunista china) es capaz de reorganizar utopistamente la materia opuesta (Occidente) para la metamorfosis de la humanidad?

Lo demás, las viejas discusiones entre héroes y villanos, entre neoliberales y socialistas, entre políticos (“títeres”, como señalaría Óscar Landerretche en su libro Chamullo) corruptos y una ciudadanía curada de espanto, no son sino estertores o fantasmas de un orden obsolescente que ya es y principia eventualmente su fin: con todos sus bemoles el capitalismo es un hito civilizatorio y sobre la superestructura que ha construido empieza a sucederse una síntesis, algo inesperado.

Bots y robots empiezan a sacudir las tasas de empleabilidad. El Foro Económico Mundial pronostica la desintegración de 75 millones de trabajos y la creación de otros 150 millones. Está claro que no toda la gente del primer conjunto se reinventará y que los nuevos puestos serán ocupados por gente formada para desempeñar las funciones que implicarán. ¿Qué papel ha de jugar, por consiguiente, el ser humano y en qué clase de “trabajo” se aplicará en una sociedad cada vez más automatizada?

La nueva era digital tiene, en fin, otro cariz, uno tecnocrático. Y este no es aun bueno ni malo, porque sencillamente aún no llega a ser. No obstante, el ciudadano de la democracia liberal debe pensar y sobreponerse a esta posibilidad, proactivarse en lugar de meramente reaccionar, si es que efectivamente todavía ostenta esa intención, es decir, ser libre de veras en el espíritu.

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