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Dependencia y crisis económica mundial

por 6 junio, 2013

Paradójicamente, bien podría implicar que no sea el empeoramiento, sino la recuperación de las economías centrales las que termine provocando ya no la pulmonía, sino el ataque de corazón de las economías periféricas.
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Antes se decía que cuando las economías de los países poderosos del mundo estornudaban a los menos desarrollados les daba pulmonía. Ahora, la pulmonía la tienen los ricos, con recesión y austeridad, mientras los países periféricos han crecido mejorando sus índices sociales. Pareciera que el círculo tradicional de dependencia se ha roto. Sin embargo, lo más probable es que las ventajas pasajeras no persistirán ni siquiera en el corto plazo. Las expectativas e ilusiones creadas por los gobiernos de turno durante este período podrían derrumbarse estrepitosamente.

Si las economías latinoamericanas han podido capear el temporal de la crisis mundial ha sido gracias a dos factores externos a ellas: el aumento de los precios de las materias primas y una superabundancia de capital en búsqueda de posibilidades de inversión fuera de los centros capitalistas tradicionales. Ello elevó los ingresos fiscales y permitió financiar masivos programas de subvenciones y bonos para la población. Además, mejoraron las cuentas fiscales. El gran crecimiento de los flujos internacionales de capital hizo casi desaparecer la escasez tradicional de divisas, una restricción tradicional del desarrollo de los países periféricos.

Paradójicamente, bien podría implicar que no sea el empeoramiento, sino la recuperación de las economías centrales la que termine provocando ya no la pulmonía, sino el ataque de corazón de las economías periféricas.

El primer factor tuvo como antecedente una larga restructuración de la división mundial del trabajo y de la producción, con el ascenso de China a potencia económica mundial. Una buena parte de la capacidad productiva en bienes de consumo y de capital fue trasladada hacia China y sus satélites. La expansión de la escala de producción y la sobreexplotación de la mano de obra permitieron a las empresas transnacionales inundar de productos baratos los mercados mundiales, eliminando en los países periféricos posibilidad de desarrollo industrial masivo. Pero la demanda de productos primarios aumentó y compensó los efectos negativos de la desindustrialización.

La superabundancia de capital financiero estuvo asociada a diversos fenómenos, que aunque muy negativos en sí mismos, en conjunto también crearon una situación transitoriamente favorable a los países periféricos. La crisis de la economía norteamericana desde el comienzo del decenio pasado, con la respuesta de una expansión monetaria irresponsable de Greenspan, una larga fase depresiva en Japón, la ausencia de despegue económico en la Unión Europea, llevaron a bancos e inversionistas financieros a volcarse a cuanto mercado especulativo había y buscar inversiones riesgosas fuera de sus mercados tradicionales. América Latina fue así invadida por el capital financiero extranjero.

El "superciclo" mundial del sector primario se montó entonces sobre una catástrofe latente hasta el día de hoy. Los países que han entregado sus economías al extractivismo están expuestos, por un lado, a que el persistente estancamiento y la deflación en los países centrales envuelvan a China y se produzca el colapso de los precios del sector primario. Por el otro, aunque los bancos centrales de las grandes potencias económicas siguen sustentando al sistema bancario, cada vez es más evidente que sin una masiva condonación de deudas públicas y privadas y el consiguiente borrón de activos ficticios de los balances de bancos, fondos, seguros y otros sectores, no será posible restablecer el  equilibrio macroeconómico para volver a despegar.

En lo que va corrido desde el comienzo del siglo actual, la economía de los EE.UU. se ha debilitado notoriamente, Japón ha sufrido los embates del estancamiento, de la pérdida de competitividad y de un endeudamiento público impagable, y la integración de la Unión Europea está terminando por demostrar que es un fracaso, no sólo en lo económico. A esta decadencia capitalista se incorporó China, con el doble efecto de agudizarla pero a la vez impidiendo su rápida agudización. China hoy ya no aparece como la gran locomotora que sacará a la economía mundial de la recesión y el estancamiento.

Como lo predijera André Gunder Frank, el caso chino modificó de raíz la división internacional del trabajo existente por decenios. Pero esto no modificó el esquema básico de la acumulación capitalista mundial: hay una minoría de países que acumulan el capital y las capacidades de producción para abastecer los mercados mundiales con productos y servicios de alto valor, y la gran mayoría se queda en el sector primario con ingresos bajos. Paradójicamente, bien podría implicar que no sea el empeoramiento, sino la recuperación de las economías centrales la que termine provocando ya no la pulmonía, sino el ataque de corazón de las economías periféricas.

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