Aborto: un debate necesario
Señor Director:
Mucho se ha hablado durante el año y en estos días acerca del aborto. Importante es notar para este remedo de escritor algo más que sencillo: se ha propuesto reinstaurar el aborto terapéutico, no implementar el aborto en sí –que le quede claro a la derecha de este país–. De todas maneras, la discusión ha adquirido ribetes de guerra, atrincherándose las visiones por un lado y por otro, acusando inconsciencia desde ambas aristas: sí al aborto y no al aborto. Pero podemos detenernos un momento –algo que muchos no acostumbran a hacer– y empezar por reconocer ciertas problemáticas en la discusión. Y una de ellas, importante, es que los análisis no dejan de ser superficiales. No se ha llegado a profundizar realmente en el tema. Yo propongo una profundización y aquí va.
Primero, hemos escuchado una postura que está en contra del aborto en todo evento, y otra que apoya el aborto en su totalidad, unos acusando que el cigoto, el embrión, el feto es un ser humano; otros acusando, si bien no directamente pero de forma acusada, que no es más que una cosa. Ambos parecen equivocarse. Y lo digo porque el feto, cigoto o embrión parecen ser el resultado de un proceso, no un estado anquilosado que puede ser dividido arbitrariamente. En ese sentido, la opinión arbitraria del reputado Maturana acerca de cuándo se considera persona al feto me parece un sinsentido, pues el feto, cigoto o embrión tienen un estatuto ontológico especialísimo. ¿De qué hablamos cuando hablamos de un feto, un cigoto o un embrión? Claramente no hablamos de una «cosa», un pragma dispuesto para el uso y abuso nuestro. Y tampoco es una parte del cuerpo, una mano o un pie. Es por de pronto «algo» que no se presenta como una mera cosa.
De ahí que la postura feminista esté en su profundidad errada, puesto que aquí no estamos discutiendo acerca de su cuerpo. Usted, señorita o señora feminista, puede hacer lo que quiera con su cuerpo, de verdad, lo que se le venga en gana, pero no estamos hablando de una parte de su cuerpo, estamos hablando de «algo» que no forma parte de su cuerpo ni es de su propiedad simplemente por estar «en» su cuerpo –en ese sentido caracterizar en esta discusión los resquemores contra el aborto como un ejemplo más de lo que llamó Foucault «biopolítica» no viene al caso–.
Pero, tampoco hablamos de un ser humano o persona en el sentido pleno de la palabra. Es decir, utilizando términos de Aristóteles, no es lo mismo la potencia y el acto. El cigoto, el embrión, el feto, no son un ser humano hecho y derecho, sino «algo» en potencia de ser humano y persona en su sentido más pleno. Incluso, si el feto, el embrión y el cigoto fuesen lo mismo que un ser humano, se hubiese comprendido en la norma propia del art. 19 nº 1 de nuestra Constitución y, en vez de eso, el poder constituyente pensó que era mejor no confundir los términos y agregó un inciso para disponer que «la ley protegerá la vida del que está por nacer».
Por esta misma complejidad del estatuto ontológico del feto, embrión o cigoto, uno no puede disponer de posiciones absolutas acerca del tema y, por ende, tanto aquellos a favor del aborto en su sentido completo y libertarista –porque de liberal no tiene nada– como aquellos a favor de la posición de que Dios vendrá y nos condenará a todos por la afrenta que vamos a cometer, deben entender que el asunto es bastante complejo y no negarse, en ningún caso, a discutir democráticamente el asunto. Y, ¿qué es lo que se debe discutir? Gran pregunta. A partir de lo especialísimo del tema, está claro que en ningún caso debemos discutir la instauración amplia y definitiva del aborto. No debemos mostrar un desprecio tal al principio metafísico-ético de protección de la vida. De ello depende nuestra subsistencia como seres humanos tanto en términos sociales, económicos como biológicos. Pero ¿no era que el cigoto, embrión o feto no era, en su sentido total, persona o ser humano? Pues, entonces, lo que debemos discutir son las excepciones, pues, aunque Kant lo encontraría inmoral, el asunto va más allá de aceptar principios absolutos de conducta.
Y, ¿cuáles han de ser estas excepciones? Ahorremos camino y veamos simplemente aquellas que se han propuesto. Primero, se ha pensado que es legítimo que se permita el aborto en los casos en que peligre claramente la vida de la madre. En este caso, me parece obvio que debe ser aceptada la propuesta, en tanto el sujeto de derechos en su sentido más pleno es la madre y no el cigoto, embrión o feto. Peligra la vida de una persona y, en dicho caso, el Estado no puede olvidar su mínimo deber protector.
El segundo caso, es el de «inviabilidad del feto». Pero, ¿qué se entiende por inviabilidad? Hay muchos casos en que a la madre se le dice «sabe, su hijo no podrá nacer o nacerá con complicaciones tales que no podrá vivir de un modo adecuado». Estoy de acuerdo con instaurar el aborto en ese caso, puesto que no hay nada más doloroso –he de imaginarme–, que esperar el no nacimiento de ese algo en lo cual dichos padres han puesto su vida. Pero ¿cuáles serán esos casos considerados dentro de la inviabilidad? Determinar dichos casos es de suma importancia, puesto que si el feto, el cigoto o el embrión no tiene cerebro –hay casos conocidos–, claramente no podrá vivir y, en ese sentido, es inviable, pero ¿un feto, un cigoto o un embrión que tenga un brazo menos, una pierna menos es verdaderamente inviable? Nuestro senador Guido Girardi (PPD) postula que en estos casos sí es inviable, y me pregunto si tendrá los cojones para decirles a aquellos que no tienen brazos o piernas que en verdad sus vidas no tienen sentido y que sus padres debieron tener la oportunidad de abortarlos.
Por último, se ha propuesto el caso de la violación, argumentando que el impacto de la violación amerita que la madre decida si quiere o no tener al «producto» de un hecho tan indigno. Yo me hago la pregunta: ¿quién paga las culpas por la violación? Pareciera que, a grandes rasgos, ese feto o ese embrión o ese cigoto no es culpable de su origen bestial e inhumano y resulta que, por culpa de alguien más, se le cobra factura. Se justifica en que la madre no podrá generar vínculo alguno con ese hijo –de hecho, ronda un testimonio en The Clinic de una mujer que abortó en estas circunstancias–. Pero ¿será que a ciencia cierta la madre de verdad no podrá nunca generar un lazo con ese hijo? No parece que sea cierto que una madre pueda no generar vínculo alguno con su hijo independientemente de su origen. Me gustaría ver un estudio que explicite que en todos los casos pasa igual o en su mayoría, quizá entonces podamos decir con propiedad que es imposible la generación de dicho vínculo. Además, bien se considera que dichos casos pueden ser resueltos con el tratamiento de “la pastilla del día después” –el problema de entrega y acceso vinculado a la residencia partidista del alcalde deben ser resueltos antes de tomar, obviamente, esta postura–. Hasta entonces, «ante la duda, abstente».
El asunto es complicado, no es tan fácil como venir al ámbito público y pretender asentar tus visiones personales por sobre las demás. Hemos de atender esta problemática y ser lo más respetuosos posible de las visiones de los demás. En ese sentido, la humildad es la nota principal que todos debiésemos practicar en asuntos en los que no cabe una posición absoluta.
William Tapia Chacana, Profesor de Filosofía
Universidad de Chile