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DDHH, marxismo libertario y vía política al socialismo

por 29 agosto, 2018

DDHH, marxismo libertario y vía política al socialismo
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Las más graves violaciones a los Derechos Humanos han provenido de sus invocaciones abstractas y deshistorizadas (en absoluto inocentes). Al abdicar interesadamente del análisis histórico material, estas visiones establecen el verdadero doble estándar en Derechos Humanos. Por ejemplo, doble rasero en Derechos Humanos es no interpelar a quienes plantearon que lo ocurrido el 4 de agosto en Venezuela fue un autoatentado y luego callaron frente a los públicos lamentos de los perpetradores por su fracaso (https://lta.reuters.com/article/domesticNews/idLTAKBN1KS2F0-OUSLD https://twitter.com/twitter/statuses/1026991613468454912). Toda esta verdadera relativización metafísica entronca peligrosamente con el giro discursivo al que ha adscrito parte de la izquierda. No obstante, la materialidad compleja de la historia ofrece un camino diferente, el de la política genuina.

Por sobre el falso y marginal dilema de si dicha política es una actividad asociativa o disociativa (existe asociatividad disociadora de la dominación, así como disociatividad anti-emancipatoria), el marxismo libertario la comprende como construcción de un sujeto efectivamente colectivo cuyo deseo e imaginación alteren las determinaciones del estado real de las cosas (en rigor se trata entonces de una subiectum). Tal fue la construcción, por ejemplo, de los esclavos haitianos en 1789 al enterarse que el primer artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (nacer libres e iguales) no aplicaría para ellos sino mediante turbulentas luchas revolucionarias.

Puesto que para el liberalismo triunfante en Francia la revolución solo era concebible como un asunto de varones blancos, las terribles guerras de independencia y liberación haitiana fueron juzgadas como salvajismos propios de multitudes sin ciudadanía. De allí que el liberalismo comparó estas luchas con las hogueras de Torquemada, pero no con las sugerencias humanitarias de su diputado Joseph Guillotin.

Es desde la materialidad del plano diferencial que el marxismo libertario y las izquierdas revolucionarias han extraído nuevas intensidades para su reensamblaje. Así se ha superado la idea -tomada de un militar tan lúcido como reaccionario- que la práctica revolucionaria de la política se reduce a continuarla por los medios de la guerra. En el marxismo libertario nadie está olvidado, como tampoco nadie ha olvidado que los dueños del gran poder están dispuestos a incrementar infinitamente el sistema de atrocidades antes que ceder sus privilegios. Esta comprensión clara, profunda y radical del antagonismo define que la práctica revolucionaria consiste en continuar las guerras de justicia por los medios de la política, es decir, las luchas por lo común, por lo público y en definitiva por la socialización feminista de la polis, forma hasta ahora conocida con el nombre irrenunciable de Socialismo.

Ese liberalismo late aun, por ejemplo, en cierta concepción desoladoramente ramplona de los Derechos Humanos planteada por nuestro compañero diputado Gabriel Boric. Siguiendo esa concepción caeríamos en el absurdo de denunciar vis a vis como violadores de los Derechos Humanos al capitalismo esclavista azucarero francés y a los negros libertarios que lo derrotaron en Haití. De igual modo, el jus-aristocratismo de Gabriel consideraría como otro atentado a los Derechos Humanos las siguientes palabras de un fraile franciscano que lo antecedió dos siglos en la cámara de diputados,

Pueblo de Chile: mucho tiempo hace que se abusa de nuestro nombre para fabricar vuestra desdicha (…) Mientras vosotros sudáis en vuestros talleres [o] sobre el arado (…) esos señores condes, marqueses i cruzados, duermen entre limpias sábanas i en mullidos colchones que les proporciona vuestro trabajo (…) sin volveros siquiera el menor agradecimiento (…) Despertad, pues, i reclamad vuestros derechos usurpados. Borrad, si es posible, del número de los vivientes a esos seres malvados que se oponen a vuestra dicha, i levantad sobre sus ruinas un monumento eterno a la igualdad. (Diputado por Concepción fray Antonio Orihuela, en: Sesiones de los Cuerpos Legislativos. Destacados nuestros)

Así, en respuesta a la teología liberal, ha llegado a plantearse que el Derecho existe precisamente porque no existe la Justicia. Esta sanción se diferencia del liberalismo al asumir que su nivel de abstracción es solo una herramienta para adentrarse en la complejidad concreta de la historia, allí donde “la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales”. Lo humano según Marx, sus derechos, sus defensas, sus violaciones no solo están contextualizados (como alega la extremista derecha chilena), están concretamente engarzados en la historia y en la memoria que nos recuerda el continuo material de la existencia (cosmológica, planetaria, animal, animística).

