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Macron versus Le Pen o la lenta agonía de los partidos políticos

por 6 mayo, 2017

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El paso de Emmanuel Macron y Marine Le Pen a la segunda vuelta de las presidenciales francesas debe ser leída como una etapa más dentro de un proceso de lenta agonía de los partidos políticos tradicionales que dieron forma a las democracias representativas de occidente durante el siglo XX. En los próximos años seremos testigos de los intentos denodados de los grandes partidos de derecha e izquierda por sobrevivir al hundimiento de un sistema gangrenado por dentro hace ya mucho rato.

Los indicios que advertían de un escenario como este venían acumulándose desde hace años, para ser más precisos desde la victoria de Silvio Berlusconi en las elecciones italianas de 1994 y el triunfo de Tony Blair en las elecciones de 1997. Berlusconi, un empresario del fútbol y de los medios de comunicación sin experiencia política, terminó de ponerle la lápida a un sistema construido sobre la base de partidos fuertes como el demócrata cristiano y el comunista, que habían logrado sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial pero no a los escándalos de corrupción. Berlusconi rompió el molde histórico de los primeros ministros de Italia demostrando que un advenedizo en política era perfectamente capaz de controlar los destinos de una potencia europea. Pese al evidente conflicto de interés que representaba ser a la vez el jefe de gobierno y la mayor fortuna del país, Berlusconi gozó durante mucho tiempo de una alta popularidad. Su promesa de replicar en el gobierno su exitosa gestión en el mundo de los negocios le permitió dominar sin contrapesos la política italiana por 17 años.

El caso de Tony Blair es distinto pues con él la transformación del orden político se produjo desde dentro. El joven líder del laborismo inglés llevaba catorce años ejerciendo en política cuando decidió refundar la vieja izquierda británica y vaciarla de su contenido socialista alejándola de los sindicatos. El objetivo: atraer al votante joven, profesional, de la clase media, proclive a la derecha, y poner fin a la hegemonía de los Tories en el gobierno. Blair fue más allá: le cambió el nombre al partido, rebautizándolo como New Labour, y lo dotó de una teoría política que proponía un camino alternativo al de la derecha y la izquierda clásicas: una “tercera vía”, un centro político reformista y capitalista capaz de borrar las fronteras ideológicas entre ambos bloques. La estrategia dio resultado. Blair no sólo ganó las elecciones el 97 sino que le arrebató la hegemonía a los Tories, permaneciendo en el poder por diez años y entregándole el poder por otros tres a su ministro Gordon Brown.

 Así, el líder político de hoy utiliza un discurso en extremo simple, binario y emocional (malos versus buenos, reformismo radical versus conservadurismo extremo), como en los casos de Trump, de Marine Le Pen y de los promotores del Bréxit. El líder político actual apela más a su historia de vida personal que a un pasado histórico. Un ejemplo es Macron, un joven exbanquero que prueba suerte en el terreno político asociándose con la socialdemocracia y fundando su propio partido; una especie de self-made men de la política francesa.

En 1999, en Chile, el desmoronamiento del antiguo régimen no se inició (vaya paradoja) con los padres de la transición sino de la mano de un exfuncionario de la dictadura: Joaquín Lavín Infante. Lavín fue el primer político chileno que intentó seriamente romper el tradicional clivaje derecha-izquierda anteponiendo la resolución de “los verdaderos problemas de la gente” a los conflictos políticos. El 2006 (otra paradoja) la candidata socialista Michelle Bachelet replicó con éxito el discurso lavinista privilegiando los “problemas ciudadanos” por sobre las preocupaciones de los partidos. Más recientemente, los triunfos de Trump y de los promotores del Bréxit junto con el paso de Macron y de Le Pen al ballotage francés no hicieron más que confirmar la tendencia. ¿Qué los une? La resolución de los problemas cotidianos de la ciudadanía a través de medidas pragmáticas aplicadas “aquí y ahora” tanto desde fuera del sistema (Trump, Macron y Le Pen se reivindican como outsiders políticos) como desde dentro (el Bréxit es promovido por el mismísimo partido conservador inglés).

Esta seguidilla de eventos da cuenta de tres fenómenos. Primero, una descomposición progresiva de los grandes partidos y su reemplazo por micro-partidos o “movimientos”, como se les llama ahora para no contaminarlos de la narrativa tradicional, que giran en torno a una personalidad neo-caudillista que, por lo general, reniega de su pertenencia a un nicho ideológico, sea de izquierda o de derecha. Estas personalidades neo-caudillistas se caracterizan por tener un feble manejo político —esto es, una capacidad limitada de negociación con distintas fuerzas políticas y un control muy acotado sobre sus propios correligionarios—, lo que puede redundar en una ineficiencia de su gestión a la cabeza de un gobierno.

