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La acosadora callejera

por 4 agosto, 2016

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El pasado día domingo me propuse un experimento: realizar acoso callejero a los hombres que encontrara por mi camino. Esto lo hice pensando en todas las veces que me han gritado, susurrado al oído, mirado lascivamente, pero, por sobre todo, quería saber qué se sentía piropear, mirar con descaro, como si mis ojos traspasaran la ropa de la persona, y es que mi género femenino no me permite hacer estas cosas. Si encuentro a alguien guapo en la calle, tiendo a bajar la vista. No me está permitido traspasar el metro cuadrado del hombre, pero el hombre sí tiene permitido traspasar mi metro cuadrado. Lo hace con su mirada, con sus manos, con sus palabras, sus besos en el oído al pasar. En fin, ¿qué se sentirá caminar por las calles como si yo fuera su dueña, piropeando a quien yo quiera, mirando con descaro a quien yo quiera?

Debo reconocer que me costó muchísimo hacer mi experimento. Me trajo más vergüenza que nada. Sin embargo, me di cuenta de que los hombres son valientes para piropear, pero a la hora de ser víctimas de acoso callejero, se avergüenzan por completo, se turban, miran para otro lado, etc. Creo que son bien gallitos como acosadores, pero como acosados, se cortan enteros, ¿y qué me ocurrió a mí como acosadora? La verdad es que me sentí pésimo.

Sabía que estaba transgrediendo el espacio de un ser humano, que lo estaba incomodando, que estaba traspasando una puerta que nadie me había abierto ni invitado a pasar. Me sentí mal cuando noté que mis víctimas se complicaban, se avergonzaban. ¿Será que así se sienten los hombres cuando acosan o estarán tan acostumbrados que ni siquiera se detienen a pensar en lo que sucede con ese otro ser humano al ser acosado?

Me sentí asquerosa, monstruosa, porque estaba consciente de que estaba traspasando los derechos humanos de una persona. No eran cosas, no eran objetos… eran personas, que tenían el derecho de tener su espacio íntimo propio sin que nadie lo traspasara y yo lo estaba traspasando. Era una violación silenciosa que se daba en el aire de las calles santiaguinas.

Comencé el domingo en la tarde, en un paradero de micros. Cuando llegaba un hombre de mi edad, lo miraba de arriba abajo, deteniéndome en sus genitales, así como a mí me han mirado siempre, pasando mis límites que recubren mi cuerpo y mirando mis senos, mi trasero, mi vagina y haciéndome sentir desnuda, violada. A los hombres que pasaban por el paradero en bicicleta, les lanzaba besos lo más cerca que podía o les susurraba piropos. Algunos tambaleaban en su bicicleta, otros se notaban realmente incómodos, pero la más incómoda era yo. No me gustaba traspasar los límites de unos extraños que estaban usando la calle con el mismo derecho que yo. Me sentí pésimo. Una abusadora sexual que traspasaba los límites corporales con la mirada, con los besos, con las palabras.

Se supone que iba a hacer mi experimento en diferentes lugares, pero solo estuve un poco en el paradero de buses y me fui a mi casa, pensando en ojalá poder volver a encontrarme con esos hombres para pedirles perdón. No soporté seguir acosando sexualmente.

Los genitales, los senos, el trasero son íntimos y no pueden ni deben traspasarse con la mirada, pues es como estar desnudando sin permiso, violando, y la víctima se siente así, violada. Existe un metro cuadrado, realmente, que rodea a cada persona, el cual no debe ser traspasado bajo ninguna circunstancia, menos para acercarse a la oreja de una desconocida a susurrar cochinadas, a dar un beso cuneteado o a silbar. Es asqueroso y eso es lo que siente la víctima: que traspasaron su espacio, que siente asco.

Mientras caminaba a mi casa, pensaba en el rol de género masculino, ese que dice que los hombres son hombres y por eso miran, tocan palabrean. ¿Por qué no se sienten tan mal como me sentí yo acosando?, ¿es que acaso no tienen incorporado el que cada persona tiene un metro cuadrado que es suyo, al cual no podemos acceder, a menos que se nos invite?, ¿acaso no se dan cuenta que mirando los genitales, senos y trasero están desnudando a un ser humano con la vista? Yo me sentí como una violadora, ¿se sentirán así los hombres cada día? Y eso que ni siquiera toqueteé a nadie. Creo que eso sí que debe sentirse pésimo. Creo que correría tras la víctima a pedirle disculpas por haberla transgredido.

Después de mi experiencia, pienso que se debería educar a los hombres desde niños en la empatía, creo que esa es la clave del asunto o el acoso callejero no parará: ¿cómo se sentirá esa persona, a la que estás acosando?, ¿cómo te sentirías tú si fueras mujer y la víctima?

Los genitales, los senos, el trasero son íntimos y no pueden ni deben traspasarse con la mirada, pues es como estar desnudando sin permiso, violando, y la víctima se siente así, violada. Existe un metro cuadrado, realmente, que rodea a cada persona, el cual no debe ser traspasado bajo ninguna circunstancia, menos para acercarse a la oreja de una desconocida a susurrar cochinadas, a dar un beso cuneteado o a silbar. Es asqueroso y eso es lo que siente la víctima: que traspasaron su espacio, que siente asco.

Después de mi experimento, soy una mayor defensora de que el acoso callejero debe cesar ya y debe ser sancionado. Soy una convencida de que se debe enseñar desde la escuela a los niños la empatía, la sexualidad respetuosa que no solo se da en la cama, también en nuestras calles. Solo será, a través de ponernos en el lugar del otro, que el acoso callejero y otros abusos cesarán.

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