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Las preguntas que aún no hallan respuesta

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Es interesante analizar las opiniones de connotados dirigentes de la Unión Demócrata Independiente respecto de su grado de afección actual al régimen totalitario de Augusto Pinochet Ugarte. A 32 años del golpe militar, que dio lugar a todo tipo de violaciones a los derechos humanos en Chile, pareciera que la mayoría de estos dirigentes reconoce que pasaron cosas terribles, de las que aparentemente nada sabían hasta hace poco. De los últimos comentarios del señor Lavín y de los senadores Coloma y Novoa queda claro que por fin los tres saben lo que pasó. Eso es un gran avance. Tardío, pero destacable.



Las tres posiciones, sin embargo, son muy diferentes. En su «si hubiera sabido habría votado no en el plebiscito de 1988» el señor Lavín no sólo reconoce la existencia de las gravísimas violaciones a los derechos humanos sino que manifiesta un cierto grado de arrepentimiento. La respuesta «las decisiones se toman con la información que se tiene al momento de tomarlas, por lo que no cabe revisar la historia» del señor Coloma podría interpretarse como un reconocimiento de lo que sucedió pero sin arrepentimiento, puesto que cada vez que uno se arrepiente de algo muy grave debe «revisar la historia» y a la luz de esa revisión, en la que muchas veces se agregan antecedentes, termina por reconocer su error. Por último, el senador Novoa al decir que él no habría respondido la pregunta que origina estos comentarios refleja, a mi entender, que independientemente de lo que piense no se atreve a decirlo. Motivos muy importantes debe tener para hacerlo.



Es indudable que de las tres posiciones descritas la única digna, si es honesta, es la del señor Lavín. Por esto es que parecen adecuadas las declaraciones de la precandidata Bachelet en el sentido de «darle el beneficio de la duda» sobre su desconocimiento de la realidad del país hacia 1988. Sin embargo pienso que darle ese beneficio tan fácilmente puede ser demasiado bondadoso de su parte.



Soy un profesor de la Universidad Católica de Chile, de edad similar a la de los señores Lavín, Coloma y Novoa, que sin sufrir directamente los rigores de la dictadura pasó ese oscuro período de nuestra vida en el lado de los perseguidos. No es mi objetivo hacer juicios de valor sobre quienes fueron los malos y los buenos en esta triste y dramática historia. Más aun, siempre he pensado que la mayoría de los seres humanos no somos ni completamente buenos ni completamente malos, sino generalmente regulares. Sólo deseo compartir con quienes lean esta nota, una serie de preguntas que me han dado vueltas en la cabeza durante largos años:



¿Es posible que individuos de edades similares, que estudiaron en la misma época en la misma universidad, que habitaban el mismo suelo, que compartían nexos con una importante cantidad de personas conocidas de uno y otro lado de la línea ficticia que nos ha dividido, puedan haber tenido una visión tan diametralmente diferente de la realidad inmediata que los rodeaba?



¿Qué hizo que para algunos fuera tan nítida la verdad desde el comienzo y para otros completamente desconocida hasta hace muy poco?



¿Será sólo que unos sufrieron en primera persona o en la persona de alguien muy cercano los horrores sucedidos, mientras los otros enceguecidos, quien sabe por qué, no fueron capaces de ver lo evidente o simplemente no quisieron ver lo que les era incómodo?



Entre todas las evidencias que tuve sobre detenciones arbitrarias, torturas, asesinatos y desapariciones de familiares, amigos, compañeros de universidad y de trabajo, deseo mencionar sólo una de ellas. No la he escogido al azar. Lo he hecho simplemente por la cercanía de uno de los actores con muchos de los que insisten en que no supieron nada.



A pocas semanas del golpe, esperando el inicio de una misa (bastante reservada) por el descanso eterno de Eugenio Ruiz Tagle, torturado y asesinado en 1973 por agentes del Estado de Chile, pude ver al ex senador Jaime Guzmán acercarse a un grupo de familiares de Eugenio. Les dio su pésame y les dijo unas palabras. Ya en ese momento él sabía muy bien lo que había pasado.



¿Nunca escucharon los señores Lavín, Coloma, Novoa y otros al ex senador Guzmán hablar en privado sobre esto? ¿Nunca tuvieron la oportunidad ni sintieron la inquietud de preguntarle sobre hechos similares cuando escuchaban acusaciones provenientes desde los más variados rincones del mundo y de las más diversas instituciones? ¿Creyeron sinceramente que quienes dirigían el Comité Pro Paz, primero, y la Vicaría de la Solidaridad, después, estaban siendo engañados por el «comunismo internacional»? ¿Nunca escucharon, por ejemplo, que un día dos jóvenes fueron quemados vivos por una patrulla militar y que el responsable, en lugar de ser castigado, fue con el tiempo ascendido en el Ejército de Chile? ¿Nunca escucharon lo que para el pueblo chileno era un secreto a voces? ¿Dónde vivían en esa época vergonzosa?



Durante los últimas semanas los chilenos hemos sido bombardeados con un sinnúmero de artículos aparecidos en diarios y revistas y decenas de comentarios emitidos en espacios de radio y televisión, en los que periodistas, cientistas sociales y políticos han analizado y repetido hasta el cansancio las respuestas de las precandidatas oficialistas a las interrogantes que les fueron planteadas en su primer «debate». Se ha sacado todo tipo de estadísticas sobre esto a pesar de que varias de las preguntas hechas a las señoras precandidatas se referían a temas completamente personales, que muy poco o nada tienen que ver con el genuino interés por conocer en profundidad el pensamiento de quienes podrían llegar a dirigir el país.



Lo anterior me ha parecido muy exagerado y pienso que las precandidatas no tendrían por que haber aceptado pasar por esta prueba, a la que le siento un olorcillo machista despreciable. Sin embargo, una vez hecho el ejercicio, me parecería interesante y justo que durante las semanas que vienen los mismos medios utilizaran una cantidad de tiempo equivalente para interrogar con el mismo entusiasmo a dirigentes de la UDI, partiendo lógicamente por su candidato presidencial, sobre estas preguntas que, estoy seguro, inquietan a muchos chilenos.



Es fundamental que los ciudadanos que aun no se han formado una idea al respecto tengan la oportunidad de medir la credibilidad de los líderes que intentan dirigir el destino del país. Pienso que a la mayoría de los chilenos nos encantaría saber quienes nos mienten y quienes fueron tan ingenuos que no se enteraron de lo que decenas de miles de personas sufrieron durante tanto tiempo.



Después de todo, aunque para ser Presidente, ministro, senador o diputado no se puede ser ni tan ingenuo ni tan mentiroso, un ingenuo genuinamente arrepentido merece todo nuestro reconocimiento y respeto.



Joaquín De Cea Chicano. Profesor titular de la Escuela de Ingeniería de la Universidad Católica de Chile.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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