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La O disyuntiva prefiere a Rita May

por 27 febrero, 2007

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Tal y como están las cosas, podríamos especular sobre la próxima invasión a Irán, cada vez más inevitable, o sobre el nuevo envío de tropas a Irak, convertido en auténtico polvorín.



O sobre la trágica muerte de Anna Nicole y su semejanza con Marilyn.
O sobre la testosterona que le falta o le sobra al guaperas de turno.

O si todavía sigue cobrando fortunas el Dalai mientras nos promete el nirvana.

O si Benedicto dejará de repartir bendiciones urbi et orbe y bajará del trono de Petrus de una santa vez porque desde las alturas ni se ve ni se escucha el clamor de la humanidad en vías de extinción.



Dónde habrá quedado el ejemplo de mi amigo el revolucionario nazareno, entre tanto incienso asfixiante.



O podríamos tratar el tema apocalíptico sobre la destrucción de nuestro planeta que también se acerca a galope tendido. Pero no. Padezco de vértigo.



O sobre la desfachatez de GWB.



America the beautifulÂ…! Canta a pleno pulmón mirando al cielo, Mr. President.



¿Y qué ocurre con los muestreos de lo que leemos un día sí y otro también en la prensa del mundo mundial?



Pues que a más de uno se nos pone mala uva desde que abrimos los ojazos.



Ergo, empezamos fatal la jornada, llenos hasta el tope de impotencia colectiva y no sabemos a ciencia cierta lo que nos pasa; si será el café que nos ha sentado como cien patadas en el estómago, o habrá sido la tostada embadurnada de mantequilla, o el jugo de naranja que en ayunas deja la vesícula hecha un estropajo y la boca amarga. Tampoco sabemos de dónde salen esos párpados encapotados ni la pinta de aturdidos que vemos frente al espejo de lo que nos desborda a los del voto inútil.



En consecuencia unos toman antiácidos, otros antidepresores, otros ansiolíticos, otros somníferos, otros se pinchan en vena, otros se las cortan, y al que no le da para más, aspira neopreno para evadirse.



Mafalda y yo a veces nos bajamos del mundo en marcha. Ahora mismo, verbigracia.



Por eso menda no quiere más interrogantes esta mañana blanca, fría y deslumbrante.



Y menda se recicla entre vinillo y tinta, puerros y pluma.



Meto en un puchero de barro varios ingredientes, algunos secretos. Los limpio de impurezas y los revuelvo en la memoria con una cuchara de palo, imprescindible cuando se cocina para no asustar ni cortar el aroma, ni los recuerdos. Todo tiene que arder a fuego lento. A fuego lento.



Hasta que se consuma la O disyuntiva.



Y entonces volvemos a Montreal, año 89. A una mujer que llamaremos Rita May.



Pues bien, Rita May estuvo metida hasta la peineta tratando de cambiar el mundo de manera organizada. Falló el intento pero ella lo siguió haciendo por cuenta propia, desde sus libros. Escribe como una diosa. Es la amiga más antigua que tengo y sin embargo la más lozana, la del corazón más joven, la de la mirada más enamorada y risueña. La que más alegrías ha sabido darle a su cuerpo. Hace tiempo que ha dejado de cumplir años.



Rara vez nos vemos ni nos buscamos. Es innecesario. Hay manantiales sumergidos inagotables.
Cuando la conocí tenía más de sesenta menos de setenta y seguía haciendo estragos en las filas con tres amantes y varios zagales a la deriva repartidos por los cinco continentes.
Era cultísima. Lo seguirá siendo. Y muy astuta. E intolerante con los necios.



Había conocido a Gerard Philipe, Ionesco, Picasso, Piaff. En París, en Montmartre. A la luz del alba. Cuando París era París.



Rita May de vez en cuando viajaba a Montreal por motivos profesionales y se alojaba en nuestra casa. Una casa muy grande donde todos cabíamos sin encontrarnos y coincidíamos, si queríamos. Al mediodía tomábamos Royal Carlton traído especialmente de allende el océano, y a la noche solíamos reunirnos para cenar en familia.



La hora feliz de sentarnos alrededor de una mesa larga larga.



Poníamos candelabros y encendíamos las velas. Siempre.



Rita May nos contaba historias de amor. De amor ardiente, de pasiones inconfesables, fugaces unas, imperecederas otras. Pasiones que iba levantado a su paso, naturalmente sensual. Seducía. Mataba. Y los ojos le brillaban al recordar.



Le gustaba mucho hablar y hablaba sin descanso pero sus andanzas eran lecciones magistrales de celebrar la vida. A su lado todas palidecíamos, soy testigo de su gancho. Los hombres más inesperados caían como moscas, rendidos a sus pies. Sin embargo llamaba mucho la atención una cierta inocencia, el candor.



No había dejado títere con cabeza. Ella.



Un día, estando en casa, vino a verla desde New York, su amigo Harry, así le llamaremos. Un cineasta documentalista importante, apuesto galán, simpático él. Tal vez se habían hecho tilín en un pasado no tan remoto. Nunca lo sabremos.



Se quedó en casa tres días de largas tertulias hasta el amanecer. Y mereció la pena. Nos reímos mucho, lo pasamos muy bien. La mañana que regresaba se levantó muy pronto para tomar el primer vuelo. Nos habíamos despedido de él la noche anterior.



Todo el mundo dormía.



De repente el timbre agudísimo de la alarma de la casa me despertó en vilo y sin pensarlo dos veces salté escaleras abajo, desnuda. No sé porqué, pero desnuda. A mitad de camino, oh mísera de mí, estaba Harry que ni bajaba ni subía, no sabiendo qué hacer, como yo, en el cul-de-sac. Me dio por gritar. Harry también. Por contagio. O fue la sorpresa de verme tan desabrigada con cuerpo de jacaranda en flor. Sí, eso he dicho. No me gusta la falsa modestia. Y dentro del sobresalto, me alegro en retrospectiva que mi desnudo integral fuera memorable.



Él se quedó petrificado mirándome y sólo acertaba a decir, Oh my God! Oh my God!



So sorry!



Gritando todavía salté no se cómo, pero salté esquivando a Harry y me metí en el armario de la entrada donde estaba la caja de la alarma. De un manotazo la apagué antes de que llegara la policía. Faltaría más. Así que en pleno agosto con un calor obsceno a las 5 de la mañana hora de Montreal, salí literalmente del armario, con un abrigo de zorro noruego, descalza, y con el pelo a lo Gilda, pero sin peinar.



Toda la secuencia que pareciera eterna duro en realidad segundos. Nadie más se enteró.



Después, por curiosidad, alguna vez traté de repetir el numerito del salto y concluí que sin una sobredosis de adrenalina y la presencia de Harry, era imposible.



Debería de haberle pasado a Rita May. Seguro que ella como Gloria Swanson en Sunset Boulevard hubiera bajado las escaleras hacia William Holden, lenta, provocadora, inmutable.



Entre sofocones y excusas nos despedimos al fin el amigo de mi amiga y yo.



Le dije, sintiéndome aún muy desnuda, que había sido un placer recibirle, que disculpara el percance. Creo que sonreí.



Harry me contestó como Clint: Don´t worry love, you´ve made my day!



Y sonrió también.



Te debo aquél recuerdo saleroso y te prefiero Rita May.



__________





Begoña Zabala es actriz y vive en Montreal, P. Québec

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