Corrupción en Chile: sin la venda en los ojos
Señor Director:
Esta semana The New York Times puso a Chile en temas de corrupción a la altura de los países latinoamericanos en esta materia, relación dolorosa, dirán algunos, triste para otros, realista para los más pesimistas, pero a la luz de los antecedentes, parece que esta realidad estaba más extendida de lo que pensábamos en los diferentes poderes del Estado.
Con el correr de los días, y más allá de las evidencias, todo indica que el cruce de intereses de los diferentes poderes está cimentado sobre la base de los favores, las prebendas, y lo que es peor aún, es que nadie está o parece “responder a la altura de las circunstancias”, para sacar la voz, criticar el proceder, dar alguna solución, o mejor todavía, mostrar la senda a seguir a partir de la consecuencia de sus actos.
Hoy los diferentes actores, niegan y reniegan las acusaciones sobre las las cuales son citados, son poco claros en sus respuestas cuando son requeridos sobre algún tema del que se les acusa y se escudan en las esferas del poder que solían tener para estos casos, más allá de la coherencia que dan los hechos, en este ir y venir de acusaciones, que horrorizan a algunas y vigorizan a otros.
En estos nuevos tiempos de la información, donde la sociedad chilena parece despertar de su letargo inducido por los grupos de poder desde que somos República, la clase política, eclesiástica y económica van quedando al descubierto lentamente, sin poder en esta ocasión dejar a la deriva los acontecimientos de sus procederes. La fuerza de las evidencias se hace presente por todos lados, sin miramientos, pero ahora ya no cuentan con el beneplácito de la ciudadanía.
Queda esperar que, de ahora en adelante, esta lección nos sirva para pedir nuevos protocolos de relación social, mayores exigencias en el proceder público, social y personal por parte de las autoridades. Pero del mismo modo, suponer una actitud igual para los electores y ciudadanos de a pie, ya que la permisividad de nuestros actos de indiferencia y apatía política se transforman sin lugar a dudas en el mayor aval, para que nada de esto cambie, y ellos, los “elegidos y los ungidos”, sigan por el mismo camino y proceder, sin que nada nos haga reaccionar.
Carlos Livacic
Doctor en Sociología
Universidad San Sebastián