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La brecha en el combate a la brecha digital

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Cuando escuchamos hablar de Bill Gates, es muy posible que su nombre sea conocido por una amplia mayoría de ciudadanos, y que muchos conozcan qué hizo para construir el imperio que hoy posee. Si les hablo de Windows (el sistema operativo con que funcionan la gran mayoría de computadores de escritorio) o Microsoft, el efecto es más menos el mismo.



Si les cuento que Richard Stallman estuvo en Chile en enero pasado, o les menciono a Linus Torvard, es altamente probable que solo una reducida elite intelectual, como gente del mundo de la computación e informática, o asiduos o Internautas, «tarreros», los conozca y venere. Y más si menciono el sistema operativo Linux o GNU.



La reciente pasada de bajo perfil de difusión por Chile de Stallman (solo me enteré el día después por El Mostrador que dio una conferencia), confirmó el debate que a nivel mundial se ha venido armando desde hace unos años, al que Latinoamérica poco a poco se ha hecho parte: Cuál sistema operativo se impondrá. Y así todos los derivados como «el más barato», «el mejor», «el de más soporte», «el más abierto», «el que tiene mayores herramientas».



Este artículo no es para debatir si uno es mejor que el otro, o si es más conveniente. Solo es para introducirlos para poder entender que en el mundo de las tecnologías, y más particularmente, en el mundo Internet, donde todas las semanas aparecen productos y más productos, tenemos que preocuparnos de convivir adecuadamente, de la misma forma como lo hacemos en la sociedad, donde hay leyes que rigen ciertos comportamientos.



Estamos en un entorno donde todo cambia con frecuencia, y lo que era usado hoy debe poder seguir siendo usado mañana, aunque el mundo esté de cabeza. Y me refiero a cosas muy concretas y prácticas. Usted que es cliente de bancos y ha descubierto que Internet le provee una serie de simplificaciones desde su escritorio o donde se encuentre, como tener su cartola a cualquier hora y día; o pagar cuentas, transferir dinero, hacer alguno de los más de 200 trámites públicos en línea, etc. Otro: Usted que usa el correo electrónico y escribe de cierta forma su texto, y cuando su destinatario lo recibe no es ni por casualidad la copia feliz del edén. Lo mismo sucede cuando le responden ese correo electrónico. Incluso usando el mismo sistema operativo.



Acentos, eñes, alineación, sangrías, todo puede ser «devorado» por una caja negra que parece que se divierte enormemente en innovar cada día más, haciéndonos caer, una y otra vez.



Imagínese que un banco o empresa de servicios electrónicos, fanática de Linux o Microsoft (da igual para el ejemplo), desarrolla un servicio Internet, y asumamos que le va tan bien que se puede extender prontamente a servicios de cobertura mundial ¿A qué problemas se puede ver enfrentada? Lo primero que sucede, es que los clientes pueden ser usuarios de algún sistema operativo (cualquiera). Y lo más trágico, es que el Navegador o Browser con que accede a Internet, puede ser también cualquiera. Lo grave es que con mucha probabilidad, si la empresa no tomó las respectivas providencias y consideraciones técnicas, el acceso a esos servicios sea un martirio para el cliente, o simplemente ni siquiera pueda cargar la primera página del sitio. Por tanto, la empresa habrá perdido una considerable cantidad de oportunidades, y la pérdida de credibilidad y confianza se irá desencadenando crecientemente. A pesar que el producto pueda ser lo mejor que haya existido.



Aquí en Chile sucede, y alegamos un poco, renegamos entre amigos y conocidos del circuito, pero queda hasta allí no más. Hay sitios de banco e instituciones públicas notables donde la navegación se hace imposible con un navegador que no sea el preferido del equipo tecnológico que concibió el proyecto. Y eso no es culpa de Microsoft o Linux. Me ha ocurrido en algunos Business Center de hoteles en el extranjero (donde facilitan computadores e Internet), no haber podido acceder a sitios donde habitualmente en Chile podía hacerlo. NO he podido leer mis correos, y eso para alguien que su trabajo depende de ello, es muy grave.



