Perspectiva histórica
Si en su momento hubiera sabido de los dineros mal habidos de Pinochet o de la amplitud que alcanzó la práctica de la tortura, Joaquín Lavín hubiese votado que No en el plebiscito. Ahora que Contreras ha confesado que Pinochet ordenó los homicidios del general Prats y su mujer, de Orlando Letelier y Ronnie Moffit y el atentado contra el matrimonio Leighton, me pregunto si Joaquín Lavín irá a sentirse aún más «desafectado» con respecto a la figura de su antiguo líder.
¿Declarará algo así como: si hubiese sabido que Pinochet era quien estaba detrás de estas atrocidades no hubiera trabajado para su gobierno y no hubiera sido partícipe del movimiento civil que lo apoyó con tanto fervor? ¿Y qué dirá la UDI con respecto a la figura de su santo, Jaime Guzmán? ¿Jaime Guzmán tampoco hubiera trabajado con Pinochet de saber que fue responsable principal de las desapariciones y de los magnicidios? ¿No se daban cuenta en esa época de una verdad tan evidente?
¿Son honestos los civiles de la dictadura al decir que estaban convencidos de que se trataba de una maquinación de Contreras y sus secuaces y que Pinochet nunca lo supo? Si les cupo la duda, son tontos o peligrosamente crédulos. Creo que no tuvieron dudas y por lo tanto son responsables de haber callado y permanecido en un gobierno criminal, tal vez pensando que era mejor para Chile que «esos elementos marxistas» dejarán de amenazar el futuro esplendor que nos prometían nuestros valientes soldados.
Otra noticia que me ha sorprendido es la «vía rápida» establecida por el Papa Ratzinger para canonizar a Juan Pablo II. El Vaticano abre así sus puertas para recibir los testimonios de los milagros realizados por él. Me imagino que miles de fieles inflamados de adoración estarán dispuestos a entregar las pruebas necesarias para demostrar su santidad.
Ambas actitudes, la de Lavín -y la derecha en general- y la del Vaticano son hijas del oportunismo. Lavín sabe que si no se escabulle del manto negro de la dictadura no va a llegar a ninguna parte. Pero no basta con declaraciones bien intencionadas. Si quiere demostrar que ha cambiado debe librarse de los defensores del régimen aún amparados por el sistema binominal y los partidos de derecha. Con ellos a su lado continuará teñido de espanto.
Ratzinger, por su parte, desea aprovechar la atención mediática que provocó la muerte de Juan Pablo II y no desaparecer de las primeras planas, cosechando los vientos que no hinchaban las velas de la barca desde hacía medio siglo al menos. Santo súbito, santo súbito, que bella conjunción de palabras. Adelante, ha dicho Ratzinger, no perdamos la oportunidad, saquemos todos los dividendos publicitarios que esta canonización nos pueda brindar.
¿Puede ser santo alguien responsable de la humillación, la segregación, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte de millones de seres humanos? No al divorcio, no al fin del celibato, no a la procreación artificial, no a los preservativos, no a la homosexualidad, no a la emancipación de la mujer, no a la modernidad, no, no, no, porque de seguro dejó varios por adelantado.
Hagámoslo ahora, pensó Ratzinger, que todavía está fresca la imagen del anciano doliente e inofensivo, entregado a los designios de Dios y al cuidado de la Virgen. Quién podría pensar que ese hombre consumido por el parkinson y privado de todo poder terrenal no era sino un santo. Pero su papado duró veintiséis años y es prudente realizar una reflexión desapasionada de virtudes y defectos a lo largo de todo su reinado y así no caer en una santa imprudencia. Porque, tal como ha quedado demostrado en Chile en cuanto a la dictadura, la historia demora años en revelar la verdadera cara de las cosas.
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