Banalización de la política
Señor Director:
No creo que resulte exagerado advertir que en nuestro país, hace tiempo la actividad política viene menospreciando, y deshonrando, a los ciudadanos que creemos en la democracia como adecuado sistema de representación en relación con la administración y conducción de la vida pública.
Para ser más específicos, conviene señalar que hemos sido testigos, y en algunos casos víctimas, de episodios artificiosos, arrogantes, bochornosos, sombríos, indecorosos, fatuos, todos por cierto, censurables. En gran medida, muchos de esos incidentes han sido, y siguen siendo, incuestionablemente reñidos con cualquier estándar ético con el que se los evalúe. Con todo, no ahondaré en el aspecto moral más profundo de este fenómeno, sino que me limitaré a abordar, con un enfoque más propio de la antropología cultural, el talante impúdico de los conspicuos dirigentes.
Antes de avanzar en nuestra opinión, como contexto, primero es conveniente poner en perspectiva que la política en Chile no se lleva a cabo de una forma radicalmente discordante respecto del modo en que se materializa en latinoamérica. Más bien, el quehacer político de nuestros gobernantes, parlamentarios, alcaldes y otros representantes políticos, parece ejecutarse en sintonía con el ethos latino.
Dicho lo anterior, habría que advertir que nuestra actividad política ha ido internalizando, sin mucha resistencia, los móviles y procesos propios de la vida del espectáculo, en cuanto a que en ella ha primado la puesta en escena de martingalas que han excedido con mucho, el límite de lo sobrio y honesto. En consonancia con este concepto, Mario Vargas Llosa ha recordado en La Civilización del Espectáculo, una preocupación de Jean Baudrillard muy atingente respecto de la calificación que acabo de formular. El escándalo, en nuestros días -sentencia el filósofo y sociólogo francés- no consiste en atentar contra los valores morales, sino contra el principio de realidad. De acuerdo con este criterio, cuando los representantes o ejecutivos públicos no interpretan correctamente la realidad, o cuando la desfiguran, acostumbran desplegarse por el camino del melodrama, la sátira, el desahogo, o de la levedad insensata. Indiscutiblemente, estas acrobacias dejan en evidencia una frivolidad inmerecida.
Pero esto no es todo. Hay que añadir que ellos deforman o desatienden, con cada vez mayor frecuencia, la correcta priorización de las metas, las necesidades, y las oportunidades en lo concerniente al bien común.
Para simplificar, el discurso y el trato, en gran medida presumidos y frívolos, anexo a la desconexión en cuanto a los desafíos o a las expectativas del país, han promovido una banalización de la política.
Pero esta situación puede cambiar. Para redireccionar esta trayectoria hacia una actividad más noble, y así tomarnos en serio el cultivo de la democracia, es necesario que los ciudadanos no toleremos dichas prácticas. A sí mismo, es vital que participen en los diversos peldaños del andamiaje político, personas con un mayor sentido de realidad, poseedoras de una perspectiva ética que no se deje tentar por móviles frívolos o deshonestos.
Germán Gómez Veas
Académico y consultor en materias de liderazgo y gestión escolar