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Nuestro auténtico yo se aleja cuanto más nos empeñamos en encontrarlo

por 3 febrero, 2018

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La egolatría, y mirarse el ombligo, ha alcanzado, o más bien, ha cruzado, todos los límites insospechados. FaceBook y demás.

“El infiernos son los otros”, habría dicho Sartre, un destacado existencialista. Harold Bloom lo refuta con una reflexión a mi modo genial, refiriéndose a los acertijos de Jesús:

Los acertijos de Jesús tienden a girar sobre la cuestión de quién es Jesús. A veces los pronuncia como hechizos contra Satán. Los hechizos son acertijos que adquieren un cariz práctico y mágico, aunque sean porque solo funcionan. Para Jesús, su función es ayudarle en su ardua empresa de llegar a saber quién es. Nosotros descubrimos que nuestro auténtico yo se aleja cuanto más nos empeñamos en encontrarlo” (Jesús y Yahvé: Los nombres divinos, 43).

En el Evangelio según Marcos (el primero), Jesús está obsesionado por saber quién es: “’Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’. Pedro le contesta: ‘Tú eres el Cristo’. Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él...”. Pedro, el que luego lo negaría tres veces.

La identidad. Ayayay, la identidad. ¿Quién es un@? Ni siquiera lo sabe quién sospecha ser el Elegido del Altísimo. El Mesías, el que luego compartirá la Trinidad junto al Padre y el Espíritu Santo.

Las redes sociales son la enfermedad de la era digital. Exponerse, transvestirse, fingir lo que no se es, intentar ser auténtico. Y, sobre todo, buscar el reconocimiento, la aprobación de los demás, si no al menos de l@s amig@s. Acumular muchos “Me gusta”, ojalá más “Me encanta”. Una enfermedad del “yo” girando sobre sí mismo, ¿cómo no?

Es el individualismo neoliberal que ha permeado de derecha a izquierda. ¿Quién resiste la tentación? Es verdad, algún@s lo hacen de manera seria (l@s menos), pero la mayoría dispara a la bandada sin sostén argumentativo, muchas veces con un lenguaje deplorable. ¿Qué importa?, parecen decir, aquí estoy “yo”.

Las redes sociales son la enfermedad de la era digital. Exponerse, transvestirse, fingir lo que no se es, intentar ser auténtico. Y, sobre todo, buscar el reconocimiento, la aprobación de los demás, si no al menos de l@s amig@s. Acumular muchos “Me gusta”, ojalá más “Me encanta”. Una enfermedad del “yo” girando sobre sí mismo, ¿cómo no?

Somos seres gregarios, que vivimos en comunidad. El Otro, el amigo o la amiga que nos ama y amamos, el Amor que nos emociona, la pareja, quienes componen nuestra familia, l@s compañer@s de trabajo y de lucha política, son nuestro espejo. Sin ell@s no somos nada.

El “yo o, mejor dicho, la búsqueda del “yo”, es una trampa.

Si no me cree el lector, escriba en las redes sociales. Recibirá respuestas buenas o malas, o no recibirá nada, pero ¿ha avanzado un ápice en saber quién es? Me temo que estará tan solo o acompañado como antes.

El ego es una quimera condenada al fracaso. O como dice Silvio Rodríguez: “No hay nada aquí, solo unos días que se aprestan a pasar, solo una tarde en que se puede respirar, un diminuto instante inmenso en el vivir, después mirar la realidad y nada más, y nada más”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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