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De Max Neef a Beatriz Sánchez: La progresiva irrupción de las "candidaturas testimoniales" de izquierda

por 24 mayo, 2017

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Las candidaturas testimoniales de izquierda —esto es, aquellas que históricamente han competido contra las dos grandes coaliciones: la antigua Concertación devenida en Nueva Mayoría y la Unión por el progreso, antecedente directo de Chile Vamos— hicieron su debut en la campaña presidencial del año 1993, una vez alcanzado el objetivo de la centroizquierda de poner fin a la dictadura y dar inicio a la transición pactada. En efecto, tras el primer gobierno del retorno a la democracia el escenario electoral se abrió por primera vez al surgimiento de tres candidatos outsiders de izquierda: el ecologista Manfred Max Neef por la Nueva Izquierda, Cristián Reitze por el Partido Humanista y el sacerdote Eugenio Pizarro por el Partido Comunista. Estos tres candidatos obtuvieron en conjunto 11,3% de los votos, equivalente a 796.179 electores, siendo la candidatura de Max Neef la de mayor votación (5,5%).

En 1999, las tres candidaturas testimoniales de izquierda —la de la ecologista Sara Larraín, la de la presidenta del PC Gladys Marín y la del líder del Partido Humanista Tomás Hirsch— disminuyeron considerablemente su porcentaje de votos totalizando en conjunto un 4%, equivalente a 292.778 electores. En la campaña siguiente, en 2005, la única candidatura outsider existente, la de Hirsch en representación del pacto Juntos Podemos, consiguió escalar un punto y medio respecto de la anterior, llegando al 5,4% (375.048 electores), mientras que en 2009 el conjunto de candidaturas testimoniales de izquierda se disparó al 26,3% (1.838.319 electores) por efecto del ingreso de Marco Enríquez-Ominami a la arena electoral. El líder del PRO obtuvo por sí solo el 20,1% de los votos gracias al apoyo de los comunistas y de la izquierda anti-Frei, dejando al pacto Juntos Podemos con un 6,2%. En 2013 las tres candidaturas outsiders de izquierda —Marcel Claude, Enríquez-Ominami, Alfredo Sfeir y Roxana Miranda— obtuvieron en conjunto 17,3% de los votos, lo que equivale a 1.145.135 electores.

Como sea, las candidaturas testimoniales pertenecientes a la izquierda extra-Concertación/Nueva Mayoría, tal como las conocimos entre 1993 y 2009, ya son cosa del pasado y se trasformarán, a partir de la próxima elección presidencial, en una alternativa realmente competitiva.

¿Qué conclusiones se pueden extraer de estas cifras? Primero, que en aquellas elecciones “cerradas” de 1999 (Lagos vs Lavín) y de 2005 (Bachelet vs Piñera) —donde el sistema electoral binominal reproduce artificialmente el clivaje dictadura/ democracia— la votación favorable a las candidaturas testimoniales disminuyó ostensiblemente (4% y 5,4% respectivamente). El alto grado de nitidez ideológica de los candidatos en competencia de una y otra coalición —esto es, el grado de identificación de cada candidato con los valores tanto de izquierda como de derecha— contribuyó a polarizar las preferencias de los electores quitándoles protagonismo a los candidatos testimoniales. A la inversa, en las dos elecciones donde Frei Ruiz-Tagle fue el candidato de la centroizquierda el apoyo a los candidatos testimoniales se disparó, sobrepasando en 2009 el 25% de los votos. Es posible que en 1993 la sensación generalizada respecto a un triunfo seguro de Frei (sensación inexistente en 1989 respecto de Aylwin) y la percepción del electorado en cuanto a que la transición ya se había asentado como un proceso irrefrenable hacia la democratización del país (léase esto como la imposibilidad de un regreso de Pinochet al poder) haya empujado a una franja de electores de izquierda a votar por candidatos testimoniales. En 2009, en cambio, tanto el desgaste de la coalición de centroizquierda como la difuminada frontera ideológica entre los candidatos Frei y Piñera desmovilizaron a los votantes tradicionales de la Concertación, una parte de los cuales prefirió apoyar a Enríquez-Ominami.