Segundo, y como consecuencia de los anterior, la emergencia de un discurso político superficial, emocional e individualista. El discurso político de la segunda parte del siglo XX apelaba más bien a la construcción histórica de la nación. La imagen de grandes personalidades como De Gaulle, Churchill, Kennedy, Adenauer o Allende estaba anclada a una narrativa histórica (la heroicidad en la Segunda Guerra Mundial, la cimentación de una súper potencia como Estados Unidos, la reconstrucción alemana de postguerra, la conquista progresiva de los derechos sociales en América Latina) sobre la cual se edificaba un proyecto comunitario de largo plazo que sobrepasaba a sus líderes (la construcción de una comunidad político-económica europea en el caso de Francia y Alemania, de “un mundo libre” en el caso americano, de un Estado benefactor a la chilena en el caso de la Unidad Popular).

En un mundo inmediatista e híper-pragmático como el que habitamos hoy, influenciado por tecnologías de la información y la comunicación en constante modernización, el antiguo modelo se ve obligado a mutar para sobrevivir. Así, el líder político de hoy utiliza un discurso en extremo simple, binario y emocional (malos versus buenos, reformismo radical versus conservadurismo extremo), como en los casos de Trump, de Marine Le Pen y de los promotores del Bréxit. El líder político actual apela más a su historia de vida personal que a un pasado histórico. Un ejemplo es Macron, un joven exbanquero que prueba suerte en el terreno político asociándose con la socialdemocracia y fundando su propio partido; una especie de self-made men de la política francesa. De esta forma, el proyecto de largo aliento de antaño da paso a una promesa desideologizada, cortoplacista e individualista. El líder sigue hablando del “pueblo”, pero ya no desde la comunidad sino desde el individuo en tanto “consumidor de derechos sociales”.

Por último, un tercer fenómeno que caracteriza al nuevo modelo, y que se desprende de los dos fenómenos anteriormente descritos, es la transformación de la política en una mera empresa de gestión de los intereses de distintos grupos de presión. La política sigue siendo un reducto de lucha por el poder pero donde el objetivo ya no es la búsqueda del bien común como ideal intangible sino más bien la satisfacción de necesidades cortoplacistas de uno o más grupos de presión. En este escenario, el partido político pierde su función de origen —ser el puente entre los grupos de presión y el Estado— deviniendo él mismo un grupo de presión. El micro-partido o “movimiento” tiene una vida acotada, circunscrita al devenir de su fundador, y su creación obedece a fines específicos y pragmáticos como, por ejemplo, levantar un candidato a la presidencia o varios candidatos al parlamento, o bien buscar una diferenciación respecto de otras formaciones.

Los ejemplos abundan en el caso chileno, el más antiguo data de 1989 cuando Francisco Javier Errázuriz creó la UCC, Unión de Centro-Centro (la redundancia deja más que claro hacia qué electorado apuntaba), con el único objetivo de competir en las presidenciales de ese año diferenciándose de la derecha y de la centro-izquierda. La UCC desapareció diez años después cuando dejó de tener presencia en el parlamento. Alejandro Navarro creó el MAS con el fin de postularse como candidato a las presidenciales de 2010, Marco Enríquez-Ominami hizo lo propio creando el PRO en 2009 al igual que Andrés Velasco quien fundó el movimiento Fuerza Pública como una plataforma para las presidenciales de 2013. Fracasado dicho intento, tras su derrota en la primaria de la Nueva Mayoría, creó en 2015 el partido Ciudadanos persiguiendo el mismo objetivo. Puede que los únicos que escapen a esta regla sean Revolución Democrática y la Izquierda Autónoma, dos micro-partidos que reniegan del viejo orden pero que paradojalmente tienen ambiciones y objetivos propios de los antiguos mega-partidos.

Para concluir, una anécdota que grafica la velocidad vertiginosa que caracteriza a este proceso de cambios y su aparente invisibilidad. Tras la victoria de Trump el año pasado un amigo me dijo medio apesadumbrado: se nos viene una crisis de las grandes. ¿Se nos viene?, le pregunté con sorna. Ya estamos en plena crisis, se produce en este mismo momento en que hablamos. El antiguo orden ha caído.

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