Publicidad

¿La OEA para qué?

Publicidad


Después de votaciones, empates y negociaciones secretas en altas esferas, el cargo de Secretario General de la OEA que ejercerá el ministro Insulza será el de un actor político central en el turbulento contexto latinoamericano. Bajo su dirección, la Organización de los Estados Americanos puede transformarse en una caja de marionetas, en un dique de contención de experiencias políticas originales o en un foro de promoción de debates francos entre naciones democráticas y soberanas que buscan un destino común sin las injerencias del Imperio.



Los ajetreos en las cancillerías, la gira de la Secretaria de Estado norteamericana Condoleeza Rice, su encuentro con los presidentes de Brasil, Colombia y Chile, además de la crisis ecuatoriana, fueron los acontecimientos que acompañaron la lid. Pero, sobre todo, ha sido la escalada de amenazas de los funcionarios del Departamento de Estado en contra del gobierno venezolano de Hugo Chávez la que contribuyó a darle especial relevancia a los forcejeos por el codiciado cargo.



Cabe agregar que algunos consideran que una especie de consagración y reconocimiento hemisférico recae en el Estado del cual proviene el nuevo Secretario General. Esta vez, la tarea del hábil político socialista de la Concertación -que por «razones de Estado» trajo de vuelta de Inglaterra a Pinochet evitándole el ser juzgado por sus crímenes en España- será ardua.



Recientemente Chile ganó puntos en el concierto de naciones al oponerse en la ONU a la invasión de Irak. El mérito de haberle dicho no a la guerra imperial es reivindicado por la candidata Soledad Alvear, quien resistió, por instrucciones del Presidente Lagos, las presiones de Washington cuando éste reclutaba ansiosamente Estados vasallos para que lo siguieran a Bagdad.

Ahora bien, pese a un cambio notable en las relaciones de fuerza favorables a la soberanía nacional, los EE.UU siguen considerando a la OEA como un instrumento más para proyectar su potencia en América Latina.



Los otros eslabones de la cadena imperial tradicionalmente utilizados para doblegar voluntades son: los pactos militares (TIAR) y sus bases, el abanico de subterfugios y presiones que constituyen los acuerdos comerciales bilaterales, regionales y continentales; sin olvidar el pretoriano Comando Sur con base en el Estado de Florida. Además del entramado de redes mediáticas, diplomáticas y culturales.



Según el pensamiento de Condoleezza Rice -vertido en su reciente gira-, la OEA sería un organismo «multilateral» de las democracias de la región que tendría por objetivo la contención/eliminación de «fuerzas negativas» en el hemisferio. Es sin lugar a dudas el marco y la tarea que la Casa Blanca busca imponerle al nuevo Secretario General del organismo.



La «Carta Democrática», el tan citado instrumento de «geometría variable» del cual se ha dotado la OEA, es un arma de doble filo. Puede servir para reprimir movimientos ciudadanos y para apoyar gobiernos que han perdido toda legitimidad al darle vuelta la espalda a los programas con los cuales fueron electos. Puede servir para amparar gobiernos corruptos en nombre de la democracia formal y/o para aplastar experiencias democráticas de participación ciudadana y de control de las elites gobernantes. Pero al mismo tiempo podría servir para desmantelar democracias tuteladas, disuadir afanes golpistas y porqué no; para lanzar un debate acerca de qué tipo de democracia queremos para el siglo XXI. La voluntad de poder impone perspectivas, lecturas e interpretaciones, afirmaba Nietzsche.

Sobran los elementos para suponer que viniendo de una funcionaria del Gobierno Bush, el acento en lo «multilateral» es sólo una figura persuasiva de un discurso poco creíble. La práctica de Washington en los organismos mundiales ha sido imponer la lógica de la superpotencia en un sistema internacional que ellos consideran unipolar. Situación que los ubica de manera recurrente en una posición de outsiders y de francotiradores en contra de la legalidad y el derecho Internacional.



Majaderamente los EE.UU no pierden oportunidad para afirmarlo: «Querámoslo o no, los EE.UU somos un ‘Imperio’, un país con intereses que proteger y enemigos con los cuales luchar alrededor del mundo», escribe el analista Max Boot en la revista Foreign Affairs, uno de los decálogos de la diplomacia norteamericana (marzo/abril de este año). Tal auto-percepción de sí mismos no crea ningún clima de confianza cuando se trata de manejar y resolver conflictos.



El insoslayable factor Chávez



Nada extraño que conforme a la agenda de la doctrina neoconservadora vigente en Washington, Venezuela esté en la mira de los halcones. Están irritados por no haber podido derrocar a un gobierno con legitimidad democrática en dos oportunidades, debido al masivo apoyo popular que rescató a Hugo Chávez de las manos de los golpistas -obligando a un regimiento de paracaidistas a ir a liberarlo- y por sus novedosas iniciativas populares.



Venezuela patrocina un proyecto alternativo al ALCA neoliberal, entrega apoyo irrestricto al régimen de Fidel Castro, desarrolla proyectos con el gobierno del presidente Néstor Kirchner de Argentina, mantiene excelentes relaciones con Lula y ha firmado acuerdos petroleros con Petrobrás. Además del apoyo que le brinda a los movimientos sociales e indigenistas bolivianos y sus excelentes contactos con las elites políticas e intelectuales de la Unión Europea. A lo que se agrega una activa diplomacia que ha desarrollado contactos comerciales y convenios con Irán, China y Rusia. Con este prontuario Venezuela es considerada «un mal ejemplo» por el equipo Bush.



Es conocida la fijación obsesiva por el petróleo del equipo neoconservador en el poder en Washington. Y Venezuela es uno de los seis mayores productores mundiales y el cuarto en aprovisionar la energívora economía norteamericana.



El apelativo de «bocón y populista», con el que livianamente se caracteriza al líder venezolano oculta más que lo que explica. Chávez es el único dirigente político latinoamericano que ha podido resistir en varias décadas a las maniobras desestabilizadoras de la Casa Blanca. Como si fuera poco, conciente de las crecientes demandas de igualdad social y económica en el continente, el ex líder militar plantea la necesidad de construir formas socialistas de desarrollo, alternativas al neoliberalismo.



A su lado, el gobierno colombiano de Alvaro Uribe es el aliado incondicional de Washington en la región. La cruenta guerra civil que dura décadas ha trasformado al Estado de ese país, con la colosal ayuda militar del Pentágono, en un elemento desestabilizador del equilibrio local. Las fuerzas paramilitares colombianas, incontrolables, hostigan constantemente los pueblos venezolanos limítrofes.



Sin embargo, con altos y bajos, de manera no coordinada, la lucha por la igualdad y la extensión de la democracia, política, social y económica avanzan en el continente.



América Latina tiene la posibilidad de emerger como una unidad geopolítica a condición de construir ella misma su agenda. Por todo esto, las diligencias de la OEA y de sus personeros deben ser evaluadas a la luz de su capacidad para dotarse de mecanismos democráticos de contención de las injerencias imperiales. Un deber democrático será escrutar sus intervenciones con la lupa ciudadana.



Leopoldo Lavín Mujica. Profesor del Departamento de Filosofía del Collčge de Limoilou, Quebec, Canadá(leolavin@sympatico.ca).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad