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La inseguridad de asistir a la escuela: un fenómeno que no cesa

por 17 febrero, 2021

La inseguridad de asistir a la escuela: un fenómeno que no cesa
Entendemos rápidamente que el año escolar 2020 se perdió en el marasmo de la virtualización y podemos proyectar sin temor a equivocarnos que el 2021 será un año gemelo, bastardo y sin gloria escolar. ¿No es mejor pensar desde ya en lo que haremos el año 2022? La presión por mostrar proacción contra un enemigo poderoso es más fuerte. Es la pulsión de la mala política que tenemos desde hace años en nuestro país, que ve cómo la democracia se electoraliza a un ritmo que no cesa o que es testigo -cruel, ya- de cómo la democracia se pierde en el estrecho margen de los pasillos del poder institucional de Santiago o Valparaíso.
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Nunca es seguro ir a la escuela. Nunca lo ha sido y nunca lo será. El recorrido desde la propia casa hacia la escuela es de por sí un camino complejo. Sea que se vaya solo o acompañado, a primera hora del día o después de almuerzo, bajo el implacable sol o la turbulenta lluvia, siempre algo puede pasar y el trayecto hacia la escuela puede ofrecer múltiples accidentes de variadas formas que no sólo dependen, por lo demás, del territorio. También pueden depender de uno mismo, de lo atento que se va al camino o de lo despistado que uno pueda estar. Ir a la escuela siempre supone un riesgo.

Hoy ese riesgo es mayor cuando el enemigo invisible del Covid-19 acecha sin piedad, con su radical igualitarismo, a todos los que pongan un pie fuera de la zona verde de seguridad que se supone es el propio hogar. Se multiplica geométricamente el riesgo y los adultos toman en consecuencia mayores precauciones, sean apoderados o profesores.

Así como globalmente continua desarrollándose la mundialización de la experiencia humana, de la misma manera el acceso a información de primera mano está a la vista de todos. Ya los gobiernos no pueden generar campañas de propaganda que escapen a las evidencias que cualquier ciudadano adulto puede obtener de la prensa internacional, de las agencias internacionales de salud o de la mera viralización de las redes sociales. La información está ahí y sólo un pensamiento mágico puede derribarla o, mejor dicho, conjurarla para beneficio de su propia ideología o religión. Ni mesas de trabajo orquestadas desde los gobiernos, ni menos consejos de expertos pontificando desde organismos centralizados podrán contra este simple acto –ciudadano– de saber qué es lo que está pasando efectivamente con la historia del Covid-19 en el mundo, desde el ordenador o celular que se tenga a mano. Sabemos las estrategias que han seguido los países del norte o los países de economías más poderosas respecto de sus sistemas escolares con un simple click del mouse. Nadie se puede engañar o nadie puede llamar a engaño.

Entendemos rápidamente que el año escolar 2020 se perdió en el marasmo de la virtualización y podemos proyectar sin temor a equivocarnos que el 2021 será un año gemelo, bastardo y sin gloria escolar. ¿No es mejor pensar desde ya en lo que haremos el año 2022? La presión por mostrar proacción contra un enemigo poderoso es más fuerte. Es la pulsión de la mala política que tenemos desde hace años en nuestro país que ve cómo la democracia se electoraliza a un ritmo que no cesa o que es testigo –cruel, ya– de cómo la democracia se pierde en el estrecho margen de los pasillos del poder institucional de Santiago o Valparaíso.

Esta vacunación probablemente no sirva para las variantes del Covid-19, que ya campearán durante este año. Las semanas pasan volando y este país no es precisamente de aquéllos que han seguido la estrategia de cerrar fronteras y resguardarse radicalmente. No sólo por su ineptitud política o su incapacidad económica, sino también porque las élites no quieren y no pueden ceder así de fácilmente a la racionalidad más práctica y ética del frenazo radical que impondría una estrategia de, llamémosla así, “Zero-Covid”. Nuestra clase gobernante, la dirigente, la que toma decisiones, la que vive en las torres de marfil, ni siquiera entiende lo que es perder un año escolar y menos aún lo que significa comenzar un año escolar. No sabe lo que la experiencia escolar es o debe ser, como tampoco comprende la definición compleja del fenómeno educativo. Son más bien una clase que se mueve por intereses vinculados a econometrías de corto alcance. Muchos de ellos, es triste advertirlo, ni dos dedos de frente tienen. Así, cuándo. Ni con la nueva Carta Magna.

¿Desdicha y desazón?, ¿angustia, depresión, sin sentido? Tampoco es para tanto. La educación chilena hace rato que vale bien poco y tal vez este frenazo obligado, esta desmovilización escolar, sea un buen tiempo para pensar, con conciencia en los actuales desafíos de la humanidad, en una nueva educación. El resto es cotillón.

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