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Respecto del señor obispo Barros Madrid

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Por: Pedro Rodríguez Carrasco, doctor en Filosofía y psicólogo de la Universidad de Chile


 

Señor Director:

Pocas veces una comunidad creyente tiene una reacción tan expresiva respecto del nombramiento de un obispo para su diócesis. Y es que, cuando personas con una ideología particular, con determinadas expectativas de poder se imponen por sobre el bien común y abusan, aunque sea bajo el amparo de motivaciones espirituales, se trata de actos de corrupción que dañan la confianza pública y reproducen un clima de beligerancia muy tóxico que tiende a mantenerse por mucho tiempo. Una sociedad y una comunidad humana se construyen frágil y lentamente sobre decisiones éticas, pero se destruyen fuerte y rápidamente a partir de decisiones y actos corruptos.

El nombramiento del señor Barros Madrid como obispo titular de la diócesis de Osorno no es un evento aislado de esta corrupción enquistada en la estructura eclesiástica de la comunidad católica. Su mentor, el señor Karadima, permanece protegido cuando debió recibir una sanción canónica muchísimo más severa después de haber abusado no solo del poder sino sexualmente de preadolescentes y jóvenes durante décadas. La historia de vida del señor Barros Madrid está construida a partir de las astucias del poder antes descrito: imponerse por sobre el bien común. Decir públicamente, con aspavientos de bondad, que nunca se enteró de las perversiones de su mentor, implica colocarse a sí mismo como un perverso en ejercicio. Miente con cara de bueno, en tanto todos los testigos saben y expresan a la luz pública lo que él niega.

Todos los que fuimos testigos de su rol de líder indesmentible en el grupo de seminaristas y luego en el grupo de sacerdotes, mucho antes de la aparición de Juan Esteban Morales y Diego Ossa, con iniciativas siniestras que lo pusieron al borde de ser echado del seminario –ante lo cual fue salvado por el arzobispo Fresno– en una complicidad sorda con su mentor, hacen imposible su ignorancia. Única posibilidad, Alzheimer o Demencia Senil.

En los tiempos que fue seminarista, gobernaba el país la dictadura de Pinochet. En el seminario de Santiago pocos se manifestaban de derecha, esos pocos eran todos venidos de “El Bosque”. Aquellos seminaristas con más sensibilidad social y preocupación por la violación de los derechos humanos en dictadura, éramos considerados por los “bosquianos” (así se les denominaba) como comunistas ateos que infiltrábamos la Iglesia… era posible escuchar ese tipo de conversaciones en los pasillos y también escuchar testimonios de aquellos que abandonaban la secta de Karadima. El control que ejercía Barros sobre sus pares de El Bosque desde esa época, queda de manifiesto en el testimonio de Juan Carlos Cruz, así como en las investigaciones de la periodista María Olivia Mönckeberg  y de Ciper Chile. Barros era íntimo de Karadima y en esa intimidad vio muchísimo más y vivió muchísimo más que arrebatos de su “mal genio”. Intimidad y complicidad que se desplegaban en estrategias de control y, por si fuera poco, de propaganda de desprestigio respecto de sus enemigos “comunistas infiltrados”.

La manipulación de conciencias y el abuso de poder no fue un problema exclusivo de Karadima, sino un trabajo compartido con secuaces, entre ellos uno principal es Barros. Es insostenible y una vergüenza pública para los creyentes, que se pretenda tapar el sol con un dedo. La comunidad de los creyentes necesita expresar, con fuerza profética, que condena estas prácticas siniestras y también condena el silenciamiento, ocultamiento y complicidad con estas prácticas.

Acatar un nombramiento como este no es obediencia, sino complicidad. Si Dios pidiera obediencia, ésta no puede ser ciega, cómplice y corrupta. Con Jesús enfrentamos la hipocresía de quienes vestidos con la piel de sus ovejas y alimentados con la carne de sus ovejas, pretenden conducir a sus ovejas por medio del abuso y la invocación idolátrica del santo nombre de Dios. La comunidad de los creyentes no pretende ser rebelde ni oposicionista respecto de sus pastores, por el contrario, quiere caminar junto a ellos. Pero si los pastores abandonan el Evangelio, ¿por qué seguirles? ¿Por qué distorsionar el Evangelio, para estar con el señor Obispo?

Alguien de buena intención dirá: ¿por qué no se le da una oportunidad? Muy bien, pero ¿por qué no ha asumido ya antes su oportunidad? ¿Cuál? La de reconocer públicamente su rol protagónico, pedir perdón y someterse al escrutinio de la comunidad.

El “caso Karadima”, con todo lo publicado desde hace años, es de dominio público. ¿Puede el señor Barros pensar que la gente no sabe nada de lo que es vox pópuli?… Esto y la mentira de decir que nunca supo nada, muestra que su “oportunidad” no tiene posibilidad, no por rigorismo de nuestra parte, sino por un sentido de realidad: las personas que no reconocen sus crímenes tienen un diagnóstico de difícil pronóstico y no puede ponerse a la cabeza de una comunidad a una persona en estas condiciones. Obstinado en no reconocer para sí lo que el derecho canónico y el derecho civil ya sancionaron respecto a su mentor, el señor Barros es un peligro para la sociedad, en tanto tenga poder por sobre una comunidad. El abuso de poder en nombre de Dios es aún más perverso, por cuanto pone al que obedece en una posición de difícil decisión: si no obedece es sancionado como infiel, si obedece incurre en complicidad y sabe que aquello no es voluntad de Dios.

Pedro Rodríguez Carrasco
Doctor en Filosofía, Universidad de Chile
Psicólogo, Universidad Católica de Chile

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