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Nicanor Parra y el placer de imaginar

por Pedro Cuevas, gestor cultural 1 febrero, 2015

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Señor director:

Puedo imaginarla como quiera, a veces le pongo tacones y se vuelve coqueta, otras va a pie pelado moviendo sus caderas.

Aquí, a la orilla del mar, en Las Cruces, con un pisco- sauer  catedral y unas empanaditas de camarón. Así, a medio filo, mirando una ola tras otra rompiendo sobre las rocas. La brisa húmeda, que moja  mi cara. Es el sabor del océano, ese inmenso mundo salobre lleno de vida. Es el planeta indómito  que me fascina, como las caderas de algunas mujeres que pueden ser tan salvajes como las marejadas que a veces nos azotan.

Le pregunté al garzón: ¿Donde vive  Nicanor Parra? En esa loma que se ve desde aquí, me dijo.

Viejo zorro pensé. Cuando yo era niño, a veces coincidíamos; vivíamos en la misma calle, en los cerros de La Reina, un lugar con horizonte donde siempre se puede ver la puesta de sol. Nunca cruzamos palabra, solo  miradas. En ese tiempo ya tenía sus años. Para mí, era un viejo choro, bien parado.

De una pitillera sacaba un cigarro que se fumaba lentamente mientras observaba a la tribu en la plaza donde los arrieros dejaban amarrados los caballos y todos bajábamos a comprar el pan.

“Señoras y señores

ésta es nuestra última palabra

-Nuestra primera y última palabra –

Los poetas bajaron del olimpo.”

No intenté ir a verlo, levanté mí copa varias veces en su nombre. Dicen que está viejo y gruñón. Cien años deben ser pesados de llevar. Él es, por sobre todas las cosas, el hombre imaginario. Pero también fue un viejo califa; Eso dicen, a buey viejo pasto tierno. Como sea ya tiene un lugar en el alma  de los chilenos.

Finalmente todo está acotado a un tiempo finito, por eso es tan importante darle significado a las cosas. La palabra es un intangible que le da sentido a la vida.

Los poetas deben  bajar del olimpo.

Estamos plagados de almas pequeñas con mucho poder. Hay que recuperar a las  almas extraviadas en los mundos financieros. Esos chilenos que confundieron la bolsa de valores con el paraíso.

No hay salida, o somos o no somos, el país es una hermosa ilusión que tiene diecisiete millones de dueños, lo demás vale callampa, como dice la Ena von baer.

Así es la cosa, nadie se lleva nada de aquí.  El país será lo que seamos capaces de imaginarnos. Que nadie pretenda creerse dueño de nuestras   costas, valles y  montañas. El país es de todos en la medida que así lo imaginemos.

“Además una cosa
El poeta está ahí
Para que el árbol no crezca torcido”

Pedro Cuevas
Gestor cultural

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