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Los valientes del Twitter: ¿somos cobardes los chilenos?

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Por: Hernán Burgos Silva, Ingeniero civil electricista, USACH


 

Señor Director:

Según la RAE, una de las acepciones de valentía es la “acción material o inmaterial esforzada y vigorosa que parece exceder a las fuerzas naturales”. Las otras acepciones también hacen referencia a hechos que pueden ser observados o constatados por otros, o por una comunidad.

En el mundo, los ciudadanos han tenido la posibilidad de informarse de más hechos, de elegir entre un mayor número de fuentes, y de interactuar y organizarse de manera más libre entre ellos. Si bien son procesos que no han terminado aún, y menos han logrado todos sus objetivos, observamos que los “indignados de España”, los manifestantes de la “Primavera Árabe”, o las protestas de cidadãos en Brasil contra la corrupción, han generado instancias de cambio y de reflexión ciudadana y, por ende, del nacimiento y desarrollo de una conciencia de la sociedad en pos de mejores condiciones para todos.

En Chile, diversos fenómenos han acontecido a la sociedad, desde la irrupción del Transantiago en el 2006, hasta los casos Penta-Caval-SQM que actualmente están en la palestra. Ambos ocurren y se desarrollan mientras gobierna Michelle Bachelet, militante del Partido Socialista, y quien sufriera como muchos otros cárcel, tortura y alejamiento del país. Según el Consejo Latinoamericano de Avisadores (LAMAC por sus siglas en inglés), el año 2005 menos del 32% de los hogares tenía TV pagada, mientras que, en el presente 2015, más del 70% de la población tiene TV cable o satelital.

Por otra parte, tenemos que Facebook y Twitter, las redes sociales más utilizadas en este momento, fueron implementadas en español el 2007 y 2009, respectivamente. Además, el mercado de los teléfonos móviles con acceso a datos ha crecido astronómicamente, desde que aparece el primer Iphone en 2008, alcanzando los 1.8 millones de smartphones en 2010, hasta más de 10 millones de unidades vendidas durante el 2014 (fuente: consultora IDC).

Con una penetración de redes sociales y smartphones cercana al 90% de la ciudadanía, a ello se suman los nuevos y endeudados (y muchas veces subempleados) profesionales que eran estudiantes secundarios el 2006. La recurrencia y disponibilidad de la información va generando una suerte de “memoria social”, donde los casos noticiosos más emblemáticos son seleccionados y revividos en el lenguaje y el pensar cotidianos: Transantiago, colusión de farmacias, colusión de pollos, escándalo La Polar, pérdidas de ahorros en cotizantes de AFP versus millonarias ganancias de éstas, etc.

Las redes sociales muestran que hay diferentes movimientos buscando vías para generar cambios estructurales. Desde la marcha convocada por la Confech en contra de la actual crisis de políticos envueltos en financiamiento ilegal, como #QueLosCorruptosNoDecidan, hasta llamados a la desobediencia civil, como no pagar las cuentas en #ChileDejaDePagar, las voces son múltiples y disonantes, pero el mensaje es el mismo: cambios estructurales.

¿Sirve la molestia ciudadana expresada en Twitter, Facebook y otras redes sociales? En lo personal, y en vista de los antecedentes presentados, considero que es un buen punto de inicio, para conocer, reflexionar y debatir. Sin embargo, sólo las acciones pueden dar pie a cambios reales. En las sociedades, sólo las demostraciones de fuerza de un grupo pueden lograr cambiar la conducta de otro grupo dentro de la misma sociedad. Dichas demostraciones no deben ser de violencia, sino simplemente de voluntad de unirse y ser más numerosos que aquellos que persisten en conductas no aceptadas por la inmensa mayoría. El célebre líder Gandhi nos señaló con sabiduría que “la no-violencia es la cima de la valentía”. Pero esa no-violencia es verbo, es acción, es valentía. No es lanzar una queja o una propuesta desafiante al vacío de Internet, para después sentarse y encender el televisor y llenar (¿vaciar?) la mente con la última teleserie o las noticias de prensa roja y amarilla con que suelen inundarnos la mayoría de las estaciones del país.

Las alternativas de acción son variadas. Desde expresarse en las calles o lugares públicos, hasta actuar en forma anónima desde la desobediencia civil. Tomar las riendas del destino propio y el de la familia consiste en reflexionar para luego actuar; consiste en realizar un esfuerzo para hacer algo más allá de lo que habitualmente hacemos; se trata de sentir la adrenalina y la emoción de transgredir los propios miedos. Sea un valiente en acción, no sea un valiente (cobarde) del Twitter.

Hernán Burgos Silva

Ingeniero civil electricista

USACH

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