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El sinsentido de TVN

por 5 febrero, 2016

El sinsentido de TVN
La crisis que hoy consume a Televisión Nacional –en síntesis– tiene dos dimensiones, una interna asociada a todas sus falencias estructurales, profesionales y de sentido, y una externa o contextual, en donde toda la TV abierta ve achicarse su negocio. Su futuro dependerá de cómo enfrente ambos escenarios, si se le entregarán fondos directos del Estado o se mantendrá el autofinanciamiento (que ya se demostró agotado e inviable).
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Creo q es un error poner a alguien tan controversial en TVN como la Sra Carmen Gloria López. Lo q nace mal, termina mal…” (sic).

Axel Callis –sociólogo experto electoral y columnista de El Mostrador– emitió el 11 de junio del 2014 un escueto, premonitorio y certero posteo en Twitter. Menos de 140 caracteres bastaron para resumir lo que se le venía encima a Televisión Nacional cuando su directorio ratificaba a López como la primera mujer en la dirección ejecutiva del canal (en medio de una controversia pública por sus reiterados tuiteos personales anticoncertacionistas, sobre todo contra senadores como Guido Girardi y Camilo Escalona o diputados como Osvaldo Andrade).

Luego de más de un año y medio de lo que será recordado como el peor período de gestión en la historia autónoma de TVN, con la salida de López –una periodista y guionista de reconocida trayectoria– se cierra una nueva etapa de consolidación terminal de la crisis que atraviesa ese medio público y cuya incubación comenzó a mediados de la década pasada. No obstante, esto no la exculpa de dejar la empresa con un deterioro patrimonial severo y que desde julio 2014 a enero 2016 podría ascender a más de 32 mil millones de pesos. Esto, sumado a la reiterada incorporación y salida de ejecutivos que no dieron resultados y una parrilla programática desvinculada de las audiencias masivas, poco competitiva, fracasada y uniforme en general.

A rey muerto…

Las dificultades de la televisora pública son tema recurrente en la agenda medial desde hace años. Incluso en el marco de la llegada de Mauro Valdés a la dirección ejecutiva, en agosto del 2010, ya había notorios signos de desgaste del proyecto.

Recuerdo una ruda controversia que sostuve con él mediante emails privados, luego de publicar una columna titulada “TVN y su crisis conceptual” (junio 2011). Ya se hacía evidente entonces que algo no andaba bien ni en el proyecto programático plasmado en la pantalla, ni en la trastienda de sus imbricados mecanismos corporativos concebidos como un cepo editorial/político que opera bajo la desconfianza recíproca de los miembros del directorio. Un precario equilibrio binominalizado que ya denotaba la pérdida de rumbo y sentido general del proyecto de un canal público cada vez menos relevante en el contexto de la vida cotidiana de los ciudadanos.

Justamente en esta binominalización o cuoteo preferente se plasma un espejismo de falsa independencia y de sanidad de gestión. Esto porque en la práctica, desde hace más de 20 años, TVN ha cristalizado un modelo en donde los directores ejecutivos son nombrados con la venia del gobierno de turno, pero a poco andar en su gestión terminan siendo sostenidos en sus cargos por los miembros del directorio que representan a la oposición política y enfrentando duras críticas desde La Moneda.

Así sucedió al menos en las administraciones más largas, como las de René Cortázar, Pablo Piñera, Daniel Fernández y Mauro Valdés. En tanto, Carmen Gloria López no vivió tan fuertemente este proceso, debido a que no tenía un perfil político muy marcado –simpatizante declarada de Andrés Velasco y Fuerza Pública– y a que Ricardo Solari, actual Presidente del directorio, adquirió un rol más protagónico en la gestión cotidiana y en la conducción política.

Otra dimensión de la crisis estructural y cuasiterminal de TVN es el autoengaño de creer que para todo el espectro político chileno es un valor que el Estado posea o gestione medios de comunicación (y en especial canales de TV). Baste recordar la crítica permanente desde el CEP a la existencia y justificación de mecanismos reguladores en esta industria, como la existencia del Consejo Nacional de Televisión. También el permanente discurso de la Alianza respecto de por qué debía cerrarse el diario La Nación hace algunos años, y la desconfianza permanente respecto al valor de Televisión Nacional como un medio público que intervenga y distorsione el mercado televisivo.

Esto no pasa solo por cambiar a su director ejecutivo, o pedirles a todos los miembros de su directorio que renuncien (como lo hizo el Presidente Lagos en marzo del 2004). Tampoco por la llegada de un líder iluminado y todopoderoso o por volver a acertar con alguna teleserie de turno. Eso no justifica un proyecto de las dimensiones de TVN, si no pasa por sincerar el real aporte que podría hacer a la sociedad chilena un proyecto televisivo que dé cuenta de las inquietudes ciudadanas hoy y cómo se reafirma su valor público en un país que se acostumbró solo a girar sobre lo privado.

Ergo, TVN encierra en su propio seno contradicciones corporativas y mediales severas por superar:

  1. La binominalización permanente y extemporánea de su directorio,

  2. La falta de competencias profesionales específica de quienes son propuestos para integrar este consejo directivo,

  3. La permanente desconfianza de los directores que representan a la derecha en torno al sincero “valor de lo público”,

  4. De igual modo, los directores de centro-izquierda creen que el real sentido de “lo público” lo encarnan ellos, asociados a una anacrónica “concertación culturosa” del Chile de los consensos de la década del 90,

  5. Todo esto mientras la sociedad reescribe y resignifica a diario lo que podría entenderse como “lo público”, asociado a una percepción de abuso, desamparo y desconfianza creciente hacia los poderes político, económico y religioso (que comienza a expresar en la calle y en las redes sociales su malestar ).

  6. El autoengaño de la independencia de TVN, cuando en esencia por ser un medio Estatal es indefectiblemente político y cuando además sus máximas autoridades del directorio y la dirección ejecutiva son escogidas bajo criterios políticos discrecionales y no necesariamente por mérito.

  7. El eterno problema identitario de autodesignarse el Canal de Chile y por otro lado no saber consensuar quién es su dueño y cómo se encarna o cumple este mandato.

  8. La falta de visión para advertir que la TV abierta cada vez es menos relevante y con audiencias más bajas, y que el nuevo proyecto de canal público debe ser concebido como un multimedio completamente convergente (en emisión y vías de recpeción).

La crisis que hoy consume a Televisión Nacional –en síntesis– tiene dos dimensiones, una interna asociada a todas sus falencias estructurales, profesionales y de sentido, y una externa o contextual, en donde toda la TV abierta ve achicarse su negocio. Su futuro dependerá de cómo enfrente ambos escenarios, si se le entregarán fondos directos del Estado o se mantendrá el autofinanciamiento (que ya se demostró agotado e inviable).

Esto no pasa solo por cambiar a su director ejecutivo, o pedirles a todos los miembros de su directorio que renuncien (como lo hizo el Presidente Lagos en marzo del 2004). Tampoco por la llegada de un líder iluminado y todopoderoso o por volver a acertar con alguna teleserie de turno. Eso no justifica un proyecto de las dimensiones de TVN, si no pasa por sincerar el real aporte que podría hacer a la sociedad chilena un proyecto televisivo que dé cuenta de las inquietudes ciudadanas hoy y cómo se reafirma su valor público en un país que se acostumbró solo a girar sobre lo privado.

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