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El alcalde de los dientes de oro

por 6 febrero, 2007

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Estábamos haciendo una gira de teatro por el sur. Era pleno invierno en Chile y zumbaba el viento. Llevábamos varios días saltando de pueblo en pueblo con una preciosa obra escrita en verso.



El plan era terminar las representaciones en Chillán por deseo del autor y director de La Farsa de El Caballero y La Muerte, donde, dicho sea de paso, tuve la gran suerte de trabajar por primera vez junto a Alberto Chacón. Inolvidable y querido Tato que hizo mutis, inesperadamente, como siempre llega la dama del alba. Y se lo llevó y me dejó con las ganas de seguir riendo, llorando y compartiendo vida dentro y fuera de la escena, con él.



Nos hicimos muy amigos. Tenía el don de ser auténticamente gracioso y generoso sin aspavientos, sin esfuerzo. Y podía, con la misma autenticidad, tocar fondo y hacer llorar. Era un señor y era un gran actor. O mejor dicho, era el teatro mismo. En su más noble acepción, en su más excelso significado.



Era un pícaro. Un compañero de esos que no abundan. En los ensayos lo pasábamos fenomenal con él, fenomenal, mil veces fenomenal... O por lo menos lo fue para mí durante los casi cuatro años que, por unas obras u otras, pisamos las mismas tablas. Transmitía duende, el goce de actuar, importándole poco o nada si su rol era pequeño o enorme. Tenía la ocurrencia a flor de labios. Un actor que bien podría haber estado en las carretas de Moličre, o bajo la luz de las antorchas del más exquisito Calderón.



Tato brillaba con luz propia entre el rito y el ceremonial de las máscaras. No teniendo nada de meapilas, desarmaba su candidez, su humanidad, su compañerismo. Su gracia.



¿Y porque estoy hablando de Alberto Chacón cuando en realidad mi rollo de hoy es otro?, se preguntaran ustedes. Y no me extraña nada porque también me lo pregunto yo. Lo que pasa es que, con relativa frecuencia, la pluma, metafóricamente hablando, lo mismo que los personajes en una obra, hace lo que quiere, a pesar de su autor, de su director o de su actor. La pluma es insubordinada y políticamente incorrecta. Escribe lo que no está en la conciencia.



Y porque muy difícil sería contar lo que voy a contar, sin sentir la presencia de Tato, la lealtad de Tato, su bondad al recordar aquella gira, aquella Farsa, en aquél pueblo inclemente donde fuimos a parar, tal vez perdido en el mapa y en la oscuridad de la noche, de todas las noches, al sur del Sur.



No fue nada fácil llegar allá, brincando por montes y laderas. Hacía frío y la humedad llegaba al tuétano. No se veía un alma cuando fuimos a conocer el teatro. Un teatro nuevo, casi a estrenar, bien cuidado. Inesperado allí y entonces. Se diría salido de la nariz respingona y embrujada de Samantha. El pueblito, a primera ojeada, parecía un set de película western donde todo el mundo podría haber estado escondido esperando que apareciera Gary Cooper, sombrero semiocultando su mirada, pistola en cinto, camino a la estación a encontrarse con el tren a la hora fatídica del mediodía.



Donde estábamos reinaba la noche. Y el silencio. Al fin, quien apareció en medio de la oscuridad, no era Gary con su tipazo imponente de caderas bamboleantes y aquellos ojos de infarto. No. En su lugar salió a recibirnos el secretario del alcalde. Enjuto, de pelo muy negro peinado con brillantina y patillas largas de rostro gris marengo, labios apretados, cerúleos; ojos chiquitos escondidos detrás de espesas cejas. Apenas cuarenta años. No sé si el hombre tenía esa facha o simplemente la descripción corresponde a un espejismo distorsionado por la frustración de no haberme encontrado con Mr. Cooper cuando más lo esperaba.



Nosotros éramos ocho. Siete se fueron con el secretario a tomar café caliente. Me apeteció no ir y quedarme en uno de los dos camarines desalmados a nuestra disposición. Desalmados digo, porque no tenían ni buenas ni malas vibraciones. Sencillamente eran cubículos impolutos de un blanco lívido. Demasiado nuevos. Había una banqueta, un espejo, y tres bombillas alumbrando el descampado. Y en esas soledades deambulaba cuando vi. aparecer de la nada en el camarín, un muchacho joven, exigiendo, más que invitando, a que le acompañara, por orden del alcalde.



