Euclides en el análisis presidencial
La anunciada pero igualmente inesperada irrupción de Sebastián Piñera en la carrera presidencial ha generado enorme impacto en la élite política y en los medios de comunicación. Sin esperar mediciones del efecto de su ingreso en la distribución de la adhesión popular, políticos, analistas y periodistas han hecho innumerables y contradictorios pronósticos respecto de las perspectivas que se abren para el 11 de diciembre próximo. Hago aquí mis predicciones, que espero sean contrastadas con los resultados que arrojen los estudios de opinión más serios en las próximas semanas y meses.
De lo que no hay duda es que la introducción de un nuevo elemento de la envergadura política y financiera de Piñera no dejará el cuadro electoral y político inalterado. En ocasiones anteriores hubo emergencia de alternativas pero provenían todas -es el caso de Errázuriz en 1989 y de Max Neef y José Piñera en 1993- desde fuera del sistema y no lograron producir modificaciones sustantivas del cuadro político. Por primera vez se trata de una candidatura que surge desde dentro, sólidamente respaldada por la segunda fuerza política opositora.
Para Renovación Nacional. lo que estaba en juego era la recuperación de su autoestima, deteriorada por sucesivas derrotas electorales y políticas infligidas por la UDI en la última década, que había conseguido convertirse en la fuerza hegemónica indiscutida de la oposición y el partido preferido del empresariado, todo ello de la mano de Joaquín Lavín, que había sido decisivo para empujar a Allamand en 1997 a la travesía por el desierto, cambiar la correlación de fuerzas en el Parlamento a favor de la UDI y abortar el esfuerzo de Piñera para instalar a RN como la alternativa liberal en la derecha. A Renovación Nacional le ha vuelto el alma al cuerpo, ha recuperado su espíritu de lucha y se propone nuevamente disputarle a la UDI la hegemonía del campo opositor. Los riesgos de esta apuesta son tan altos como sus posibilidades. De cualquier manera, en el campo parlamentario tienen muy poco que perder, porque defienden sólo 22 diputados y 2 senadores; en cambio, la UDI debe defender 7 senadores y 35 diputados.
Para la UDI y Joaquín Lavín es un amenazador anuncio de que su ciclo político puede estar llegando a su fin. Surgió como presidenciable la mañana siguiente de la elección municipal de 1996 y hasta el fracaso de octubre pasado era visto por la mayoría de los chilenos como el próximo Presidente. Visto retrospectivamente, su gran error habrá sido no usar su legitimidad para transformar a los partidos de la derecha chilena en una alternativa democrática de Gobierno, en lugar de amparar y avalar las pretensiones hegemónicas del autoritarismo de la UDI.
Para Soledad Alvear, se esfumaron las últimas ilusiones de acortar la distancia que la separa de Michelle Bachelet. La irrupción de Piñera ocupa un espacio que podría haber sido su área de crecimiento natural en las circunstancias actuales de debilitamiento de Lavín, además que todos los estudios de opinión revelan que quienes adhieren hoy día a su candidatura, se declaran en importante proporción dispuestos a revisar su opción, lo que sin duda ocurrirá con la irrupción de Sebastián Piñera. Esto vale para Lavín y para Bachelet, sin duda, pero en los niveles de adhesión que tiene hoy día Soledad Alvear, cualquier merma la puede poner en la senda de la marginalización, al situarse por debajo de Piñera.
Aunque pudiera argumentarse que a la Concertación le conviene que Soledad Alvear esté en la papeleta de voto presidencial para bloquear el crecimiento de Piñera, nada ha cambiado sobre la inconveniencia para la Democracia Cristiana de prolongar su candidatura hasta el 11 de diciembre sin pasar por las primarias. Porque, si en el escenario de ayer arribaba previsiblemente en el tercer lugar, en el cuadro de hoy arriesga la cuarta posición. El costo sigue siendo el mismo en materia parlamentaria, porque sus candidatos se ven obligados a asociarse a la candidatura presidencial más débil, dejándole a sus compañeros de lista el monopolio del beneficio que reporta mantener la exclusividad del apoyo de Bachelet durante toda la campaña.
Para Michelle Bachelet y sus partidos, la incursión piñerista es un campanazo que los saca de un cierto letargo generado por un cuadro político-electoral que parecía propicio para un seguro y categórico triunfo electoral en las primarias y también en diciembre. Vuelve a la campaña el estado de ánimo indispensable para ganar elecciones, que es el de la incertidumbre y la conciencia de que la victoria ha de estar precedida de una estrategia adecuada y un trabajo de campaña tan cuidadoso como intenso. Sebastián Piñera, con más fundamento que Lavín, intentará posicionarse como el heredero del Presidente Lagos, usará sus indiscutibles credenciales democráticas para atraer electores concertacionistas y aumentará al doble la inversión financiera de la campaña opositora.
Las fortalezas de Piñera son conocidas. Nadie discute su carisma, su capacidad de propuesta, su habilidad comunicacional, el talante de su liderazgo, su autonomía financiera y el atractivo global de su figura. De sus debilidades se ha hablado poco. Quizás la principal sea la dificultad para la ciudadanía de identificarse con su excepcional biografía, a diferencia de lo que ocurre con Lavín, Alvear y, más aún con Bachelet, cuya fuerza proviene justamente del vínculo de identidad que ha generado con la gente. Su segundo problema es del mismo orden, pero referido a su campo político, pues será difícil que parte importante del electorado de Lavín -conservador y reticente a los avances democráticos- se deje seducir por un liderazgo de la biografía y el discurso de Piñera.
Lo que se pondrá en juego durante los meses que vienen es justamente cuánto del electorado lavinista está disponible para seguir a Piñera en la senda de la transformación de la derecha chilena y cuántos de quienes se identifican con lo que representan Bachelet o Alvear, acogen este llamado de Piñera a romper definitivamente el alineamiento político entre autoritarismo y democracia gestado en las postrimerías del régimen militar y que hasta ahora ha explicado buena parte de las decisiones políticas y electorales de la ciudadanía.
Hay incertidumbre, por cierto. No sabemos si predominará en el resultado electoral de la oposición el efecto positivo de ampliación de la oferta que representa la inclusión de Piñera o el negativo de la división en un sector político que ha demostrado no tener ninguna cultura de competencia democrática interna.
Los análisis políticos del cuadro presidencial a partir de consideraciones geométricas (izquierda-centro-derecha) están -eso es muy claro- completamente desfasados de la realidad actual en materia de generación de preferencias electorales. Quienes afirman que Soledad Alvear, por su pertenencia al centro político, tendría una mejor performance electoral que Michelle Bachelet frente a Piñera verán, sin duda, en las próximas encuestas que Euclides ya no es capaz de sustituir a la sociología en la explicación de los motivos que llevan a los electores a identificarse y preferir a un liderazgo presidencial en lugar del otro. De hecho, Michelle Bachelet supera en todas las encuestas a Soledad Alvear no sólo entre los electores que se definen de izquierda y centroizquierda, sino también entre los que se identifican con el centro político, los que se reclaman independientes e incluso tiene mayor intención de voto que su contendora concertacionista entre los electores de derecha.
Pepe Auth. Director Programa de Estudios Electorales
Fundación Chile 21, militante del PPD y ex embajador de Chile en Suecia.
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