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Aborto: entre la libertad y la moral

por 2 septiembre, 2018

Aborto: entre la libertad y la moral
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El aborto “libre” muy probablemente será la madre de las coyunturas valóricas por años en Chile. Si bien la opinión pública expresa un apoyo muy mayoritario al aborto bajo tres causales (70% según la encuesta CEP de 2017), igual apoyo no se extiende en absoluto al aborto libre: según la misma encuesta, sólo el 21% de los chilenos lo respalda. Será un tema que quizás nos divida en bandos “pro-elección” y “pro-vida”, pero al margen de las posturas que cada uno tenga sobre la materia, donde inevitablemente confluyen un sinnúmero de consideraciones científicas, filosóficas y jurídicas, resulta fundamental conocer todas las posturas para tener un debate honesto.

El aborto bajo tres causales parece un mínimo imprescindible frente a circunstancias muy gravosas para la mujer y enhorabuena se legisló para permitirlo, reconociendo a la mujer un espacio acotado de libertad para decidir sobre la continuación de su embarazo. Fuera de ello, muchos afirman, tanto desde la religión como filosofías seculares, que el aborto libre atenta contra lo que entienden como dignidad humana. La concepción, y con ello la existencia de un organismo con un “ADN único e irrepetible”, les parece un estándar razonable para determinar el principio y garantía de la vida de un “nuevo” ser humano.

Frente al impasse entre Patricia Muñoz, Defensora de la Niñez, y diputados oficialistas contrarios al aborto por afirmar que la vida prenatal no es “niño”, en sentido jurídico, parece prudente leer sobre el tema, estudiar lo que la ciencia dice sobre los distintos momentos del desarrollo gestacional, pero sobre todo a conversar con gente pro-elección y pro-vida, y así buscar comprender los argumentos de fondo de ambas posturas. En realidad, la pregunta no es tanto cuál es el sustrato fáctico de lo que entendemos como “vida” ni en qué momento comienza, sino cuál sería un estándar objetivo e imparcial que permita a la sociedad abordar un dilema moral tan profundo. Probablemente, el concepto mismo de la vida y desde qué momento principia como tal sean preguntas que permanezcan sin respuesta concluyente, no por falta de información o incertidumbre sobre cómo ocurre la gestación, sino por lo profundamente filosófico que es el concepto en sí mismo, en el cual interactúan diversas filosofías igualmente válidas. Así, la pregunta de fondo es si la sociedad tiene un interés público legítimo en proteger la vida prenatal, si éste debe primar por sobre los derechos sexuales y reproductivos de la mujer, y desde qué momento existe tal interés.

En fin, si bien la discusión del “aborto libre” es una que requiere mayor maduración y que probablemente no se dará seriamente en el corto plazo, sino en un par de años, al menos en el plano legislativo, resulta necesario al menos discutir sobre el tema en serio. La invitación es a conocer, escuchar y respetar todas las posturas, pues no existe ninguna moral inequívocamente superior a otra, y sobre todo a empatizar con lo que significa un embarazo no deseado, y especialmente su interrupción, para la mujer. Reconozcamos que en la diversidad de nuestras opiniones está la riqueza de nuestra democracia, y que la sociedad debe favorecer el consenso de reglas que permitan el más amplio ejercicio de la libertad individual, para que seamos las personas, no el Estado ni terceros, quienes dirijamos nuestros proyectos de vida. Este es, precisamente, el principal consenso al que deberíamos llegar como sociedad.

Desde una perspectiva liberal, no pareciera haber grandes razones objetivas y de interés público, para oponerse al aborto libre, al menos durante las primeras semanas de gestación. El problema radica en que nociones como que la vida humana comienza en la concepción afirman una individualidad protegida meramente por la existencia de un “ADN único e irrepetible”, lo cual priva al concepto de “vida” de toda consideración a las funciones fisiológicas que la biología considera para calificar un organismo como ser vivo, lo que permitiría una aproximación objetiva a lo que pudiera reconocerse legalmente como tal. Al final, el estándar de la concepción pareciera sustentarse más en principios morales o religiosos de orden privado que en consideraciones de orden público, sustentadas en hechos científicos, que permitan conciliarlo con los derechos de la mujer, y como principios morales sólo deberían ser vinculantes para quienes los comparten. Por otra parte, cabe destacar que si bien pudiera considerarse en los hechos un organismo como ser vivo, de ello no se extrae imperativamente que se encuentre bajo protección legal, pues es la sociedad, a través del debate democrático y la ponderación de los intereses en juego, la que debe establecer el estatuto jurídico de la vida prenatal, no la mera contemplación de la naturaleza.

Entendiendo que el aborto es un tema demasiado complejo en términos morales, particularmente para quien se lo practica, como liberal resulta complejo respaldar que sea el Estado el ente que imponga, bajo amenaza de cárcel, una solución unívoca a nuestros dilemas morales, especialmente si importa una restricción a nuestras libertades. Coexistiendo posturas legítimamente divergentes, la solución más prudente pareciera ser conceder a las mujeres un margen de apreciación para decidir sobre su embarazo, en tanto no exista algo que, sustentado en reglas imparciales y objetivas, pueda ser legalmente reconocido como vida. De existir, habría un legítimo interés público en su conservación pues democráticamente elegimos reconocerla como tal.

Separando el aborto de las consideraciones morales, en el fondo se trata de un tema de derechos humanos, que debe ser tratado en el espacio público. En estricto rigor, como la vida prenatal jurídicamente no es persona, conforme al artículo 74 del Código Civil, no existe desde el Derecho Constitucional un conflicto de derechos propiamente tal, sino que se trata de una colisión entre los derechos fundamentales de las mujeres y un interés protegido por el artículo 19 N° 1 de la Constitución. Así, derechos constitucionalmente protegidos como la integridad, la libertad personal, la privacidad y el acceso a la salud deberían tener preponderancia frente a la protección de la vida prenatal, por la indisponibilidad de estos derechos. En sentido contrario, una mujer embarazada vería erosionadas sus garantías fundamentales por el solo hecho del embarazo.

En fin, si bien la discusión del “aborto libre” es una que requiere mayor maduración y que probablemente no se dará seriamente en el corto plazo, sino en un par de años, al menos en el plano legislativo, resulta necesario al menos discutir sobre el tema en serio. La invitación es a conocer, escuchar y respetar todas las posturas, pues no existe ninguna moral inequívocamente superior a otra, y sobre todo a empatizar con lo que significa un embarazo no deseado, y especialmente su interrupción, para la mujer. Reconozcamos que en la diversidad de nuestras opiniones está la riqueza de nuestra democracia, y que la sociedad debe favorecer el consenso de reglas que permitan el más amplio ejercicio de la libertad individual, para que seamos las personas, no el Estado ni terceros, quienes dirijamos nuestros proyectos de vida. Este es, precisamente, el principal consenso al que deberíamos llegar como sociedad.

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