La tragedia blanca de un mes negro para el Ejército
Lo ocurrido en los alrededores del volcán Antuco, en la VIII Región, es una tragedia por partida doble. En primer lugar, afectiva, pues enluta a un número todavía indeterminado de hogares de nuestra patria, la mayoría de ellos muy humildes, con la pérdida de un ser querido. Profesional, porque a la pesadumbre que nos embarga agrega de manera perturbadora la preocupación de que un Ejército con vocación primaria de montaña como es el chileno, pueda experimentar un percance de esta magnitud. Transparencia y responsabilidad son los dos principios básicos que deben permitir superar la situación, y sacar las lecciones necesarias de ella en el futuro inmediato.
En un comunicado de prensa emitido el mismo día de los hechos, el Ejército anunció la designación del general Alfredo Ewing, comandante del Comando de Operaciones Terrestes como delegado del Comandante en Jefe en la zona, y la realización de «una investigación detallada de los hechos, sus causas, efectos y responsabilidades». Al día siguiente, el Presidente de la República anunció la total transparencia frente al tema, sin perjuicio de la necesidad de abocarse en primer lugar a agotar los medios para encontrar al contingente disperso y asistir a los que están localizados pero aún se encuentran en riesgo. Ambas actuaciones van en el sentido correcto y mantienen la forma austera que corresponde a las circunstancias.
Porque es indudable que estamos frente a un hecho que interpela la capacidad técnica de nuestros dispositivos militares de defensa, y marca de una manera lamentable la buena gestión institucional del general Juan Emilio Cheyre al frente del Ejército. Y que, por cierto, traerá reacciones. Por lo tanto, sólo una investigación muy rigurosa en torno a un conjunto muy amplio de elementos militares, determinará si existió imprevisión y en qué niveles. Si hay deficiencias operacionales, comunicaciones vulnerables, entrenamiento precario; es decir, todos aquellos hechos que determinan las responsabilidades militares del mando y su planificación, que pudieran existir.
No cabe duda que el esfuerzo desarrollado por la actual Comandancia en Jefe en torno a la modernización del Ejército ha sido real. Pasada la parafernalia del llamado Plan Alcázar de Pinochet, hace sólo pocos años que se abrió un cambio real en la modernización, con la agrupación de unidades y la preocupación por dotarlas de diseños más flexibles y completos, de acuerdo a los nuevos requerimientos de seguridad.
Pero las culturas organizacionales no cambian de un día para otro, menos aún en aquellas instituciones como el Ejército que tienen desempeños de cuerpo y requieren de procesos largos y complejos de adiestramiento, estructura, mando y suministro técnico. En más de una oportunidad hemos señalado que estos temas, que llamamos de la agenda dura de la defensa, están atrasados. Y también hemos sostenido que el país debe analizar seriamente la profesionalización de su contingente militar, eliminando el servicio militar. Lo más seguro es que parte de estos temas aparezcan en el debate inevitable que se suscitará en torno a estos hechos.
Mayo ha sido un mes negro para el Ejército. El 5 de este mes, durante un ejercicio de instrucción nocturna, murió un conscripto en el Cuartel Lo Aguirre de la Región Metropolitana. El 9 de mayo, se ahogó en Bahía Mansa un conscripto del Regimiento Reforzado NÅŸ9 «Arauco», de la III División, mientras cumplía funciones en el Cuerpo Militar del Trabajo; y al día siguiente, 10 de mayo, otro conscripto del mismo regimiento murió mientras se encontraba de centinela, a causa de un disparo que se le escapó mientras manipulaba su arma. Ahora ocurre el extravío de una compañía del regimiento reforzado Los Ángeles, en un ejercicio cuya normalidad en los procedimientos de instrucción debería asegurar un estricto control de riesgos.
El clima, la naturaleza u otros fenómenos pueden dar lugar al imprevisto absoluto; es decir, a formas que superan toda forma de anticipación y previsibilidad. La defensa de un país trabaja escenarios de riesgos y sus grados de alistamiento y reacción consideran siempre los peores y probables estados de situación para elegir sus cursos de acción. Por lo mismo, ante un azar de la naturaleza como el viento blanco, se puede desbandar una excursión de colegio, y permanecer mucho tiempo incomunicada o extraviada. Esto no puede ocurrirle a un contingente militar de montaña, cuya ecología de combate tiene incorporado el «viento blanco» como un dato de la causa.
*Santiago Escobar es abogado, periodista, cientista político y especialista en temas de Defensa.
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