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La rebelión de los chilotes

por 11 mayo, 2016

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Esta historia debiera comenzar en los días anteriores a las procesiones de Semana Santa, cuando desde el sur llegó una marea roja engordando cholgas, choros y almejas con toxinas que amenazaron a los católicos chilotes con el sacrilegio de tener que comer carne en los días que su religión se los prohíbe. Esos días comenzó a ser más grande la pobreza de los buzos mariscadores, los recolectores de orilla y los vendedores de mariscos en las ferias. Cerraron los centros de cultivo de mitilidos y se comenzó a despedir a sus trabajadores. Pasaron los días y comenzó un inusual florecimiento de algas que provocó la muerte de cerca de 23 millones de salmones y una perdida cercana a los 800 millones de dólares para la industria salmonera, según publicó el diario inglés The Guardian, señalando como fuente a Sernapesca y a ejecutivos de esa industria.

Temperaturas oceánicas inusualmente altas debido al fenómeno climático de El Niño causaron la proliferación de algas afectando a más de 37 salmoneras en Chiloé. “Los peces muertos podían fácilmente llenar 14 piscinas olímpicas”, dijo José Miguel Burgos, jefe de Sernapesca. Las dimensiones mínimas de una piscina olímpica son de 50 metros de largo por 25 de ancho con una profundidad mínima de 2 metros.

“Para paliar las pérdidas por los peces muertos en los centros acuícolas se destinan a la fabricación de harina de pescado pero los salmones muertos por el florecimiento de algas no pudieron ser destinados al consumo humano ni para la fabricación de harina para consumo de animales o para la alimentación de peces”, agregaron ejecutivos salmoneros, según The Guardian.

Pasaron los días y llegó un desacostumbrado mes de abril. En esos días sin lluvias miles de machas y otros moluscos vararon en las costas de la isla grande del lado del Océano Pacifico. Los recolectores de algas no pueden recoger luche ni cochayuyo contaminados por toxinas mortales. En la costa interior y en las playas de las islas del archipiélago se produce la varazón de merluzas, sardinas, y almejas. En el sur, en las playas del Golfo de Corcovado, se encuentran varadas y muertas algunas ballenas y cahueles (delfines); y también las playas se contaminan de cadáveres de lobos marinos, junto a las gaviotas y otras aves que se alimentaban de los cadáveres. Es producto de la marea roja, dicen las autoridades.

Pero surge la duda de las causas de estas muertes y la contaminación del mar de Chiloé. “La muerte de los millones de salmones también son causados por una bacteria virulenta y contagiosa, más mortal que el virus ISA, y el florecimiento de algas que causó la muerte de millones de salmones es provocado por la defecación de los salmones, la acumulación de residuos, sobras de alimento que se acumulan en el fondo marino y en los alrededores de los centros acuícolas; y a la sobreutilización de antibióticos para tratar una enfermedad que se ha vuelto endémica en el salmón producido en Chile”, afirmaba The Guardian, el 4 de mayo, cuando en Chiloé los pescadores comienzan a bloquear las carreteras y caminos que llevan a las principales ciudades de la isla.

El gobierno se apoya en las opiniones de algunos científicos que afirman que todo es consecuencia del fenómeno más grande de marea roja que ha afectado a Chiloé en toda su historia; y ofrece un bono de cien mil pesos (151 dólares) para seis mil familias durante seis meses. Oferta que es rechazada por ser insuficiente para vivir dignamente. No permite financiar los gastos básicos de una familia en una isla que tiene las tarifas más caras de electricidad, una carga de gas vale casi veinte mil pesos; y dos días después con una aritmética para tontos el ministro de Economía ofrece un bono de 300 mil pesos y 150 mil pesos durante cuatro meses.

Los pescadores artesanales, buzos mariscadores, recolectores de algas y mariscadores de orilla, los feriantes que viven de la venta de productos del mar consideraron una burla tal ofrecimiento, y aumentaron las protestas.

“Ni de rodillas, ni rogando. Aguante Chiloé”, “Solo los cobardes abandonan la lucha”, dicen los carteles que expresan la rabia contenida en las barricadas donde durante toda la noche arden las fogatas. Los chilotes no se quejan por la falta de combustible, la escasez de carne y harina. No les importa tener que viajar a pie o a caballo por la isla. Aun cuando se levantan voces disidentes, la mayoría afirma: “Seríamos cobardes si no luchamos hasta el final, cualquiera que este sea”.

Hoy Chiloé está aislado del continente. Las autoridades políticas se han vuelto ineficientes. Crece el desabastecimiento y la rebelión aumenta. Las ciudades tienen sus casas con banderas negras. No circulan automóviles. Los parlamentarios no se aparecen por las barricadas; y lo que fue una protesta de pescadores se ha convertido en un movimiento social. Gente que cada día, no importa la lluvia ni el frío en Chonchi, en Quellón, en Dalcahue, en Ancud, en Castro, marcha por las calles. El gobierno responde enviando aviones con fuerzas antidisturbios que permanecen acuarteladas en el aeropuerto de Mocopulli, y en los aeródromos de Castro y Ancud, esperando la orden para iniciar la represión.

Chiloé aguanta encerrado en su rabia. La lluvia de un invierno que comienza y no apaga las fogatas de las barricadas donde los chilotes amanecen custodiando los caminos. Crece la indignación cuando se sabe que los millones de salmones muertos por la floración de algas fueron sepultados en el mar, a la entrada norte del canal de Chacao, y otros tantos millones en la boca del Guafo. El gobierno mantiene un silencio cómplice con la industria salmonera sobre estos vertimientos. Las organizaciones sociales que ahora dirigen la rebeldía de Chiloé han exigido una copia del “track” de navegación, o sea, la ruta que recorrieron los buques que realizaron la descarga de millones de salmones muertos en el mar de Chiloé. La Armada de Chile enmudece cuando se le solicita se dé a conocer el zarpe y recalada de esos barcos, y copia del informe de los observadores de Sernapesca encargados de vigilar esos procedimientos.

El gobierno declaró a Chiloé zona de catástrofe, y después afirma no tener recursos para detener una crisis social que día a día aumenta. Se sospecha que esa declaración simplemente fue para favorecer el despido de obreros de una industria salmonera que debe enfrentar pérdidas millonarias. Pero nadie se hace responsable de la catástrofe ambiental que por años causará la escasez de mariscos y pescados, y afectará al turismo.

“Ni de rodillas, ni rogando. Aguante Chiloé”, “Solo los cobardes abandonan la lucha”, dicen los carteles que expresan la rabia contenida en las barricadas donde durante toda la noche arden las fogatas. Los chilotes no se quejan por la falta de combustible, la escasez de carne y harina. No les importa tener que viajar a pie o a caballo por la isla. Aun cuando se levantan voces disidentes, la mayoría afirma: “Seríamos cobardes si no luchamos hasta el final, cualquiera que este sea”.

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