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La Constitución europea: Los argumentos del no

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El llamado hecho por Jacques Chirac al pueblo francés a principios de mayo para apoyar con un ‘Sí’ la Constitución Europea está siendo complementado por una intensa campaña, tanto de políticos de Francia y de los países vecinos, como de personalidades del campo de la cultura. Todos ellos quieren impedir que los franceses rechacen la Constitución y le den así un balde de agua fría al rapidísimo proceso de consolidación y expansión de la integración y unificación de Europa. Hace recién un año se agregaron a la «Europa de los 15» otros diez países; ahora están Rumania y Bulgaria a las puertas de la actual «Europa de los 25», el proceso de incorporación de Turquía con sus 70 millones de habitantes, se iniciará próximamente.



Hay gran nerviosismo entre los políticos que promueven la integración -prácticamente todos los gobiernos- ante la perspectiva de un ‘no’ francés. Con un desenlace así, el proceso europeo podría continuar sobre la base de los tratados anteriores; aun sería pensable un acuerdo de los demás países acerca de la Constitución sin Francia, pero vienen otros plebiscitos, en Inglaterra, por ejemplo, y otros pueblos podrían seguir el ejemplo francés.



Y aunque ya en diferentes puntos del camino anterior ha habido tropezones con países que se han marginado (o han sido marginados, como cuando en enero de 1963 el general De Gaulle veta la entrada del Reino Unido a la Comunidad Europea), el rechazo de la Constitución por parte de Francia tendría, dada la importancia central de ese país, el carácter de un choque. El resultado podría ser un freno y un cuestionamiento de los procesos de construcción de la Unión Europea.



¿Cuáles son los argumentos de aquellos que se pronuncian contra la aprobación de la Constitución? A la Constitución se le critica el que establezca desde sus primeros artículos, y especialmente en su tercera parte, un modelo económico neoliberal. Se le da a la libre competencia un valor superior en una serie de terrenos, lo que hace temer que toda restricción a favor de una economía solidaria y social aparezca como anticonstitucional.



Con esto quedan los principios económicos neoliberales instalados en el corazón europeo con rango constitucional, de muy difícil modificación. Otras constituciones se mantienen neutrales frente a la política económica y dejan el campo abierto a diversas posibilidades. En cambio, la Constitución Europea entra en detalles, lo que le da -otro motivo de crítica – una dimensión de más de 300 páginas.



Los partidarios la defienden, argumentando que muchas de las críticas francesas, p. ej. contra la directiva de la Comisión Europea sobre la liberalización de los servicios (llamada «Directiva Bolkenstein» por el nombre del director que la promovió), y otras, no se le pueden achacar a la proyectada Constitución. Pero precisamente: el espíritu que anima esas directivas, la realización del proyecto neoliberal, recibe con la Constitución una consagración y elevación al nivel de Carta Suprema. Si se tratara sólo de completar, modificar o aún mejorar los tratados vigentes, el de Niza, el de Maastricht, aunque siguieran deficientes, se podría aceptar. Pero ¿convertir eso, con sus fallas, en una Constitución?



La Constitución tiene un fuerte déficit de democracia. Comencemos por la forma en que nació -el Convento que la formuló no tenía de partida un mandato para escribir una Constitución- y como pretende ser aprobada: sólo en algunos países se la somete a un plebiscito. Luego señalan los críticos el modo en que las decisiones en la futura Unión Europea serían tomadas. Es ante todo la Comisión Europea, que no es elegida, y secundariamente el Consejo de Ministros.



El Parlamento, elegido por votación popular tiene un papel subordinado. No puede presentar proyectos de leyes; según los casos tiene derecho a ser escuchado -sin derecho a voto- o puede vetar un proyecto de ley, pero no intervenir en su formulación. Así en temas tan importantes como como la política monetaria, de seguridad o exterior. Los tratados internacionales de comercio no están sometidos a su ratificación. En suma, un Parlamento menos que a medias.



En tercer lugar, no establece la Constitución suficientemente los derechos sociales, que serían la característica del «modelo europeo» frente al norteamericano. Una «función social de la propiedad», parte integrante de muchas constituciones, no es mencionada en la europea.



Por otra parte, la Constitución insiste en someter los servicios públicos al juego de la competencia, lo que implica que nuevamente va más allá de los límites normales de una constitución y toma partido por la privatización de los bienes comunes de educación, salud y otros servicios indispensables.



Toda esta discusión, que ha tomado por sorpresa a los promotores, pone de relieve un problema básico. Mirada la situación desde cierta distancia, parecería que un proyecto europeo neoliberal, orientado hacia los intereses de los grandes capitales, quisiera rápidamente ser realizado y remachado, antes de las ciudadanas y ciudadanos se den cuenta de lo que está pasando. Y justamente esos ciudadanos y ciudadanas se van dando cuenta poco a poco que van a salir perdiendo en este proceso.



La Constitución conseguiría, bajo una apariencia de progreso político, deslizar un ordenamiento neoliberal, poco democrático y militarista como constituyente de la Europa del futuro. Sin discusión, sin participación de la ciudadanía. Y la realidad diaria del ciudadano común en países como Alemania, Francia y otros, es que los sueldos y las pensiones disminuyen, los servicios sociales como salud y educación se encarecen, la cesantía aumenta, cunde la inseguridad. El Estado ya no tiene dinero para mantener el nivel de cultura y de infraestructura que se había alcanzado ni para apoyar eficazmente a lo más débiles.



Algunos economistas influyentes en Alemania señalan la razón: la eliminación de restricciones le permite al factor capital ejercer todo su poder y deja en desventaja al trabajador, al ciudadano común y corriente, y al estado como promotor del bien común. El capital puede abandonar el país si encuentra otro donde le cobran menos impuestos o sueldos más baratos; no así el factor trabajo. El capital puede esperar si los rendimientos le parecen insuficientes; el trabajo tiene que venderse en el mercado de todas maneras, inmediatamente, aun en la circunstancia actual en que la oferta aumenta y la demanda disminuye.



El sueldo, dicen los neoliberales, debe regirse por las leyes de la oferta y la demanda. Los resultados son cesantía y sueldos bajos. La seguridad social, que caracterizó a la Europa central después de la guerra va siendo destruída justamente debido a la debilidad del ciudadano común y del Estado democrático frente a un proyecto de globalización guiado por las empresas transnacionales.



Esta situación está llegando poco a poco a la conciencia pública y le está creando problemas a los promotores de una Europa en formación guiada por el interés del rendimiento económico para las grandes empresas. Todavía están los parlamentos y la prensa en su gran mayoría de parte de la Constitución.



Resumiendo, el movimiento contra la Constitución no es (si se excluye a ciertos grupos de la derecha radical nacionalista) ni un movimiento contra Europa ni contra una Constitución. Es un esfuerzo por promover una discusión y presentar una concepción diversa de la Unión Europea, más capaz de incorporar y entusiasmar a la ciudadanía.



En esta concepción, Europa no debe definirse ni como satélite ni como potencia rival de los Estados Unidos. Podría ser más bien una alternativa real caracterizada por una Constitución plenamente democrática con un parlamento con plenos poderes -al lado de los Estados miembros-; una orientación económica hacia la plena ocupación, la seguridad social, equidad y sustentabilidad ecológica con la capacidad de intervenir en los procesos del mercado; y por último, en el plano internacional, un compromiso con la paz y la ayuda para el desarrollo que no se limite al aumento de su capacidad militar.



Raúl Claro Huneeus. Ciudadano chileno residente en Múnich, Alemania.


  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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