-A cenar-, me conminó. -¿A cenar?-, le pregunté. - ¿Antes de la función? - Never.



Y como insistía, le expliqué por señas, porque estaba completamente afónica, que no podía. Se fue. Volvió a los pocos minutos para hacerme presente la molestia del señor alcalde y la suya, ante el desaire. Y sin decir agua va, subió a la caja de luces y empezó a jugar con el sonido, a subir el volumen más y más y más. Acaricié la idea de desguazar al mocito.



Al fin llegó la hora de la función, bendita hora, y trabajamos a teatro lleno. ¿De dónde apareció tanta gente? Es un misterio hasta hoy. Ni tampoco sé de qué abismos guturales saqué la voz extinta. Seguramente del intento fallido de asesinato.



A la salida estaban el alcalde y su secretario esperándonos para llevarnos a cenar a un pequeño restaurante cerca del teatro, y nos sentamos entonces alrededor de una larga y única mesa vestida de blanco.



El señor alcalde, de rostro aborrajado, morro apretado y vientre grandioso, se instaló en una cabecera colocando a su lado al autor y director de La Farsa de El Caballero y La Muerte. Acto seguido, continuó sentando a todos formando fila, mirando a la nada porque no había nada que ver cerradas a cal y canto puertas y ventanas del sorprendente restaurante.



Dentro de la extravagancia manifiesta, me dediqué a observar al anfitrión de cerca. Era la primera vez que realmente le miraba y me miraba; y no nos gustamos nada, pero, la reaparición del subalterno evitó el desenlace bélico del duelo ocular.



A un chasquido de dedos a su secretario y éste a su vez al camarero, empezaron a sobrevolar nuestras cabezas fuentes y más fuentes repletas de empanadas. Empanadas fritas, al horno, de queso, sin queso, de carne, de marisco, grandes pequeñas, medianas, enormes. Empanadas a destajo.



Nadie hablaba con nadie, todos comían. Yo también, pero agobiada después de la primera, qué decir de la segunda, decliné la invitación de la tercera sin sospechar lo que se avecinaba. Porque fue en ese momento cuando el alcalde, de color crepuscular, en un alarde de caballerosidad exquisita, lanzó con destreza admirable una empanada a mi plato, convertido, helás, en Campo de Honor. Huelga decir que la empanadilla aterrizó implacable y seca como un guante de desafío de terciopelo rojo sangre.



Se hizo un abismo dentro del abismo.



- Ä„Coma! - ordenó el anfitrión. Igual que quien da la orden de ejecución.



Pero una, que es desobediente de nacimiento, dio el No de pecho subversivo. Y allí quedó la empanada, yaciente y triste, víctima inofensiva del anfitrión. Sola, en medio-medio, del plato.



El alcalde siguió atiborrándose. Y engullía tanto, que todo él era una empanada. Hacia los postres, chasqueó el dedo por segunda vez para que el servicial secretario le presentara un montoncito de libros de su autoría.



Se los dejó al lado y se quedó en pie, inmediatamente detrás del jefe quien, sin más protocolo, empezó a firmar, entre queso y pastel, los textos dedicados a todos los presentes, menos a la española, dijo.



- No me gustan lo españoles- tronó, creyendo que yo lo era.
-Ustedes son los culpables de todo lo que está sufriendo mi General, mi Tata- , añadió.



Y se despachó a su gusto contra los hijos de la madre patria. No quise contradecirle. Amén, dije para mis adentros.



Cuando respiró y dejó de resollar, simplemente le aclaré por si las moscas, que no soy española. Y entonces ocurrió lo más chirene de la noche: al señor alcalde se le puso la faz de mil colores. Pasó del verde claro al rojo burdeos, mientras tragaba casi entero el pastel que le tapaba la boca. Hasta ese momento nunca le había visto las fauces. Pero, respetable público, en lugar de llevarme al paredón o estamparme otra empanada, lanzó una risotada que hizo retumbar las paredes. Ese tipo de carcajada truculenta que desencaja la mandíbula y deja ver hasta el garganchón. Y los dientes.



Oh Dios, los dientes. Eran de oro. No uno, ni dos ni tres. Todos. Todos menos las muelas del juicio, por razones obvias. El alcalde tenía la dentadura de un oro reluciente y endiablado. Testigos habemus.



¿O no, Tato?



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Begoña Zabala es actriz y reside en Montreal, P. Québec

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