Y ahora, imagínense, que por esas cosas del destino y de las estadísticas, usted es un usuario con alguna discapacidad. En Chile, según la última encuesta FONADIS e INE, 1 de cada 3 hogares hay una persona que presenta algún grado de discapacidad ¿cómo, entonces, me las arreglo para tomar el mouse y dar los clicks necesarios para hacer algo tan simple como enviar un correo o hacer una transferencia bancaria?



Son espectaculares las iniciativas públicas y privadas que apuntan a dotar de más infraestructura a la sociedad: la campaña de reciclaje de Subtel, la Fundación País Digital, los Infocentros, los Cibercafés, las Bibliotecas Públicas con Internet, el Programa Enlaces. Todos han contribuido enormemente a combatir la reducción de la brecha digital.



Ahora es tiempo de poner los acentos para que esas infraestructuras puedan ser utilizadas en total completitud, por esos más de 2 millones de personas, chilenos, ciudadanos, usuarios, clientes, cualquiera haya sido la solución tecnológica seleccionada para desarrollarlas: hay que garantizar a la ciudadanía que efectivamente van a poder darle el uso proyectado. Estos son también parte de los desafíos escondidos tras la brecha digital. Es hacerse cargo de la igualdad.



Lo requerido para combatir la brecha digital no es solamente contar con la infraestructura, sino que hacerse cargo y responsable de que todas las componentes estarán sintonizadas para usarla. Y eso significa que deberé poder llegar a mi cuenta de correo desde cualquier parte del mundo; o podré ser usuario del Chile Compra sin problemas; o veré mi cartola y haré mis transacciones bancarias desde cualquier punto del globo; o declararé mis impuestos sin inconveniente; o pagaré las imposiciones sin perturbación; y que podré ser proveedor del estado indistinto de mi estado de capacidades. Todo esto independiente del computador, sistema operativo o navegador que esté utilizando.



Para dar estas garantías al país y los millones usuarios que tiene, parte de la solución es la adopción y utilización de estándares. Y lo más entretenido es que no hay que inventarlos porque ya están hechos, y hay organismos internacionales que se han dado el trabajo de crear los marcos de formalización y reglas necesarias para dar origen a este entorno de más confiabilidad.



Este es el desafío que tenemos como nación, en nuestro camino de madurez y desarrollo. Y estamos todos convocados a abordarlo. Se necesita una fuerte señal. La globalización así lo exige. Tenemos que ser capaces de plantear nuestra soluciones no solo para el 87.1% físicamente aptos. El 100% tiene los mismos derechos. No discriminemos. No los ignoremos.



Tenemos que ser capaces de crear servicios que operen independiente del usuario que hay al frente del computador. Incluso hay que operar independiente del sistema operativo, y más aún del tipo del Navegador o Browser al que se los exponga. Para eso hay estándares o standards. Esa es una empresa, servicio público o universidad que tiene bien puesta la camiseta de la clase y calidad.



Si queremos incrementar nuestros negocios con países como Brasil, Singapur, Noruega, países de la APEC, Unión Europea, debemos construir nuestras bases con la mirada amplia, global, y no restringida. Es una labor de diseño estratégico del negocio, un mundo donde el Presidente del Directorio, el Gerente General, el Gerente de Desarrollo, el Ministro, el Subsecretario, el Director de un Servicio Público, deben ocuparse e integrarlo en el ADN. No es responsabilidad de Microsoft o Linux, ni de Explorer o Netscape. Es 100% nuestra.



Cristian Ocaña (cocana@mi.cl). Ingeniero Civil en Computación de la U. de Chile. Consultor de la International Telecommunicaton Union. Consultor internacional de gobierno electrónico y modernización del estado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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