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Siempre ha sido por el "Ordem e progresso": el caso de Brasil

por Leandro Ortega Vargas 31 octubre, 2018

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Señor Director:

Jair Bolsonaro no es una figura nueva en el concierto latinoamericano; al menos conserva el arquetipo del viejo caudillo: de raigambre militar, un outsider con un discurso beligerante dirigido a los políticos de viejo cuño y con clara resonancia en grupos sociales muchas veces vulnerables y desposeídos de todo capital cultural.

También es cierto que el presidente electo de Brasil no ganó en la que es considerada la zona más pobre de este Goliat que es el país carioca. El Noreste (Bahía, Pernambuco, Río Grande del Norte, etc.) continuó eligiendo al candidato del PT (Partido de los Trabajadores), tal vez por las redes clientelísticas, tan viejas como la explotación de caucho en la Amazonía.

Mucho se ha escrito y dicho sobre el reciente fenómeno de elección de un candidato que representa la reemergencia de esa derecha dura que estuvo en el ostracismo luego del ocaso de las dictaduras del Cono Sur. Algunos han tildado a Bolsonaro de un “nuevo Trump”, si bien mantienen algunos elementos que se pudieren homologar –como que ambos sufren el tuitterismo o que se relevan con notoriedad la figura de la primera dama– los cierto es que presentan algunas marcadas diferencias.
Donald Trump es Wall Street por antonomasia, representa al capital financiero de Nueva York, ese mismo que se resiste a ceder en el equilibrio de poder frente a California, Silicon Valley y las start up. Nunca fue un político profesional. Al contrario de Bolsonaro, quien desde 1989 ha estado activo en política, incluso ha militado en 8 partidos distintos antes de ingresar al actual PSL (Partido Social Liberal).

Trump ha reactivado la pelea por el proteccionismo, famosas son las afrentas hacia Toyota por instalar plantas de producción en México y no en Estados Unidos, lo que ha motivado “amenazas” como subir los aranceles a la importación del tan demandado Toyota Corolla.

Bolsonaro es el ejemplo de esa élite latinoamericana que desde la década 1970 ha estado involucrada en los cambios económicos –derivando en culturales– propiciados en lo teórico por la Escuela de Austria. No es de extrañar que ya en estos días haya designado como ministros a algunos Chicago Boys. Sabemos que la doctrina económica Neoliberal es la antítesis de las barreras arancelarias, impuestos elevados, industrialización, etc.
Ahora, ¿Por qué Brasil? No es de extrañarse. La idea no es realizar una extensa revisión histórica, pero siempre es útil recoger algunos datos del pasado para así comprender mejor lo que está pasando en estos momentos.

Brasil fue el Imperio Portugués, incluso la Casa Real lusitana (Con Joao IV y Luego Pedro I) estuvo asentada en el aquella gran colonia mientras Napoleón jugaba a ser Julio César en la Península Ibérica. Luego de la independencia Brasil se transformó en un reino, tuvo su propio monarca, se dio el lujo de invadir otros territorios de Sudamérica como la Banda Oriental (actual Uruguay), el Paraguay, y más adelante salir victorioso en la Guerra de la Triple Alianza y la apodada Guerra del Caucho contra Bolivia. Aquí el país altiplánico cedió un vasto territorio del Noreste para luego Brasil sacar réditos a través de la explotación del árbol del caucho.

Brasil tuvo un pilar económico fundamental que era más grande que la misma producción de café o el oro, esa era la esclavitud. Fue uno de los últimos países occidentales en abolir la trata de humanos en 1888, cuando la monarquía cayó. Pero todo aquello ocurría sólo en el papel. Hay testimonios de que la esclavitud estuvo presente en Brasil al menos hasta entrada la década de 1920.

Brasil siempre admiró a Estados Unidos, un tiempo se llamó Estados Unidos de Brasil y su bandera se asemejaba graciosamente a la del país del norte, sólo que con menos estrellas y las barras se entonaban con el clásico verde amarelho.
Entrado el siglo XX llegan los populismos con Getulio Vargas a la cabeza: justicia social anticomunismo, industrialización a gran escala, etc. Todo ello encarnado en la versión carioca de Juan Domingo Perón. Vargas estuvo un largo periodo como gobernante y luego termino muerto por suicidio.
La dictadura más reciente llega en 1964 y dura hasta 1985. ¡21 años! Y dentro de estos Pelé nos maravillaba con un mundial ganado con la mejor selección de la historia.

Dentro de aquel régimen surge el Partido de los Trabajadores, algo así como el APRA peruano o el PRI mexicano aunque con diferencias hacia este último, pues, el PRI era una maquinaria tan monstruosa que se daba el lujo de tener a la extrema derecha e izquierda conviviendo en un mismo partido. El PT representaba a la gran mayoría de los brasileños: los negros y mulatos que nunca pudieron acceder a cuotas de poder ante el monopolio de los descendientes de portugueses.

Brasil ha sido un país de migrantes, algo así como Argentina pero a mayor escala. Los brasileños descienden de los barcos. En primera instancia africanos, portugueses, españoles, ingleses, japoneses y a veces una desconocida oleada de inmigrantes italianos. No es coincidencia que el apellido Bolsonaro sea italiano –así como Taffarell o Fittipaldi–.

Pero volvamos al PT. Este llega al poder en el año 2002 como un fenómeno de masas. El ungido fue Lula Da Silva, viejo tornero y dirigente sindical que fue activo opositor a la dictadura. Lula logra sacar de la pobreza a 30 millones de personas de un total de 200 que tiene el país –sin contar población indígena que habita el corazón del Amazonas que incluso no ha tenido contacto con occidente–. El mecanismo era incluirlos en el sistema bancario, algo así como un capitalismo de corte social. Lula deja el poder pero tenía su defina: Dilma Rousseff, quien siguió la misma senda del ex presidente.

Todo bien hasta que la clásica corrupción que, es el verdadero cáncer de Brasil, sale a luz. Oderbretch, una empresa constructora se vio involucrada en sobornos y financiamiento irregular a políticos principalmente del PT.
Dilma estuvo bajo impeachment, fue destituida siendo recientemente reelecta y fue reemplazada por una camada de personajes que rápidamente abandonaban el sillón presidencial porque eran igual de corruptos.

Hasta que resurge la hasta ese momento escondida y ,en ocasiones acomplejada, derecha que desde ahora no ha tenido problemas en relucir la homofobia, el nacionalismo extremo y la “destrucción de las minorías” como ha dicho su otrora candidato y ahora electo presidente. Militares y evangélicos fueron el capital político de Bolsonaro, sin ellos quizás este no habría tenido tanto eco. ¿Quiénes más disciplinados, obedientes, organizados y respetuosos de la autoridad, ya sea divina o terrenal, que los mismos militares y evangélicos?

El fantasma de la explotación del hombre contra el hombre (esclavitud), la mesiánica figura del jefe de estado (Monarquía) y el cristianismo exacerbado son elementos que continúan siendo gravitantes en la realidad cultural brasileña. Los países –o mejor dicho las élites de estos– no eligen sus lemas por vaga ocurrencia, sino porque se le otorgan significados profundos, en el caso de Brasil es “Ordem e Progresso” (traducido: Orden y Progreso). Lema que es circundado en la bandera por algunas estrellas en el firmamento. Jair Bolsonaro es muy brasileño, de eso no cabe duda, tan brasileño que el “Orden y Progreso” no lo ha transado por nada.

Leandro Ortega Vargas
Profesor de Historia y Geografía

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