Aunque la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano no menciona la Justicia y en cambio enuncia 12 veces la palabra Ley (sin molestarse en ocultar su violenta función defensora de la propiedad privada), los pueblos han practicado la política como materialización de estos enunciados reensamblándolos en luchas por la justicia. En efecto, resulta evidente que la universalización de los Derechos Humanos mediante la declaración de la ONU en 1948 no se propuso detener el sistema de atrocidades asociado a la acumulación de propiedad privada en forma de capital. Solo las luchas políticas contra el patrón colonial de acumulación engastaron al discurso de los Derechos Humanos en prácticas emancipatorias.

Como un botón de muestra sobre la continuidad del sistema de atrocidades capitalistas en la era de los Derechos Humanos universalizados, recordaremos algunos hechos irrefutables -aunque activamente sometidos al olvido- protagonizados por el Estado-Nación francés nacido junto a aquella primera Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789.

El 8 de mayo de 1945, en medio de las celebraciones por la caída del nazismo, soldados y colonos franceses perpetraron la Matanza de miles de personas en la ciudad argelina de Setif. Pocos días después, para castigar la independencia siria, las Fuerza Armadas de los Franceses Libres realizaron un devastador bombardeo sobre Damasco que además ayudó al naciente Estado de Israel y a sus atentados contra el pueblo Palestino. En 1946, el Estado Francés denegó la independencia a Vietnam e inició una guerra en la que, durante nueve años, sus agentes torturaron y asesinaron poblaciones completas. Aún más conocido es el terrorífico tomo escrito por el Estado francés en la Guerra de Argelia (1954-1962), incluyendo la matanza de centenares de argelinos residentes en París el 17 de octubre de 1961. Aunque nada fue demasiado distinto en las enormes extensiones de la África Ecuatorial y África Occidental Francesas, sí hubo un castigo especial del Estado francés a la sociedad de Camerún, culminando en 1958 con el asesinato del líder socialista independentista Rubén Um Nboyé y en 1960 -ya consumada la independencia- con el de su sucesor Félix-Roland Moumié.

Que ese último asesinato se cometiera fuera del imperio colonial francés, en la humanitariamente emblemática ciudad de Ginebra, indica el inicio de un nuevo tipo de atrocidades imperialistas poscoloniales entre las que se cuenta el impulso conjunto a la guerra civil de Nigeria (1967-1970) por parte del Estado francés y la corporación petrolera Elf, sin mencionar otras fuerzas humanitarias de Europa.

Es entonces evidente que un régimen hegemónico de los Derechos Humanos se instauró basado en un estado de Excepción Permanente que hasta hoy permite la violación constante de esos mismos Derechos. Este oxímoron de la excepción permanente puede ser procesado como develamiento de una contradicción ontológica entre justicia y derecho; para nosotros en cambio, pone de manifiesto que el derecho es interior a la política y no cabe permitirle al oxímoron neutralizar la relación del poder social constituyente con los estados de excepción jurídica. Antes de referirnos a esta relación, cabe decir que para el marxismo libertario (donde no se reconocen preminencias del Estado) son violaciones a los derechos humanos, sin excepcionalidad constitucional posible, asesinar, torturar, ejecutar prisioneros y no prestar auxilio a personas en riesgo de perder la vida o de ser heridas. Puede apreciarse aquí que las cuestiones relativas al estado de guerra y sus relaciones con la política comienzan a tornarse claves para analizar las relaciones entre excepcionalidad y Derechos Humanos.

