¿Otro Chile es posible?
Un país que crece sostenidamente al 6,1 % anual, que ha logrado celebrar tratados comerciales con parte significativa de los mercados internacionales, que ha reducido en los últimos quince años sus índices de indigencia al 4,7%, entre sus cifras más espectaculares, nos puede hacer pensar que si bien está lejos de ser el reino de Jauja, al menos beneficia razonablemente, y según sus habilidades, a todos y cada uno de sus ciudadanos.
Sin embargo, el mismo país que dirigirá con méritos conocidos la alicaída OEA, tolera, con alguna mueca -espero de frustración- de algún burócrata ambiental, la sequedad de bofedales en el norte; la contaminación del Río Las Cruces en la Décima Región y la muerte de los cisnes de cuello negro; la contaminación de las aguas con trementina en el Golfo de Arauco y acepta que hielos eternos sean trasladados desde su lugar de origen a cualquier parte. Me refiero al proyecto Pascua Lama de la transnacional Barrick Gold, entre una lista demasiado larga para un país que se mira al espejo como primermundista.
En este Chile, aceptamos sin complejos que los vecinos de La Farfana vivan por años en la mierda y a lo sumo, nos preocupamos que los modelos de los automóviles que nos trasladan al aeropuerto o a la Quinta Región, estén lo bastante bien equipados para que podamos hacernos los tontos por un rato, mirar con cierta comicidad a nuestro acompañante y echar un rato «la talla» sobre el origen del olor, como si no supiéramos de dónde viene y qué es.
En este mismo país, cada vez es más frecuente que los imputados por delitos violentos sean menores de edad, que un porcentaje significativo de los mismos se encuentren atrapados en la pasta base y que cada vez sea más común que niños y niñas sean víctimas de delitos violentos y sexuales.
En esta fugaz y quizá apurada y probablemente borrosa fotografía de nuestro Chile del siglo XXI, la legitimidad del otro, el valor de la diversidad como contribución a una sociedad más solidaria, inclusiva, multicultural y multiétnica, es todavía una expresión de mera buena voluntad.
Esta es la nación a la que se dirigieron nuestras candidatas presidenciales hace algunos días, aquella en que la inequidad social es un cáncer enquistado en lo más profundo de nuestro cerebro, cada vez más complejo de operar y que deshonra -digámoslo con franqueza- el desafío ético de crecer con igualdad, promesa que ofertamos por primera vez una noche de diciembre de 1989.
Es en este mismo país, donde un 27 de abril desde la localidad de Hualpén, la precandidata de la Concertación, Michelle Bachelet, nos dice en buenas cuentas que otro Chile es posible, nos invita a soñar con otro mundo posible y advierto desde ya, que ella no es la abanderada de Attac ni se trata de expresiones vociferadas en las marchas alternativas a lo que se exhibió como la austera Cumbre de la APEC de noviembre pasado.
«La Michelle» nos propone un diálogo social inclusivo, una valoración de una sociedad civil activa y deliberante, nos invita a fomentar los espacios de participación ciudadana, incluso nos habla de plebiscitos para definir, por ejemplo, la naturaleza publica de la entrega del suministro de aguas.
Esta invitación es claramente resistida por la derecha, que nos dice que se trata de propuestas vagas, que no se especifican los mecanismos y por último, exige a las candidatas explicaciones de por qué no realizaron estos esfuerzos cuando detentaban parte del poder del gobierno. Exigencias que proviniendo de la UDI, no hacen más que provocar un leve y triste esbozo de sonrisa. Hay que preguntarle primero a ellos, por qué hasta la fecha no se ha podido derogar el articulo 3 transitorio de la Ley Orgánica del Congreso Nacional, que impide investigar cómo la propiedad de empresas como Endesa o la CAP terminaron en manos privadas por un par de chauchas.
Poner cara de póker, como lo hace la derecha, respecto de las andanzas de José Ramón Augusto o «Daniel López» cotizando las ventajas ofertadas por paraísos fiscales en el Caribe o en instituciones bancarias estadounidenses y chilenas hoy investigadas, no basta ni convence.
Pero volvamos a la invitación que nos hace «la Michelle». Cuando hablamos de mayor participación ciudadana, de diálogos sociales inclusivos, significa que estamos pensando en dotar al artículo 34 de la Ley Indígena de fuerza vinculante, esto es que las consultas que se hagan a los indígenas en proyectos a realizarse en tierras ancestrales, deberán gozar de su anuencia. ¿Estamos dispuestos a decirles eso a Endesa, Koyahuasi o Piñera?
Si estamos hablando de participación ciudadana en serio, habrá que preguntarse si estamos pensando -entre otras cosas- en la reforma de la Ley de Bases del Medio Ambiente, y hacer vinculantes en procesos de consulta a la comunidad.
¿El frecuente llamado de la candidata del bloque progresista al diálogo social inclusivo, supone, por ejemplo, convocar a un constituyente amplio, democrático y sin restricciones ni prejuicios, para dotarnos de un pacto social, fruto precisamente de un consenso social, y evitar el ejercicio del cabildeo permanente para hacer hablar en clave democrática a una Constitución que tiene un origen autoritario?.
La invitación ya está hecha y lo correcto es tomar la palabra, pues como dice con toda claridad Johnny Carrasco, estamos cansados de vivir en la mierda y los chilenos tenemos el derecho, al menos, a soñar con no hacerlo.
¿Es posible vivir en un Chile sin mierda para todos?.
Yo, al menos, espero cobrar la palabra.
¿Usted lo seguirá meditando?
Abogado. Master en Derechos Fundamentales por la Universidad Carlos III de Madrid.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.