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El suicidio político de la DC

por 1 agosto, 2017

El suicidio político de la DC
Los factores externos coadyuvan en las crisis pero no lo explican todo. Y en el caso de la DC, perdido su centro doctrinario y práctico de representación, todo problema es una crisis. El caso Ricardo Rincón, por ejemplo, algo muy menor para un partido de la trayectoria de la DC, no en la temática –violencia de género– sino en la capacidad de detonar una crisis de tal envergadura. Es ante todo un líder local, que bajo ninguna circunstancia normal habría podido desafiar el poder central y la imagen de su partido. Si ello ocurre es pura y simplemente porque la DC está en el juego de las distancias cortas y se le olvidó el país y su propia historia. Pero también de las matemáticas compuestas de la política, hasta el punto de poner en peligro todo su capital, con simples juramentos o desdenes que van a contracorriente de la realidad.
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No es un hecho consumado. Pero el paciente está en la UTI y solo una templanza colectiva, que se ve difícil, puede salvarlo de su fraccionamiento. Su ideario no va a desaparecer, porque siempre habrá grupos que reivindiquen su existencia. Pero la sucesión de hechos políticos que han llevado a riesgo de disolución a la DC, son el producto no solo de una mala conducción sino, en lo sustancial, de la tensión entre el cambio y la modernidad del país versus un intelectual colectivo, la DC, que ha perdido su centro y se muestra desorientado y dudoso sobre lo que quiere y hace.

Ninguna crisis de partido político puede aislarse del contexto nacional en que se produce, y tampoco ocurre de la noche a la mañana.  En el Chile actual, el común denominador cultural de la política es el descrédito y la desconfianza, y producto de los cambios experimentados, la sociedad está más fraccionada y es más compleja en sus intereses. Ello ha generado una crisis de representación política. En ese cuadro, cualquier partido que debate todo su accionar como un problema interno, sin conexión con la realidad en la que debe actuar, que se ensimisma y transforma todo en una mera autorreferencia, está condenado, como le está ocurriendo a la DC, a perder vínculo orgánico con la realidad. Representar y proponer un camino de gobierno político se transforma en una mera autorreferencia valórica y discursiva, sin vínculo con la realidad.

Ese problema resulta todavía más acentuado si la entidad en crisis proviene en sus orígenes de una idea de país y de cambio que tuvo un crecimiento exponencial de apoyo social merced a su hegemonía cultural, como ocurrió con la DC en los años 60 del siglo pasado. Cuando eso se pierde, y no es reemplazado por una nueva idea o propuesta de epopeya, el poder se resiente, y la autoestima va camino de una depresión colectiva. Más aún, el partido deja de autopercibirse como un ente de poder. La DC logró rehacer su visión de los años 60 del siglo XX en la lucha por la recuperación de la democracia y, entonces, como en la última ocasión, logró articularse a una epopeya con arraigo cultural y representación.

Pero nada es eterno, menos en política, y la necesaria recomposición política de un partido solo es posible si él logra captar en el proceso los cambios culturales que se operan en la sociedad, si es consciente de las nuevas demandas, y entiende que la política es un arte de composición compleja, en el que no basta la mera exhibición de historia o voluntad, sino también la claridad de objetivos firmemente afincados en la realidad de cada día. Y en esto se nota la calidad y el rol de la dirigencia. Hay que reconocer que la actual, con contadas excepciones, ha hecho una mala administración del acervo histórico y de la innovación política en la sociedad de la transparencia.

Los errores de la DC, que bien podrían documentarse para un manual de ciencia política sobre lo que un partido debe o no hacer, ya se notaron con claridad a fines de la década del 90 del siglo pasado. Entre 1999 y 2002, la DC tuvo cuatro presidentes y un empate interno que desgastó a su organización de manera catastrófica e inhibió procesos de recomposición política significativos.

Ello empezó en la presidencia de Enrique Krauss, en la época en que se debatía la candidatura de Ricardo Lagos a Presidente de la República. Luego vino la estrecha elección de Gutenberg Martínez, después la presidencia de Ricardo Hormazábal, un breve interregno de Patricio Aylwin y posteriormente Adolfo Zaldívar, quien logró estabilizar el cargo durante 4 años, hasta el 2006. Pero, justo al año siguiente, ya con Soledad Alvear en la presidencia de la DC, y luego de una votación sobre el financiamiento del Transantiago, en acuerdo con los parlamentarios de derecha, Adolfo Zaldívar fue suspendido de su militancia y finalmente expulsado del partido.

