Jacqueline y su última cuota de poder
Señor Director:
En los últimos días, hemos visto a Jacqueline Van Rysselberghe evadiendo las críticas de la sociedad civil a través de los medios –cristalizadas en un sinfín de organizaciones y personas– exigiendo su renuncia al cargo de Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos, y es que carece de absoluta legitimidad moral y social para ejercerlo. Es la figura opuesta por antonomasia al cargo que busca desempeñar.
Foucault, filósofo francés y teórico de las relaciones de poder, dentro de sus estudios sobre el ejercicio de poder en épocas antiguas retoma una definición clásica de la tiranía: tirano es aquel que al llegar al poder es susceptible de perderlo y, ante la eventualidad, hace uso de todos los medios a disposición para dilatarlo.
Bajo esta noción, no sería aventurado pensar que la política hoy se está llenando de tiranos. La falta de legitimidad política es tal, que la ostentación de poder de los políticos es tan incierta, incluso para ellos mismos.
Cegada por el poder, Jacqueline Van Rysselberghe ejerce su última cuota poder, de manera terca y prepotente, podríamos decir, incluso, tiránica. En sus desesperados intentos por desacreditar a la mayoría que busca su renuncia, se aferra con las uñas al trono que, de un modo u otro, ya no le pertenece.
Se afirma en la “legitimidad” con la que fue nombrada, pero no repara en que no basta la formalidad del nombramiento para merecer estar en dicho cargo. Para proclamarse presidente(a) de una comisión como la de Derechos Humanos debe contar con el respaldo de la ciudadanía, ya que es un tema que nos compete a todos. Asimismo, debe demostrar que su trayectoria concuerda con las exigencias del puesto –algo que está muy lejos de la realidad–.
Se escuda en su opinión divergente, sin darse cuenta que su mirada es la más excluyente de todas. Cuando personas homosexuales no son tratadas como iguales –condición mínima para comenzar a debatir– no se debe a la existencia de opiniones distintas; es simplemente violencia gestada en el seno de un partido caracterizado por la coacción política y la denigración moral del resto.
No acepta la divergencia entre personalidad y cargo que ella encarna. No acepta la idea de que el resto no la quiere ahí. Pero la UDI es reacia a la renuncia. Como enviados a cumplir una misión divina en este mundo, echan sus raíces en la tierra donde están parados sin importarles el resto del prado.
Ahora que Van Rysselberghe agota su última cuota de poder, cabe preguntase: ¿terminará perdiéndolo finalmente de forma legítima –por medio de la renuncia– o como un tirano?
Martín De Gregorio Cortés
Egresado de Sociología
Pontificia Universidad Católica de Chile