Se estima a la guerra como una situación en la que dar muerte no constituye asesinato por existir bandos que reconocen mutuamente su intención de aniquilarse, pero, en la guerra irregular (insurreccional o prolongada) que no responde a una disputa por el poder de unos sobre otros, sino a un litigio colectivo sobre la justicia, necesariamente hay un bando completo que al pasar a la acción viola los Derechos Humanos. Este bando de violadores puede ser el que insurge contra un poder constituido para establecer relaciones de justicia (caso del sabotaje sedicioso al gobierno de Salvador Allende y a la opción soberana del Pueblo chileno por un modo de vida socialista), o puede ser el bando que, desde un gobierno nacional o imperial, trata como enemigo bélico a quienes buscan co-instituir relaciones de justicia. Aun así, es notorio que definiciones como la anterior resultan a su vez abstractas ante una historicidad que lleva la marca del sistema de atrocidades capitalista devenido en estado de Excepción Permanente, máxime si las potencias que sostuvieron dicho estado en nombre de la Guerra Fría paralelamente han suscrito el recurso contrainsurgente a la Guerra de Baja Intensidad.

En esa línea debemos ahora mostrar cómo los análisis libertario-marxistas han argumentado sostenida y profundamente (ver los dos volúmenes de Capitalismo y esquizofrenia) que la URSS fue una pieza fundamental para formar ese régimen hegemónico de los Derechos Humanos basado en un estado de Excepción Permanente. En rigor, la URSS sofocó la Revolución Rusa en que el propio Lenin había proyectado una sociedad liberada del estatismo burocrático (ver El Estado y la revolución). La URSS también se articuló doblemente al sistema de atrocidades de la acumulación capitalista. El análisis de esta doble articulación, presente en todo proceso material, es lo que permite hacer de la política una actividad realista rigurosamente orientada a alcanzar lo imposible.

La doble articulación es el principio evolutivo complejo mediante el cual la materia (incluido el lenguaje) adquiere formas reconocibles. Como Marx observó en sus críticas a Hegel, dicho principio es contrario a una linealidad determinista y progresiva, e implica la existencia de polos opuestos -anteriores a cualquier observación y nominación discursiva- que no se sintetizan de modo absoluto, sino que operan el uno en el otro y viceversa.

La realidad se crea en el entremedio de esos polos por propiedades intensivas complejas y no por la distinción cartesiana entre propiedades extensivas y cogitativas. Es decir que entre medio de los polos siempre hay algo que uno de ellos realiza con mayor intensidad que su opuesto, generando un plano diferencial de intensidades desde el cual emerge su organización; por ejemplo:

La URSS desarrolló un estatismo mucho más intenso que los EE.UU. y sus aliados europeos, quienes a su vez desarrollaron una reducción de las relaciones sociales a la condición de mercancía mucho más intensa que la URSS, no obstante, hubo apropiación de mercancía por parte de la nomenklatura soviética, así como un fuerte componente estatista dentro de los países imperialistas occidentales (continuado en el neoliberalismo).

Asimismo, el imperialismo Euronorteamericano realizó transferencias de riqueza desde sus poblaciones dominadas hacia sus sociedades centrales mucho más intensamente que la URSS, lo que se tradujo también en una diferenciación del totalitarismo: más férreo, monumental y sin elecciones populares en el caso de la URSS (a la manera caracterizada por Orwell); más capilar, micropolítico y con elecciones populares en el caso de EE.UU. (a la manera caracterizada por Huxley). Para este nivel, la realidad de polos interpenetrados puede apreciarse en el papel dirigente jugado por Stalin en la liquidación del totalitarismo absoluto de Alemania, así como en la existencia dentro de Estados Unidos -aunque mucho menos que en la URSS- de censura a las artes, persecución de ideas, deportación de disidentes, detención en campos de concentración, prisión política, represión racista y asesinato político incluido el de un presidente (nos hemos restringido a la política interior de los EE.UU. durante la guerra fría, pues su protagonismo en el sistema de atrocidades, sobre todo en Latinoamérica, está fuera de toda discusión sensata).

En la física de sistemas complejos se diría que esa materialidad histórica organizada obedece a que entre los polos concernidos aparece un comportamiento de atractor extraño. Esto implica que lo tempestuoso y a-lineal en los procesos históricos es completamente real, como también lo es el que tendencialmente su materialidad describa un patrón de probabilidades o atractor extraño (lo opuesto a un orden natural). Este realismo materialista intensivo se distingue del empirismo ingenuo al postular que los modos de observación afectan la realidad precisamente porque son interiores a ella. La realidad existe aunque nadie la observe. Si alguna entidad opera una observación sobre la realidad por supuesto que la afecta, porque dicha entidad y su observación son también reales. Todo lo que emerge transformadoramente, incluida la observación y las palabras, lo hace desde la realidad.

