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El patrimonio en llamas

por 14 abril, 2013

Volvemos al caso del Palacio Iñiguez y su agonía. Pienso en Madrid o París, o el mismo Buenos Aires o Ciudad de México, en donde los bienes arquitectónicos de valor patrimonial son los más codiciados por las grandes corporaciones privadas o instituciones públicas, sin embargo, en Santiago languidecen ante la indiferencia de nuestras élites culturales, que aún no son capaces de concordar una institucionalidad patrimonial adecuada a los nuevos tiempos y significaciones de este concepto.
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Esta semana despertamos con la profusa cobertura de prensa del incendio que afectaba al Palacio Iñiguez, que alberga a la célebre Confitería Torres. Entre medio de las llamas que devoraban a la bella y tradicional edificación de la ciudad de Santiago, se dejó entrever algo característico de estos sitios patrimoniales que a pesar de tener propietario padecen un abandono absoluto. Hace casi un año, con motivo de la celebración del día del patrimonio, tuve la oportunidad de escribir una columna respecto al peligro que significa conmemorar un patrimonio de máscaras, de fachadas vacías, carentes de una real preocupación de políticas públicas y/o privadas que fomenten la protección activa de nuestro patrimonio cultural, y este voraz incendio viene a ratificar esta aprehensión.

Este lamentable siniestro viene a desnudar no sólo las estructuras derruidas de su imponente arquitectura, sino algo mucho más profundo: la carencia de una real valoración social y política de nuestros bienes culturales, pero paradójicamente a contracorriente de lo que sugiere la literatura clásica, no es la ciudadanía la que ve con indiferencia su patrimonio, por el contrario, se ve una saludable conciencia patrimonial en las calles del barrio Yungay, Matta o Patronato, como asimismo en La Legua y la Victoria.

Por el contrario, en nuestro país es la élite social y política, la que al parecer se moderniza a espaldas de nuestra memoria cultural. Sólo así podemos comprender que la primera autoridad del país, egresada de Harvard, desconozca el árbol sagrado del Pueblo Mapuche, o veamos un Alcalde dispuesto a destruir la zona patrimonial de Castro construyendo un Mall, o sencillamente conductores de programas televisivos que confunden a Chespirito con Roberto Bolaño.

Volvemos al caso del Palacio Iñiguez y su agonía. Pienso en Madrid o París, o el mismo Buenos Aires o Ciudad de México, en donde los bienes arquitectónicos de valor patrimonial son los más codiciados por las grandes corporaciones privadas o instituciones públicas, sin embargo, en Santiago languidecen ante la indiferencia de nuestras élites culturales, que aún no son capaces de concordar una institucionalidad patrimonial adecuada a los nuevos tiempos y significaciones de este concepto.

En este estado del arte, es difícil estar optimistas. Si nuestra clase dirigente y empresarial muestra una ignorancia supina ¿cómo evitar el deterioro y abandono de nuestro patrimonio?

Y, aquí volvemos al caso del Palacio Iñiguez y su agonía. Pienso en Madrid o París, o el mismo Buenos Aires o Ciudad de México, en donde los bienes arquitectónicos de valor patrimonial son los más codiciados por las grandes corporaciones privadas o instituciones públicas, sin embargo, en Santiago languidecen ante la indiferencia de nuestras élites culturales, que aún no son capaces de concordar una institucionalidad patrimonial adecuada a los nuevos tiempos y significaciones de este concepto.

¿No es posible pensar una política de incentivos al rescate de nuestra arquitectura patrimonial?

En esta línea de reflexión, pienso en el caso de la calle Regina en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, en donde se realizó una intervención pública para incentivar la instalación de artistas jóvenes que permitieran revitalizar el barrio asolado por la delincuencia, y hoy podemos ver como conviven en las plantas bajas oficios tradicionales como las reparadores de bicicletas, la venta de tacos típicos de la dieta chilanga, y en los balcones asomarse a los futuros creadores mexicanos, que han alentado además la llegada de una nueva gastronomía, llenando de vida espacios ausentes de la vida pública. ¿O no pueden nuestros urbanistas pensar construcción de viviendas sociales en las grandes casonas de Santiago Centro en vez de enviar a las familias más pobres a la periferia?

Son muchas las ideas que podría enunciar en estas líneas pero, básicamente, no creo que la tarea de pensar la ciudad sea de “ciertos iluminados”. Por el contrario, sostengo que éste es un rol que debe jugar la ciudadanía. A la vez, un deber ineludible de académicos, autoridades públicas y empresarios no cortoplacistas, es sentar las bases de un modelo que entregue oportunidades para proteger el patrimonio de todos, de cuidar nuestra memoria y nuestra vida de barrio. De esta manera estaremos cimentando el camino hacia una ciudad realmente inclusiva, rompiendo el mito que la cultura es para unos pocos, ya que si la habitamos cotidianamente la incorporaremos con amor y respeto, y no sólo conoceremos nuestro patrimonio a través de un noticiario que nos muestra su majestuoso pasado envuelto en llamas, mientras las políticas públicas y privadas lo ignoran dramáticamente.

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