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El crecimiento chileno atrapado en la tenaza China-Estados Unidos Opinión

El crecimiento chileno atrapado en la tenaza China-Estados Unidos

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François Meunier
Por : François Meunier Economista, Profesor de finanzas (ENSAE – Paris)
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Los productos industriales y digitales experimentan innovaciones constantes y, con ellas, fuertes crecimientos de productividad, mientras que las ganancias son por naturaleza menores en la agricultura y la minería.


Una mirada lúcida sobre el potencial de crecimiento de la economía chilena exige analizar bien las tendencias estructurales de la división internacional del trabajo. En particular, situar el papel que China y Estados Unidos juegan —y jugarán de manera creciente— sobre los flujos comerciales a escala mundial. Se comprueba así que el margen de maniobra para Chile es hoy bastante estrecho.

China, primero. Es ya corriente analizar la presión que el formidable crecimiento de ese país en el ámbito manufacturero ejerce sobre EE.UU. y Europa. A eso se lo llama el China Shock. Un notable estudio del Peterson Institute for International Economics (China’s mercantilist squeeze on developing countries) da un paso más: muestra que ese empuje exportador —ese mercantilismo, como se llama a tal política— perjudica aún más a numerosos países de ingreso medio.

El desarrollo económico suele representarse como una escalera que hay que subir: se empieza por el sector primario (agricultura y materias primas), se pasa luego a la industria y, por último, a los servicios de alto valor agregado, eventualmente transables en el mercado internacional. Pero la enorme ventaja que China ha acumulado en el sector manufacturero está suprimiendo el segundo peldaño de esa escalera para multitud de países. Tanto el mercado interno, como el mercado chino y como los mercados terceros, comienzan a cerrárseles.

La delantera china es tal que no puede borrarse con menores costos laborales ni con una fiscalidad más ventajosa. Una especie de techo de cristal se construye sobre sus cabezas, como se aprecia en Turquía, Brasil o Argentina, estos dos últimos fuertes en productos agrícolas, pero con un importante sector manufacturero que va a ser difícil preservar.

La posición de Chile es particular, pues sus fortalezas radican en el ámbito agrícola y, sobre todo, minero, precisamente los dos (únicos) sectores donde la balanza comercial china es deficitaria. Y Chile hace ya tiempo que renunció a su sector manufacturero mediante una política de apertura comercial extrema y, por lo tanto, padece menos de la entrada de productos chinos. Se establece, pues, una sinergia natural de co-desarrollo entre ambos países, que justifica a posteriori la costosa decisión de apertura. Es un punto estratégico mayor.

Pero, esta ventaja hace muy difícil que Chile pueda hoy esperar avances significativos en el terreno industrial. Hace falta una revolución en el ámbito de las energías limpias para entreabrir un poco esa puerta a productos costosos en energía. Es una apuesta importante, pero claramente una carta por jugar para cualquier política industrial en nuestro país.

El otro brazo de la tenaza viene de EE.UU. Su sector tecnológico está en plena explosión. En un artículo notable, Ricardo Hausmann y Andrés Velasco ilustran la dominación que ese país está consolidando en el campo de las tecnologías digitales. Esto probablemente trastornará todo el sector de los servicios de alto valor agregado y convertirá a EE.UU. en un exportador mayor en ese ámbito. Es un desafío, por ejemplo, para Europa —que también conoce el China Shock— como señalaba en estas mismas páginas.

Pero es también una presión sobre el crecimiento chileno, que difícilmente podrá saltarse el peldaño ausente —la industria— para llegar a los servicios, al menos a los servicios transables en el plano internacional. Chile se beneficiará sin duda de las ganancias de productividad que traerá la IA, pero ese potencial sigue siendo débil en sus sectores de predilección: materias primas agrícolas y mineras.

Una brecha creciente en la productividad

Aquí está el punto importante: los productos industriales y digitales experimentan innovaciones constantes y, con ellas, fuertes crecimientos de productividad, mientras que las ganancias son por naturaleza menores en la agricultura y la minería.

Dicho de otro modo, se abrirá una brecha creciente entre el ritmo de productividad de los productos que Chile es capaz de producir y los que se ve obligado a importar.

¡Atención! Eso no es, con toda certeza, una maldición para Chile, porque las ganancias de productividad implican una tendencia estructural a la baja de precios en los productos manufacturados y de la tech y, al revés, un alza relativa de los precios de los productos mineros y agrícolas.

Por lo tanto, el poder adquisitivo de los chilenos por los productos donde dominan chinos y estadounidenses irá creciendo y compensará parcialmente el rezago que van acumulando en términos de productividad e innovación (nota interna entre economistas: a este mecanismo descubierto en los años 1960 son relacionados nombres como Baumol, Balassa, Samuelson o, posteriormente, Krugman.)

Es un límite, no una fatalidad. Aún quedan ganancias técnicas por obtener en los sectores agrícola y minero, lo que supone ayudas específicas a la inversión (más focalizadas que una rebaja transversal del impuesto corporativo).

Sofisticación técnica significan también personal calificado y salarios remuneradores. Sería una lástima que eso quedara reservado a EE.UU. y China. Dos otros temas parecen destacarse para una política pro-crecimiento: invertir masivamente en el sistema educativo hoy atrasado para, a largo plazo, atraer a suelo chileno filiales de grandes grupos digitales y, por qué no, empresas locales de este sector; así como apostar activamente por la energía verde para dar una oportunidad a cierto repunte industrial, algo que bien merecería una parte de los US$ 4.000 millones que cuesta fiscalmente el proyecto de “megareforma”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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