Apolíticos contumaces
Don Clodomiro Almeyda, político de ilustre memoria, quien siempre fue un hombre poco dado a proferir epítetos de grueso calibre, incluso en privado y contra sus enemigos más encarnizados, solía reservar para ocasiones muy especiales y enrabiadas el calificativo de «apolítico» para referirse en tono despreciativo a algún eventual y enconado adversario o contradictor.
Aunque don Cloro parecía estar convencido de que el calificativo implicaba un terrible agravio, lo cierto es que en la vida real, que casi siempre es bastante ajena y distante de la vida política, el término significa muy poco como insulto para una persona cualquiera. De modo tal que nadie se sentiría ofendido, sino más bien extrañado, si por ejemplo un conductor le gritara «apolítico» con el rostro rojo de ira y el puño crispado desde la ventanilla de su auto con motivo de una arriesgada maniobra conductiva.
Pero don Cloro que sabía sobre muchas cosas, también conocía del doloroso y envenenado filo de la palabra y del daño que la misma podía infringir al destinatario adecuado en el momento preciso. Puesto que en verdad, nada puede resultar más hiriente para un político que ser tachado precisamente de apolítico. Es decir, de incapaz de desempeñar buenamente su oficio. Que es a la vez su responsabilidad primera y esencial sobre asuntos muy trascendentes, puesto que le atañe nada menos que el destino del país en general.
Traigo este recuerdo a colación a propósito de la corriente de incertidumbre, rencillas y resquemores que esta recorriendo el cuerpo de la Concertación. La que por estos días la mantiene sumida en un cuadro febril que amenaza seriamente con quebrantar la salud de su integridad como proyecto político de país.
Dado que en política como en otros muchos menesteres lo mejor es casi siempre enemigo jurado de lo bueno, y mirando retrospectivamente las cosas, hay que asumir como un caso de apoliticismo generalizado y contagioso el que no nos permitió ver y sopesar adecuadamente, todos y cada uno de los efectos impensados y desastrosos que traerían aparejadas, a muy poco andar, la mayoría de las decisiones que se discurrieron y adoptaron respecto a las modalidades para dirimir la sensible cuestión de la candidata única de la Concertación.
Como se sabe, los procedimientos pactados, incluidos los debates y la propia elección primaria, lucían en el papel como los mecanismos más idóneos y legítimos disponibles. De modo principal, porque implicaban medios democráticos y no cupulares, al igual que recursos transparentes y participativos. Pero tal parece que nadie se puso en el caso de que en lugar de una competencia regulada, fraterna y unitaria, tales procedimientos nos hicieran aterrizar en un cuadro en que los ánimos llegaran a crisparse y las recriminaciones y acusaciones comenzaran a lanzarse desde uno y otro lado de la mesa, con un entusiasmo digno de una mejor causa.
El caso es que hoy, tanto los dirigentes como los concertacionistas de a pie, nos sentimos respirando en un ambiente enrarecido de vapores venenosos. En el que comienzan a predominar las desconfianzas mutuas y, a todas luces, la irracionalidad del apoliticismo desenfrenado se abre paso de modo alarmante.
A nadie le puede caber ninguna duda de que este resbaladizo ambiente subjetivo comenzó a apoderarse francamente de los espíritus apenas se apagaron los focos del muy comentado y vilipendiado debate de Concepción. Aunque es forzoso admitir que incluso desde antes, a propósito de unos cuantos sucesos hoy día casi olvidados y que no interesa refrescar, era posible observar signos de lo que venía.
Para colocar el mentado debate en el foco de la lupa, ¿no es acaso efectivo que mientras asistíamos a su latero desarrollo unos y otros anhelábamos íntimamente que la contrincante de nuestra propia candidata fuera virtualmente pulverizada (políticamente hablando), por efecto de la claridad conceptual, la elocuencia expositiva y las sólidas propuestas programáticas de nuestra predilecta?.
Claro que para entonces no podíamos o no queríamos comprender que aquello no podía ni debía ocurrir por ningún motivo. Puesto que en verdad se trataba de una justa, dicho en términos boxeriles, en la que ninguna de las contendientes debía salir de su rincón dispuesta a causarle un knock out político a su adversaria. Bajo pena de colocar en la lona y por largo rato, no a la contrincante ocasional, sino al cuerpo mismo de la unidad de propósitos de la Concertación en cuanto proyecto de significación estratégica. Unidad que debe ser preservada a todo trance y por encima de cualquier chauvinismo partidario o preferencia personal de circunstancia.
Por la misma razón que no hubo combate verdadero, ni podía razonablemente haber tenido lugar una cosa semejante, es que en verdad lo que se dio en Concepción fue un episodio comparable a un «round de estudio» o si se quiere «un match de exhibición». Por eso mismo es que lució tan antiestético, desorbitado y sobre todo apolítico, el salto alborozado al cuadrilátero del manejador Trivelli para abrazar a su pupila. Tanto o más, como lucen también completamente apolíticos, todos y cada uno de los comidillos sobre torpedos y otras yerbas menores que se desprendieron de aquel enfrentamiento que no fue ni podía ser, y que nuestros contumaces apolíticos se han regodeado en enarbolar con verdadero deleite.
Apolítico es persistir en reiterar unos debates que no tienen verdadero sentido, destino o efecto práctico. Sólo por la razón de que así fue acordado y contra toda evidencia en contrario disponible.
Apolíticos son los triunfalismos apresurados y las operaciones mediáticas con calculadora en mano. De esas que borran con una mano lo que se ha escrito con la otra.
Apolítico es afirmar que se asume que tras la definición, todos deberemos unirnos tras la abanderada única para enfrentar juntos a la derecha. Pero simultáneamente, hacer poco o nada para que dicha recomposición inevitable y necesaria no se vea enfrentada a los obstáculos del campo minado que hoy aparecemos sembrando irresponsablemente.
Y por sobre todo, apolítico y necio es persistir en llevar adelante, contra viento y marea, una elecciones primarias caras, desgastantes, de resultado previsible y efectos probablemente devastadores para la candidata perdedora y su partido.
Como si todo esto fuera poco, apolítico ha sido, quizá por sobre todo, que este apoliticismo reinante haya servido para propiciar la resucitación de entre los políticamente muertos del candidato de la derecha. Quien ha vuelto, por obra gracia de nuestro apoliticismo, a encarnar la amenaza que hace poco había dejado de representar. Precisamente hasta justo antes que el apoliticismo ramplón comenzara a llevarnos de la mano al precipicio.
Carlos Parker Almonacid es cientista político.
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