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El vergonzoso rol de la dictadura de Pinochet en la Guerra de las Malvinas

por 20 agosto, 2014

La retribución al golpe propinado a mansalva a nuestros vecinos, como toda traición, habría de ser retribuido en monedas de plata constantes y sonantes. En este caso, en especies de segunda mano consistentes en materiales de guerra concedidos a “precios excepcionales”. Según el propio Matthei: 9 aviones Hawker Hunter, más otras tres naves Camberra de reconocimiento fotográfico, junto a otros artilugios de comunicaciones también a precio de liquidación. Magra compensación por un acto artero e innoble, destinado a tener consecuencias terribles para la relación chileno-argentina por siempre jamás.
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En recientes declaraciones al diario La Tercera, el ministro de Defensa Jorge Burgos afirmó que “la inmensa mayoría de los chilenos no estamos orgullosos de la actitud de la dictadura durante la guerra de Las Malvinas”. Dice bien el ministro Burgos, aunque se queda corto, pues aquella actuación lamentable, lejos de suscitar orgullo más bien debe ser motivo de vergüenza para los chilenos. Aunque aquello hubiese sido perpetrado por una dictadura y a espaldas nuestras.

Muy descaminados andan, en tanto, quienes tratan de escabullir el bulto o de justificar tamaño desaguisado, como intenta hacerlo el ex canciller de la dictadura Hernán Felipe Errázuriz, aludiendo a que “no hay que disculparse con Argentina. Ellos desencadenaron la guerra, invadieron, Chile no hizo uso de la fuerza y apoyó a Argentina en todos los organismos internacionales (sic)”. Otros personeros, como el senador Víctor Pérez de la UDI, consultado al respecto afirmó que “estamos orgullosos de lo que se hizo en esa época, que es mantener la paz”, y por su parte y extremando la osadía, el secretario general de RN, Mario Desbordes, no trepidó en afirmar que “Frei Montalva o Allende se habrían visto obligados a actuar igual”.

Hasta el ex ministro de Defensa, mi amigo Francisco Vidal con quien coincido muchas veces, ha considerado necesario sumarse al coro de los justificadores de esta actuación deleznable, señalando creer que “la actuación que tuvo la dictadura militar, al menos en este tema en particular, fue necesaria”.

¿Pero es que fue en verdad necesario e inevitable semejante despropósito? ¿Y es posible fundarlo sólo en las declaraciones amenazantes contra Chile del desquiciado y vociferante general argentino Leopoldo Galtieri, como se pretende una y otra vez?

Una fría y brumosa mañana de 1982, en plena guerra de Las Malvinas, tres efectivos militares británicos, vistiendo uniformes de combate de la SAS, aparecieron muy campantes caminando hacia Punta Arenas por el camino sur que bordea el Estrecho de Magallanes. Poco más tarde se conocería que provenían de un helicóptero Sea King que yacía incendiado a pocos kilómetros de distancia, y que los comandos británicos habían volado posteriormente a Londres, vía Santiago.

La retribución al golpe propinado a mansalva a nuestros vecinos, como toda traición, habría de ser retribuido en monedas de plata constantes y sonantes. En este caso, en especies de segunda mano consistentes en materiales de guerra concedidos a “precios excepcionales”. Según el propio Matthei: 9 aviones Hawker Hunter, más otras tres naves Camberra de reconocimiento fotográfico, junto a otros artilugios de comunicaciones también a precio de liquidación. Magra compensación por un acto artero e innoble, destinado a tener consecuencias terribles para la relación chileno-argentina por siempre jamás.

El hecho no pudo ser desmentido, ni siquiera por una dictadura que mantenía un férreo control de los medios de comunicación, pues había sido presenciado por demasiados testigos. Pero nadie entonces pudo o quiso dar una explicación creíble a la inusual presencia de fuerzas militares británicas a una distancia tan enorme del teatro de operaciones de guerra.

El suceso vino a confirmar lo que para muchos era hasta entonces una mera especulación, pero que para no pocos magallánicos era una certeza indubitable. La presencia activa y ostensible de efectivos militares británicos operando desde nuestro territorio en concomitancia con personal militar chileno. De manera especial pero no exclusiva, con la Fuerza Aérea de Chile, la cual proporcionaba a británicos sus instalaciones, sistemas de comunicaciones y otras facilidades logísticas a los fines de la campaña militar en Malvinas.

Hay quienes afirman que el caso de los comandos extraviados hizo parte de la abortada “Operación Mikado”, la cual contemplaba una misión de desembarco a bordo de aviones C-130, la que debía aterrizar y destruir en tierra los aviones argentinos Súper Etendart estacionados en la Base Naval de Río Grande y hacer estallar contenedores con misiles Exocet, proyectiles que habían sido proporcionados por Francia a través de Perú. El plan contemplaba destruir la base, eliminar a los pilotos y luego poner a los efectivos militares británicos a salvo en Chile, “territorio neutral”. El proyecto fue concebido y ensayado, pero luego descartado, pues implicaba trasladar la guerra al continente, costo que el alto mando británico no estuvo dispuesto a pagar.

La cooperación chilena a favor de Gran Bretaña y en contra de Argentina se mantuvo como un rumor hasta 1999. Fue entonces cuando el general (R) Fernando Matthei, ex Comandante en Jefe de la FACH y ex miembro de la Junta Militar, la confirmó abiertamente en sus pormenores principales. Matthei admitió que fue él mismo el artífice y conductor de la operación encubierta, a la que llamó eufemísticamente “colaboración estratégica con los británicos”. El general, quien coincidentemente ejerció entre 1971 y 1974 como Agregado Aéreo en Londres, no entró en detalles, aunque aseguró que la colaboración había consistido básicamente en entregar a los británicos información de inteligencia.

Matthei dijo, sin siquiera inmutarse, que “hice todo lo posible para que Argentina perdiera la guerra” y, en cuanto a las responsabilidades de mando, agregó el detalle inverosímil y descabellado de que “fui yo, por mi cuenta, no fue Chile, Pinochet no estuvo al tanto”. Como si no hubiese sido el propio dictador quien un día dijo que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera.

La retribución al golpe propinado a mansalva a nuestros vecinos, como toda traición, habría de ser retribuido en monedas de plata constantes y sonantes. En este caso, en especies de segunda mano consistentes en materiales de guerra concedidos a “precios excepcionales”. Según el propio Matthei: 9 aviones Hawker Hunter, más otras tres naves Camberra de reconocimiento fotográfico, junto a otros artilugios de comunicaciones también a precio de liquidación. Magra compensación por un acto artero e innoble, destinado a tener consecuencias terribles para la relación chileno-argentina por siempre jamás.

Que se movieron muchas hojas para que esta infamia pudiera perpetrarse por parte de una dictadura comprobadamente capaz de las peores bellaquerías, es algo de lo que no cabe duda. Que en una operación de semejante entidad debió haber participado el conjunto del mando militar y civil de la dictadura, es un hecho lógico e irrefutable.

Y aunque inútil e inverosímil, el gesto del general Matthei de querer atribuirse toda la responsabilidad e inmolarse ante la historia por una acción que pesará por siempre como un estigma para quienes la concibieron y ejecutaron, su actitud no puede sino interpretarse como el gesto de un hombre que, al final, también comprende en su fuero más íntimo que en este episodio no hubo interés superior del Estado, patriotismo, grandeza ni honor militar alguno, sino vergüenza, deshonor y oportunismo servil de las personas e instituciones participantes en esta trama.

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