Desde el debate de fines de los años 90 en Chile, que se avizoraba con una tensión entre crecimiento, modernidad e igualdad, la DC perdió la brújula social y se diluyó como intelectual colectivo. Y las enormes epopeyas de la reforma agraria, de la existencia política real del mundo popular, de la chilenización del cobre o la recuperación de la democracia, ya no le alcanzan, como tampoco a sus tradicionales aliados, para conformar una mayoría convincente y una convocatoria que movilice al país. Y si además hay crisis de líderes que no leen bien la realidad y se juegan la organización al tíbiri tábara, ocurre lo que ocurrió: clientelismo, nepotismo, pérdida de sentido social y crisis de identidad programática y doctrinaria.

Es efectivo que Ricardo Lagos, como Presidente de la República, hizo un poderoso ejercicio de equilibrio y buen trato frente a la DC, por ejemplo, nombrando primero a Soledad Alvear y luego a Ignacio Walker como cancilleres, pese a que este último había sostenido la tesis de dos candidatos a primera vuelta en un documento que circuló y fue debatido ampliamente entre los partidos de la Concertación. Lagos tuvo deferencias especiales con la DC, aunque al final brindó su apoyo público a Michelle Bachelet como candidata presidencial.

En el Gobierno de esta, ya no ocurrió lo mismo con la DC. Luego de ganar su candidatura frente a Soledad Alvear por el abandono de esta última, se dedicó a gobernar sin consulta o diálogo con las estructuras formales de los  partidos, formando claques de preferidos al interior de estos, estilo que se fue profundizando. De todos los ministros del Interior DC que ha tenido Bachelet en sus dos mandatos, con más de la mitad de ellos tuvo problemas (Zaldívar, Velasco y Burgos), uno que prácticamente la omitió (Pérez Yoma), y el actual, que ha sido relativamente intrascendente.

Esa posición preeminente en el Gobierno de la DC no fue bien trabajada por el propio partido, sino más bien fue la puerta de entrada de múltiples problemas y de desafección del poder coalicional. Cuando Bachelet anunció su política de nueva mayoría con la inclusión del PC, al inicio de su reelección, la DC se sometió sin problemas, pues la candidata aseguraba el triunfo y el retorno del poder gubernamental y parlamentario. Pero ya en ese momento la vieja arquitectura cultural de la Concertación estaba muerta, y la incomodidad de la DC en curso.

El error de la DC ha sido vivir sus contradicciones internas no como un problema de representación social (centroderecha o centroizquierda) sino como uno de acceso al poder gubernamental, a través de una concepción corporativa de la representación política. La DC perdió, en su viaje por los recintos del poder gubernamental –al igual que el resto de los partidos de la ex Concertación–, su  idea de país, en parte realizada y en parte fallida, sin reemplazarla por otra, como no fuera en interés burocrático de grupos o caudillos.

Desde el debate de fines de los años 90 en Chile, que se avizoraba con una tensión entre crecimiento, modernidad e igualdad, la DC perdió la brújula social y se diluyó como intelectual colectivo. Y las enormes epopeyas de la reforma agraria, de la existencia política real del mundo popular, de la chilenización del cobre o la recuperación de la democracia, ya no le alcanzan, como tampoco a sus tradicionales aliados, para conformar una mayoría convincente y una convocatoria que movilice al país. Y si además hay crisis de líderes que no leen bien la realidad y se juegan la organización al tíbiri tábara, ocurre lo que ocurrió: clientelismo, nepotismo, pérdida de sentido social y crisis de identidad programática y doctrinaria.

Los factores externos coadyuvan en las crisis pero no lo explican todo. Y, en el caso de la DC, perdido su centro doctrinario y práctico de representación, todo problema es una crisis. El caso Ricardo Rincón, por ejemplo, algo muy menor para un partido de la trayectoria de la DC, no en la temática –violencia de género– sino en la capacidad de detonar una crisis de tal envergadura. Es ante todo un líder local, que bajo ninguna circunstancia normal habría podido desafiar el poder central y la imagen de su partido. Si ello ocurre es pura y simplemente porque la DC está en el juego de las distancias cortas y se le olvidó el país y su propia historia. Pero también de las matemáticas compuestas de la política, hasta el punto de poner en peligro todo su capital, con simples juramentos o desdenes que van a contracorriente de la realidad.

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