El atractor extraño -como tal, inflexible- de la tormentosa acumulación capitalista sigue siendo el robo del excedente económico producido por el trabajo. No obstante el carácter real de esta reducción productivista del trabajo por parte del capital, para el marxismo libertario “el trabajo, antes que instanciación de la metafísica productivista, expresa el ser-en-común” de la humanidad “como condición de posibilidad de su existencia” (Sergio Villalobos-Ruminott).

La clase capitalista se ha hecho sujeto político reensamblando materialmente el plano diferencial de intensidades y creando activamente al atractor extraño (a diferencia de los sistemas físicos sin diseño volitivo), aunque ha presentado este proceso como una gesta del espíritu y las ideas. El sujeto de clase capitalista comprende que el plano es ontológicamente agitado y caótico, por eso su política fundamental no consiste tanto en hacer que la sociedad desee cosas determinadas, sino en organizar máquinas sociales para identificar a todo el deseo social con el atractor extraño. Si el atractor extraño pudiese enunciarse discursivamente, sería de un modo como el siguiente: ¡convenceros! ¡lo que siempre habéis deseado, es acumular! ¡lo que en verdad deseáis, es la acumulación capitalista!

Malamente podría entonces pretenderse la invención en el vacío o en las puras articulaciones discursivas de un sujeto político antagonista. Dicha condición debe encontrarse materialmente en el plano diferencial de intensidades como deseo real. Es allí donde se gestan sexualizadas las clases trabajadoras y se transforman en sujeto directamente político ya que la intensidad explotadora que les afecta, sexualizadamente también, es la expropiación del deseo real de ser-en-común como condición de su existencia. Así, Los Derechos Humanos son rescatados del estado de excepción permanente gracias a las luchas sexualizadas concretas del trabajo. Ellas desmontan el dispositivo de ataque directo e indirecto a los salarios, revitalizan sus organizaciones asediadas luchando al mismo tiempo por lo público, por la desmercantilización y despatriarcalización de las relaciones sociales y porque las decisiones vinculantes sean tomadas por el común, por el pueblo soberano.

Sea cual sea el grado de desarrollo de este sujeto, sus luchas conforman la medida del compromiso de cualquier proceso político con los Derechos Humanos. Con este instrumento a disposición del quehacer político emancipatorio efectivamente no puede haber doble rasero ni perezas que impidan usar el materialismo histórico para interpelar la moralina formalista y farisea que ha pretendido zanjar el presente latinoamericano a partir de una pregunta imbecilizante: ¿Venezuela y Cuba son democracias o dictaduras? Como si el estado de Excepción Permanente en el que vivimos premiara los proyectos políticos orientados a que sean los pueblos quienes tomen las decisiones vinculantes y efectivamente definan nuestra historia por venir, o como si los actuales gobiernos de Cuba y Venezuela, al igual que en su momento el de Salvador Allende, no fueran las víctimas objetivas al tiempo que enemigos heroicamente declarados del estado de Excepción Permanente.

Haití sufrió durante todo el siglo XIX un castigo comparable al de la guerra y el bloqueo norteamericano contra Cuba revolucionaria. Ese estrangulamiento del que participó la Civilización Occidental completa ocasionó la usurpación del proceso histórico haitiano por sectores regresivos cuyas crueldades abominables no pueden compararse a las decisiones de guerra, y aun a los evidentes resabios de dominación presentes en políticos como Dessalines o Louverture que condujeron la única rebelión de esclavos exitosa en la historia.

Es desde la materialidad del plano diferencial que el marxismo libertario y las izquierdas revolucionarias han extraído nuevas intensidades para su reensamblaje. Así se ha superado la idea -tomada de un militar tan lúcido como reaccionario- que la práctica revolucionaria de la política se reduce a continuarla por los medios de la guerra. En el marxismo libertario nadie está olvidado, como tampoco nadie ha olvidado que los dueños del gran poder están dispuestos a incrementar infinitamente el sistema de atrocidades antes que ceder sus privilegios. Esta comprensión clara, profunda y radical del antagonismo define que la práctica revolucionaria consiste en continuar las guerras de justicia por los medios de la política, es decir, las luchas por lo común, por lo público y en definitiva por la socialización feminista de la polis, forma hasta ahora conocida con el nombre irrenunciable de Socialismo.

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