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La ciudad amurallada

por 4 mayo, 2017

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Entre mis recuerdos más entrañables están los que evocan vacaciones en Quintero. Ocurrió durante los primeros años de la década del cincuenta cuando comenzaba a cursar humanidades, lo que hoy se llama educación media. Muchas veces tomamos el tren en la Estación Mapocho y viajamos hasta la Estación San Pedro para tomar el ramal a Quintero que era punto de llegada final.

Nuestra rutina veraniega tenía un curso regular. Después del desayuno se bajaba al pueblo para ir de compras con los grandes, a pie porque no eran corrientes los autos, y los que había tenían un uso limitado por falta de urbanización. Se iba luego a la playa El Durazno, y de ahi a veces caminábamos por el borde costero hasta llegar a la emboscada playa de los Enamorados. Avanzábamos a la punta de la península para explorar la Cueva del Pirata. Se sabía a ciencia cierta que ése era el lugar en que Sir Francis Drake ocultó su tesoro, y era entretenido tratar de figurarse donde podría estar el entierro.

Caminábamos también hacia el faro en lo alto de la península. Para ir se pasaba por dos casas de estilo selva negra, rodeadas de altas macrocarpas, cuyo aspecto daba credibilidad a una leyenda lugareña. Durante la guerra esas casas habían sido habitadas por familias de espías alemanes que se comunicaban con el Tercer Reich para dar cuenta del paso de naves a Valparaíso. Esto daba lugar a interminables y entretenidas aventuras en las que nos aproximábamos subrepticiamente a esas casas para encontrar pruebas de actividad encubierta. Buscábamos antenas, cables, rostros alemanes delatores, señales luminosas en las noches, cualquier cosa. La guerra no había terminado en nuestra imaginación.

 Quintero era un campo abierto, un gran parque público sin obstáculos para el caminante. Ahora se ven solo muros, murallas, panderetas, rejas, portones, una amplia invitación para deplorables grafiteros.

Visité Quintero el verano de 1966 y me alojé en la que resultó ser una de las casas que nos sirvió para urdir nuestra novela de misterio. La casa pertenecía a parientes quienes echaron por tierra nuestras elucubraciones. Hoy me asomé a Google para ubicarla. Vi todo loteado, pavimentado, urbanizado y, por lo que se puede ver, de mala y pobre construcción. No existen ya los bosques de pinos. En 1953, la urbanización era casi inexistente. Quintero era un campo abierto, un gran parque público sin obstáculos para el caminante. Ahora se ven solo muros, murallas, panderetas, rejas, portones, una amplia invitación para deplorables grafiteros.

Pensándolo mejor no es la pobreza física de este ex-balneario y ahora barrio industrial lo que lo afea. Es más bien su cultura de la separación amurallada, del individualismo parapetado y medroso. Vivimos hace ya casi cincuenta años en Canadá. No cabe duda que se trata de una sociedad individualista. Pero se me ocurre un individualismo más sano.

Las casas aquí no tienen rejas o muros que las circunden. Las rodea un muro invisible que existe en el interior de cada persona. Las casas exhiben sus jardines y ello contribuye a embellecer los barrios e invita a caminarlos.

La falta de muros podría ser también una invitación a perros vagos y sus residuos. Pero en Ontario, la provincia donde vivimos, la ley es clara. Por medio de una licencia municipal los perros quedan directamente atados a sus amos. Todo perro es perro licenciado, registrado, sanitizado y documentado; no existen perros fuera de la ley. Nunca he visto un perro vago. Nunca. Mi mujer vio uno una vez desde la terraza de atrás. Flaco y esmirriado. ¿De qué color? Amarillo. Era un coyote, por supuesto. Hay enorme variedad de animales silvestres en las ciudades: ardillas, topos, chipmunks, mapaches, zorrillos, gansos y patos silvestres, y tambíén ciervos, halcones y algunos coyotes, y todos ellos rigurosamente protegidos.

¿Qué sucedería si municipios, como el de Quintero, acordaran la eliminación de muros y panderetas del frente de las casas? Tendría que ser una decisión obligatoria para todos, de modo que su gravamen fuera más fácil de sobrellevar. En la costa central podrían reemplazarse por muros vivos de pitosporos, macrocarpas o docas, recalcitrantes al grafitti, que es síntoma de fragmentación y anomía más que de individualismo ¿Despertaría en los vecinos un individualismo más sano? Si pensamos en la conocida tesis de Kohlberg, según la cual la moralidad es una disposición social que no es innata sino que se aprende, y si pensamos también que la cultura ambiental es la educación ética más efectiva y profunda, la posibilidad de educar a la ciudadanía a través de un individualismo socializado podría hacerse realidad. Los vecinos se verían en la necesidad de controlar públicamente la tenencia de perros. El mantenimiento de aseo no se limitaría al espacio privado pues los vecinos se sentirían responsables de limpiar sus veredas y cuidar los frontis de sus casas. Podrían también evitarse robos. Una vez que el ladrón logra sobrepasar el muro de una casa, aún aquellos que están electrificados (algo que he visto solo en Chile), ese mismo muro lo protege de la mirada del vecindario. Hay que pensar que la mejor policía es, como indica su raíz, la polis en forma de vecindarios abiertos, públicos y participativos.

La Constitución le reconoce a la propiedad una función social. Esto tiene una inmediata y obvia proyección jurídica tal como se despliega en leyes civiles y penales. Lo que no es tan obvio es su proyección moral. La mejor protección de la propiedad no hay que buscarla in foro externo, tal como es regulado por la legalidad, sino in foro interno, en un individualismo social. Los economistas que se educaron en Chicago importaron fórmulas econométricas y jurídicas externas. El Estado policial les parecía suficiente protección de la propiedad. Les faltó considerar el contexto social y moral que permite que se haya consolidado el capitalismo en las economías más avanzadas. Un mínimum de filosofía enseña que una comunidad bien constituida es condición de posibilidad de un mercado más libre.

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