Respuesta a la columna de la señora Decebal-Cuza
Señor Director:
Le confieso que me debato entre la posibilidad de hacerle algún comentario respecto a la columna «Aborto: potenciales consecuencias mentales en la mujer» o sencillamente ignorarla. No por aquello de que quien calla, otorga, sino por considerar que no merece la pena dialogar con una mujer tan poco solidaria con las otras mujeres, que las considera además como un cero a la izquierda en una discusión que afecta sobremanera a todo su ser cuerpo –es decir, hormonas, órganos internos, piel, vientre, etc., pero también sus emociones, afectos, pensamiento…– así como a su vida presente y futura.
Claro que estas son –según la columnista– cuestiones «mínimas» frente al imperativo categórico de la «vida». Las preguntas que se plantean, muy señora mía, son: ¿qué es la vida?, ¿qué significa estar vivo o viva?, ¿que las células se reproduzcan?, ¿que funcionen los órganos?, ¿poder respirar y absorber alimentos?, ¿que palpite el corazón? Parece que no, que el ser humano no acaba de darse por satisfecho con esa “vida”; que eso no da cuenta total de lo que llamamos vida. Esa de la que siempre vamos detrás y no queremos desaprovechar o que se nos vaya sin haberle dado un sentido. Esa que queremos compartir con otros y continuar con otros.
Deduzco, además, de la opinión que se expone, que no todas las vidas son iguales; que usted considera que hay vidas más importantes que otras y por lo tanto merecen más protección que otras. Entiendo, asimismo, que usted considera que hay alguien capaz de decidir cuál de esas vidas importa más; y desde luego que dicho dilema –¿de “ética máxima”?– no está hecho para que lo resuelvan las mujeres. Y mucho menos para que se lo miré desde la perspectiva o la experiencia vital de las mujeres afectadas.
A nadie se nos ocultan los atropellos y desgracias que en nombre de lo máximo ha sufrido la vida, en todas sus formas, a lo largo de la historia. Dios nos libre de ellos y nos permita vivir en paz, pluralidad y distintas perspectivas, las nimiedades de la vida diaria.
María Isabel Peña Aguado