Peligros de la gratuidad sólo para algunas universidades
Señor Director:
Muchos han criticado –con justa razón– que la reforma a los colegios permite la existencia de una élite que puede invertir todos los recursos necesarios en la formación de sus hijos, mientras el resto de la sociedad debe limitarse a recibir lo que ofrece el sistema público con sus escasos recursos.
Curiosamente, algunas personas que hablan de terminar con un sistema discriminatorio, en que los estudiantes reciben educación de acuerdo con los ingresos de su familia, piden que en la educación universitaria coexistan instituciones pagadas y gratuitas.
El argumento es que algunas instituciones cumplen con fines privados, confesionales o no entregan educación de calidad. Sin embargo, hay una serie de efectos negativos de tener un sistema combinado.
Primero, la existencia de universidades pagadas podría derivar en la generación de instituciones exclusivas para una élite, ya que ante la mayor disponibilidad de recursos pueden invertir en mejorar la calidad de la educación que entregan, seleccionar a sus estudiantes, así como también disponer de valiosas redes y contactos. Es un efecto similar al que ocurre con los colegios particulares-pagados. Es el caso de Estados Unidos, donde la élite opta por pagar aranceles hasta siete veces más costosos que el de una universidad estatal para recibir mejor educación y contactos.
Segundo, los estudiantes que provienen de estratos medio y alto que no queden en universidades públicas igualmente podrán acceder a la universidad si logran financiar la diferencia entre el arancel de referencia y el arancel real. Pero muchos jóvenes más pobres no podrán costear dicha diferencia y tendrán que optar o por educación técnica o por no estudiar. Es decir, los sectores medios y altos seguirán teniendo acceso a la universidad, mientras la mayoría de los sectores pobres quedarán excluidos.
Tercero, estudiantes de ingresos medios-bajos que no logren entrar a instituciones públicas podrían endeudarse para estudiar en una universidad privada no elitista ni acreditada por cuestiones de calidad en vez de preferir una carrera técnica. Eso implicará que los estudiantes más pobres no recibirán una educación de calidad garantizada y persistirán los problemas de endeudamiento y desigualdad en la calidad de educación que hoy enfrentamos.
Por tanto, si permitimos la existencia de universidades no públicas tenemos que darles gratuidad a sus estudiantes, como se hará con los colegios particulares subvencionados. En vez de negar la gratuidad para algunos planteles es mejor regularlos para que cumplan fines públicos y entreguen educación de calidad.
Sebastián Guzmán,
Profesor Investigador, Núcleo de Investigación en Educación
Universidad Andrés Bello