Segunda conclusión. A partir de 2013 las candidaturas outsiders de izquierda dejan de tener un rol “testimonial” y pasan a jugar por primera vez un rol competitivo en las elecciones presidenciales a pesar del alto grado de nitidez ideológica de las principales candidatas. Recordemos que dicha elección reprodujo, quizás por última vez desde 1990, el clivaje dictadura/democracia a través de dos candidaturas representativas de uno y otro sector: Bachelet, hija de un militar allendista torturado en dictadura, versus Matthei, hija de uno de los integrantes de la junta militar de Pinochet. Si el bloque constituido por los candidatos outsiders de izquierda obtuvo tan solo el 17,3% de los votos, ¿por qué razón este tercer tercio pasó a ser competitivo? La respuesta se encuentra en el “grado de voluntariedad” del votante al interior de un sistema electoral nuevo. La elección de 2013 es la primera que se realiza bajo el sistema de inscripción automática y voto voluntario lo que significa que el votante que apoyó al tercer bloque se movilizó genuinamente por él y no por obligación como sí ocurrió en las elecciones precedentes en las cuales el elector “no-voluntario” y descontento con las grandes coaliciones no tenía más alternativa que dar su voto a candidatos testimoniales. Se trata por lo tanto de un voto duro, fiel a una tercera opción, que en las sucesivas elecciones contará con un piso equivalente al 17% de las preferencias.

Esta tercera opción está actualmente hegemonizada por el Frente Amplio y de manera más precisa por la precandidata Beatriz Sánchez. La interrogante en cuanto a ella no radica en su piso, o nivel de voto duro, pues sabemos que rondará el 17% (la encuesta Adimark de abril señala que actualmente tiene 11% de las preferencias. A ese porcentaje hay que sumarle el uno por ciento del ex precandidato socialista Fernando Atria, con lo cual llega al 12%) sino más bien cuál será su techo en la primera vuelta de la elección presidencial. Algunos expertos electorales, como Mauricio Morales o Pepe Auth, no han descartado que la candidatura del Frente Amplio pueda acceder a una segunda vuelta, dejando en el tercer lugar a la Nueva Mayoría. Para ello deben, a mi juicio, cumplirse dos situaciones: primero, un mal desempeño de la campaña de Guillier —sea por errores propios del candidato como por la acumulación de problemas graves en el seno de los partidos que lo apoyan— y segundo, como consecuencia de lo anterior, una incapacidad del candidato de la centroizquierda en capturar la mayor parte del voto obtenido por Bachelet en la primera vuelta de la elección de 2013 (46,7%). Parte de este electorado que le fue fiel a Bachelet en la última elección, hoy está indeciso (si nos ceñimos a las cifras de la última Adimark, llega al 29%) y podría preferir la opción del Frente Amplio.

Un eventual paso de esta coalición al ballotage terminaría por consolidar en corto tiempo —en el lapso de tan sólo cuatro años, entre la elección de 2013 y la de 2017— la mutación del escenario político chileno, pasando de un sistema bipolar a un sistema de tres tercios, aunque con diferencias respecto de aquel existente hasta el golpe de Estado. Si hasta 1973 el centro político era ocupado por la DC y el sector de la izquierda por los partidos de la Unidad Popular, es muy posible que en el futuro el centro sea dominado por los partidos de la antigua Concertación (suponiendo que la DC vuelve al redil) y el sector de la izquierda por lo que hoy conocemos como Frente Amplio más el PC y los sectores descolgados del PS y el PPD. Como sea, las candidaturas testimoniales pertenecientes a la izquierda extra-Concertación/Nueva Mayoría, tal como las conocimos entre 1993 y 2009, ya son cosa del pasado y se trasformarán, a partir de la próxima elección presidencial, en una alternativa realmente competitiva. Y quien sabe, en caso de una sorpresa en noviembre próximo, en la nueva hegemonía de la izquierda en Chile.

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