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Piñera, una posverdad de caramelos, bombones y chocolates

por 12 mayo, 2020

Piñera, una posverdad de caramelos, bombones y chocolates
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El presidente Piñera no logra capitalizar en ningún sentido la gestión de la crisis. Tampoco su ministro de Salud. El esfuerzo comunicacional ha sido vano en su afán de mostrar a un Presidente que diseñó una estrategia efectiva e internacionalmente exportable de prevención y contención de la pandemia.

Un Presidente preocupado ante el abrupto cese de las actividades, sin embargo, no hubiera actuado con la lentitud con la que ha actuado Piñera y menos con toda la trenza de malas prácticas que le reconocemos ya hace décadas, que bien las podríamos reducir en su estrategia retórica de ampulosidad verbal sostenida sobre la base de millones de letras chicas.

Que ampulosidad ha habido al aperitivo, en el plato de fondo y en la sobremesa de esta pandemia, no cabe ninguna duda: somos un país ejemplo, unido y con al tope los corazones, Dios mediante.

Es la fábula comunicacional que Piñera no deja a un lado desde el mismísimo día de su elección, que tildaron de histórica, legítima y de nuevos tiempos, los tiempos mejores. Es un contenido ciertamente que no se adecua con la realidad. No seamos ingenuos y dejemos de pensar que la primera víctima de la pandemia fue la posverdad. En absoluto. La posverdad acompaña a este Gobierno desde su origen genealógico (antes de que llegara al poder en Apoquindo 3000) pasando por la crisis multisistémica de octubre 2019, arribando a la cresta de la ola justamente hoy, en medio de la crisis sanitaria del Covid-19.

Piñera siempre ha tenido algo de Berlusconi, de Sarkozy, de Trump y hasta de Le Pen, ese selecto grupo (por no nombrar a otros) de estadistas, entre millonarios y vulgares, que se jabonan con lo políticamente correcto.

Acá en Chile un medio de circulación nacional transformó a ese jaboneo en un producto de mercado. Piñericosas le decían a cada una de las certezas escénicas de que algo andaba mal con el Presidente. Y así, trufado de gracia, cada una de esas mismas veces, este Presidente zafa. Es un raro escamoteo comunicacional pues nos impide advertir a Piñera como siendo parte de una crisis global de las élites políticas, como siendo una de las notas esenciales de la más grande crisis social local que jamás hubiésemos vivido como país, y como siendo el ícono de la crisis moral de la clase política que se traduce en la imposibilidad de cambiarlos a todos por la bendita amarra de la alternancia en el poder. Es lo que hay.

Se trata de una especie de “fascismo democrático” le llama Alain Badiou en su último libro (Trump, Puf, 2020), designación del todo paradojal pero adecuada, según él, a cómo deviene la política en medio del juego democrático y a cómo llegan al poder este tipo de políticos capaces de edulcorar una subjetividad propiamente fascista. Y si hay algo de esa subjetividad que podemos advertir por estos días en nuestro país, es lo que Badiou llama “la promesa violenta”.

El margen que la pandemia le ha dado a Piñera y a su ministro de Salud, el margen, digo, lingüístico-comunicacional ha sido enorme y hasta insoportable. Es normal escuchar cómo se gestiona, gerencia y administra el aparato público, pero el descarrilamiento verbal de las autoridades ha sido del todo inapropiado y su vínculo con la posverdad de un nuevo Chile, con la creación de una ficción de éxito, con la fabulación de la normalidad segura es francamente desconcertante.

Piñera: caramelos, bombones y chocolates. En otras palabras, solo son palabras y palabras.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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