Un deja vú de terror (I)
A veces, querido lector, la más truculenta ficción es nada comparada con la realidad. Este es el caso de un amigo, quien a raíz de un extraño episodio lleva meses internado en una clínica psiquiátrica. Sólo después de varias semanas me autorizaron una visita; y ese día, afectado como nunca antes lo había visto, me contó su historia. Al escribirla me reservaré su identidad y su postura política: lo llamaré Autocomplaciente y, para dar un dato lo suficientemente vago como para encubrirlo, diremos que es progresista. He aquí los hechos:
Luego de un distendido viaje por la zona sur del país —visitando lugares especialmente apartados y aislados donde no tuvo oportunidad ni deseó saber nada del mundo— de vuelta en su hogar, Autocomplaciente quiso enterarse de la marcha que habían tenido los asuntos económicos del país en su ausencia. Por un momento se extrañó de encontrar sobre su escritorio una ordenada pila de diarios, pero su ansiedad por conocer lo acaecido durante su periplo pudo más y no se detuvo en ese hecho… Nunca imaginó que esa curiosidad cambiaría su vida…
El primer diario que tomó fue el decano de la prensa chilena. En principio, para su decepción, no encontró nada muy novedoso. Es tal el consenso al respecto, que no le llamó la atención que se proclamara al libre comercio como «doctrina nacional». Mas, al parecer, algo había pasado en Inglaterra porque se resaltaba que en Chile, a diferencia de aquella nación, «todos están a favor de los buenos principios» (1). Imaginó que el Neolaborismo de Blair debía haber dado un paso atrás, hacia el viejo socialismo. No fue poca su satisfacción al comprobar la madurez política de nuestro país, la cual llegaba a nivel de ser ejemplo para los propios inventores del libremercadismo.
Aún con el pecho inflamado de orgullo, alcanzó el siguiente diario de la pila. Volvió un poco a la realidad al percatarse que había una polémica, parece que por unas huelgas. El artículo las condenaba como «insensatas insurrecciones contra la ley económica» y exponía que son «pocos todavía aquellos que han meditado lo bastante para comprender que las leyes económicas tienen la misma inflexibilidad, la misma exactitud y la misma perfección que las leyes físicas» (2). A la par de un vanidoso cosquilleo por sentirse parte de ese selecto grupo —más allá de constarle que Chile estaba lleno de tecnócratas— recordó sus propios dichos sobre los sindicatos: sólo distorsionan el mercado y, aunque digan defender el derecho al trabajo, son en verdad cárteles que perjudican a los consumidores.
Autocomplaciente continuó leyendo y, de nuevo, el articulista le quitó las palabras de la boca: «El derecho al trabajo es un grosero quid pro quo inventado por los holgazanes en contra de los trabajadores. Lo que éstos necesitan tener, lo que deben pedir, no es el derecho al trabajo sino la libertad de trabajar. El derecho al trabajo es una solemnísima mentira inventada por los explotadores de la ignorancia en odio a los ricos y en perjuicio de los pobres. El derecho al trabajo es sencillamente el comunismo o en otros términos la negación de la libertad» (2). No pudo dejar de esbozar un rictus de satisfacción: sí, Chile ya está en otra. El comunismo podrá ser bonito como idea, pensó, pero imposible en la práctica… Y se sonrojó recordando ese lapsus que, a estas alturas, era su militancia de juventud.
Para desviar sus incómodas evocaciones, dejó ese diario y tomó otro. No obstante, se encontró con más problemas. Parece que estos autoflagelantes desubicados habían andado fregando con la cantinela de que el estado intervenga, Ä„nada menos que en la fijación de los salarios!. Por suerte quien escribía los ponía en su lugar: «Mientras más meditamos la cuestión, más nos convencemos de que la intervención del Estado [en el alza de los salarios] sólo puede ser perturbadora. El bien sólo puede venir de la iniciativa, del esfuerzo, la acción social. Aprendamos alguna vez a servirnos por nosotros mismos y a esperarlo todo de nosotros mismos (…) Los contratos son libres» (3). Mentalmente repasó lo que él les decía a esos pocos fósiles que aún desconfiaban de la renovación: en las cuestiones de los privados el estado no tiene nada que hacer; si esto es una democracia, una sociedad libre, de igualdad de oportunidades para los emprendedores. No estamos en Cuba… y de nuevo se incomodó.
Para volver a fintear a su memoria, recordó sus clases en el MBA donde todos aceptaban que no se puede estar politizando una cuestión a todas luces técnica. Los salarios los determina el mercado; lo demás es populismo. Precisamente el texto que tenía en frente le volvía a dar la razón: «No se cree que la iniciativa social ni la iniciativa del Estado puedan llegar a una pronta alza en los salarios, desde que el precio el trabajo, como el precio de cualquiera otro servicio, se rige por la ley de la oferta y el pedido [demanda]: a mayor oferta menos precio; y a mayor pedido más precio. Ello es exacto y no seremos nosotros quienes lo neguemos» (3). Pensó cómo podían haber gente que todavía no entendiera que la Economía es una ciencia, u-na-ci-en-ci-a. Si ya pasaron los tiempos que se podía prometer cualquier cosa. Si la gente no es tonta, sabe que estamos fomentando su progreso de modo serio, técnicamente.
De pronto, al tiempo que terminó su reflexión, se dio cuenta de que algo no calzaba. Miró una y otra vez el diario; luego, todos los diarios. No podía creerlo, tenía que haber algún error. Sin embargo, no había lugar a dudas: Ä„las fechas indicaban que eran de la segunda mitad del siglo XIX!. Correspondían al período de auge del capitalismo salvaje en el país, a la época en que era gobernado por la oligarquía para satisfacer sus propios intereses a costa de los del resto de la población. Al borde del colapso alcanzó a preguntarse: Ä„¿qué era en realidad una política moderna!?, Ä„¿se puede ser progresista y concordar doctrinariamente con la oligarquía decimonónica que postulaba el capitalismo salvaje?!, Ä„¿era posible que Chile hubiera progresado retrocediendo?!, Ä„¿es que estábamos como en las micros, avanzando pa’ atrasito?!…
El actual estado psicológico y emocional de Autocomplaciente ha implicado que deje su cargo en la consultora que asesora a la candidata de los progresistas (que para no identificarla, le llamaremos La Facultativa). Por lo mismo no participará en su campaña y, de seguir así, no podrá agarrar cargo en lo que parece su casi seguro futuro gobierno… Mas, pensándolo bien, puede que esa misma alteración mental justamente lo capacite hasta para ocupar algún ministerio… A veces, querido lector, la más truculenta ficción es nada comparada con la realidad.
(Todas las citas fueron extraídas del libro «Los mitos de la democracia chilena» de Felipe Portales: (1) El Mercurio, diciembre de 1857; (2) El Independiente, diario del Partido Conservador, febrero de 1872; (3) El Ferrocarril, diario representante de los liberales, 1872).
Andrés Monares. Antropólogo, profesor en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.
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