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Dime quién te financia...

por 3 abril, 2013

En días donde toda acción de nuestras autoridades pareciera tener un propósito más allá del conocimiento ciudadano, es fundamental que los candidatos transparenten sus vínculos y los ciudadanos nos preocupemos de procesar la información y obtener nuestras propias conclusiones. Insisto: las motivaciones de quién financia, serán las motivaciones de quien propone.
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Ante tanta marejada de movimientos sociales e interés ciudadano por los representantes venideros, me parece que hay una cuestión de la que aún nadie se ha hecho cargo y que resulta fundamental a la hora de decidir por quién votar: los vínculos del candidato, especialmente relacionados con el origen del financiamiento para las campañas. Profundizar en las redes ocultas que apoyan desde el backend la elección del postulante a un cargo público, puede terminar en una suerte de ejercicio oscuro y vacío, que no tiene otro resultado que el sabroso sinsabor al que ya estamos acostumbrados cuando de política se trata.

Es por esto que los ciudadanos debemos aprender a buscar la concordancia entre lo que dicen los programas de las candidaturas y los objetivos de quienes financian con sus recursos el marketing político, dado el carácter que ha cobrado el proceso electoral: una cuestión donde el producto más aventajado se adjudica el mayor consumo. El problema es que sólo nos enteramos de la parte bonita de los compromisos del candidato, aquella donde la propuesta de campaña interpreta las necesidades de los electores, mientras que se nos oculta la verdad de los convenios que los candidatos celebran con quienes financian sus acciones para la elección.

En días donde toda acción de nuestras autoridades pareciera tener un propósito más allá del conocimiento ciudadano, es fundamental que los candidatos transparenten sus vínculos y los ciudadanos nos preocupemos de procesar la información y obtener nuestras propias conclusiones. Insisto: las motivaciones de quién financia, serán las motivaciones de quien propone.

En términos sencillos, simplemente digo que cuando votamos no lo hacemos por la propuesta de un candidato específico, sino que también lo hacemos por sus vínculos y por los intereses de quienes los financian. De ahí que la cuestión cobre relevancia y sea un aspecto que no debemos pasar por alto.

Intentos por hacer transparente este asunto existen, aunque me pregunto si realmente tienen éxito. En 2004, por ejemplo, TheyRule.net facilitó la comprensión de las relaciones de poder entre los miembros de las compañías más grandes de los Estados Unidos y sus relaciones con entidades y personas con directa influencia en decisiones de gobierno. Chile no se ha quedado atrás en la materia: el Inspector de Intereses, de la Fundación Ciudadano Inteligente, cumple a cabalidad el propósito de mostrarnos dónde hay eventuales conflictos de interés, declarando los argumentos del caso. Un tercer ejemplo muy destacado es el de Yo No Voté Por Él, un blog independiente que se dedica a supervisar la gestión de las entidades de gobierno mediante el uso de la Ley de Transparencia. Los grandes desafíos en iniciativas como éstas son la continuidad de la ejecución, la actualización de la información y la difusión en prensa.

Pero volvamos al punto. En días donde toda acción de nuestras autoridades pareciera tener un propósito más allá del conocimiento ciudadano, es fundamental que los candidatos transparenten sus vínculos y los ciudadanos nos preocupemos de procesar la información y obtener nuestras propias conclusiones. Insisto: las motivaciones de quién financia, serán las motivaciones de quien propone. No se olvide de mis palabras.

Esta semana tuve un breve intercambio ‘tuitero’ con uno de los presidenciables, en relación con el origen del financiamiento de su campaña política. Con la vaguedad que caracteriza al que no quiere entrar en camisa de once varas, evitó dar una respuesta abierta y desvió los argumentos. Este es sólo un ejemplo de una situación de cuidado que los ciudadanos debemos contemplar. Al fin y al cabo, somos nosotros quienes elegimos para ser representados. Y gran parte de la frustración tras la euforia de ver a nuestro candidato elegido es, justamente, el desengaño de descubrir que simplemente dimos el voto a una conveniencia, a un interés privado y, como dijo algún candidato recientemente, a una mala junta.

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