CULTURA
Carmina Asunción y “Esto no es una oración”: escribir la herida, narrar la disidencia
La escritora chilena Carmina Asunción debuta con “Esto no es una oración”, una novela que revisita la educación católica, la memoria generacional y el despertar de la identidad sexual en los años 90, tensionando el cruce entre fe, deseo y escritura como acto político.
En “Esto no es una oración”, su primera novela publicada por Invertido Ediciones, Carmina Asunción propone una entrada incómoda —y necesaria— a la memoria reciente de Chile: la de las infancias y adolescencias formadas en colegios católicos durante los años 90 y 2000.
A través de Lucrecia, su protagonista, la autora articula un relato donde conviven la disciplina religiosa, la violencia simbólica, la amistad y el despertar de una identidad sexual que no encuentra espacio para nombrarse.
Estructurada en torno a los Diez Mandamientos, la novela no solo dialoga con la moral cristiana, sino que la tensiona desde la experiencia subjetiva, abriendo grietas donde aparecen el deseo, la duda y la desobediencia. En ese cruce entre lo íntimo y lo político, el libro se instala como testimonio de época y como intervención en el presente.
La escritura como archivo político de lo íntimo
En conversación con El Mostrador, la autora reflexiona sobre el origen del libro, su dimensión política y los límites entre autobiografía y ficción.
—¿En qué momento la experiencia —personal, política o afectiva— se volvió materia narrativa y dio origen a Esto no es una oración, y qué urgencia te llevó a convertirla en libro?
– Desde que viví un mundo tan rico como el de un colegio católico en los 90, supe que alguien tenía que escribir sobre eso: hay mucho chisme, demasiadas cosas pasando. Los católicos casi tenían el monopolio exclusivo de los colegios privados; entonces, aun los colegios privados más baratos eran colegios católicos. De ahí que, sobre todo en las adolescencias, también haya surgido un deseo de escapar de esa represión, y que las órdenes religiosas se hayan tenido que ir adaptando un poco a los tiempos.
Se empezó a volver más débil la barrera de la moral, para bien. Por ejemplo, en la época con la que inicia el libro muchos colegios no permitían que papás separados matricularan a sus hijos ahí; lo mismo pasaba con echar a niñas que quedaban embarazadas. Pero, con el paso de los años, esos mismos colegios tuvieron que cerrar porque las personas prefirieron optar por una educación laica.
Este libro, en ese sentido, es memoria e historia de una época en nuestro país”.
Mostrar sin caricatura: los colegios desde adentro
—¿Qué responsabilidad le atribuyes a la escritura en la construcción de un registro político de lo íntimo, especialmente en un país donde estas historias han sido históricamente omitidas?
– Actualmente la visibilización de las disidencias me parece no solo necesaria sino que urgente. Sobre todo con el avance de la ultraderecha que pretende convertir nuestra existencia en algo discutible. Registrar nuestras vivencias es un acto de resistencia, nos permite recordar que hemos existido siempre y que no estamos dispuestas a retroceder en nuestros derechos.
Que una lesbiana pueda contar su historia de lesbianismo, puede hacer que alguna otra persona también se atreva a hacerlo y podamos hacer un archivo histórico de lo que hemos sido. Entiendo que no todas tendrán el privilegio de visibilizarse como yo, pero yo que tengo ese privilegio lo hago para que otras también puedan, así como otras antes lo hicieron por mi.
—En tu libro, ¿te interesa desmontar el sistema de educación católica o más bien revelar sus contradicciones a través de la experiencia subjetiva de la protagonista?
– Pienso que decir que desmontar el sistema es como mucho pedirle a un libro. Diría, más bien, que quería mostrar los colegios de monjas desde adentro. En casi todos los colegios de monjas existía la leyenda de la monja sin cabeza; en casi cada colegio de monjas nos enseñaron que teníamos que llegar vírgenes al matrimonio, y teníamos una nula educación sexual. Hay muchas personas que no entienden esto porque se educaron en colegios laicos, y supongo que también es interesante para ellos ver cómo eran realmente estos colegios.
Cuando me preguntan de qué se trata el libro y les cuento que es sobre una niña lesbiana en un colegio de monjas, se ponen tristes y me dicen “lo siento mucho”. Pero quienes leen el libro se van a dar cuenta de que es muy de matices, hay partes incluso cómicas.
Las niñas también lo pasan bien. Entonces traté de mostrar eso: que, aun en los lugares menos esperados, podemos encontrar la ternura.
Entre testimonio y ficción: el riesgo de escribir
– El relato parece atravesado por una memoria emocional intensa, donde la escritura funciona como elaboración del trauma. ¿Cómo equilibraste la dimensión personal de esa herida con la construcción literaria, evitando que el testimonio anule la ficción?
– Siempre me acuerdo de lo que Gabriela Wiener nos dijo una vez en un taller de escritura sobre que a veces hay personas que tienen que morir para que nazca un libro. En su caso su padre murió y ella pudo contar que él tenía dos familias. En mi caso nadie ha muerto, entonces era más difícil poder escribirlo todo, me daba mucha más vergüenza y miedo que iban a pensar mis papás, pero me atreví porque también te la tienes que jugar con tu escritura, poner tu propio cuerpo en el texto, si tu no arriesgas nada dudo que se pueda escribir un buen libro.
El libro es muy de testimonio, pero también es una novela y para eso lo pulí y mejoré, no quiero subestimar a los lectores y decir “es lo que siento y es lo que viví y ya”, se necesita trabajo y edición. Por suerte pude tomar varios talleres de escritura con Franco Cárcamo de Talleres La Correccional, Diego Zúñiga y también mi editora Florencia Astica de Invertido Ediciones. Ellos también me ayudaron a definir ese límite. Me gusta jugar con esa ambigüedad también. Los pasajes que los lectores pensarán que son imposibles son los que ocurrieron tal cual, mientras que lo que parece más cotidiano quizás son de mi propia cosecha. Eso es lo que hace la literatura, mostrar más interesante las cosas más mundanas.
Una memoria generacional que interpela
— ¿Pensaste “Esto no es una oración” para una lectora situada —marcada por experiencias específicas de género, deseo o formación religiosa— o te interesa tensionar ese marco y abrir la novela a una lectura más amplia, incluso incómoda, para públicos diversos?
– Más que a un público específico, apelo a una memoria generacional. Quería capturar esa atmósfera de quienes vivimos la infancia y adolescencia en los años 90, 2.000. Espero que muchas personas se sientan identificadas con eso y los lleve también a sus propias vivencias. Una época donde chateábamos y poníamos estados por Messenger, comprábamos tazos en el kiosco y las niñas se juntaban a hacer coreografías en el patio bailando las Spice Girls.
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