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Del discurso proinversión al incentivo real Opinión Archivo

Del discurso proinversión al incentivo real

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A veces la mejor señal no es bajar una tasa para todos. A veces es mucho más potente decirle al que está dispuesto a invertir que lo haga ahora, porque esta vez el sistema no le pondrá la contabilidad en contra.


El debate tributario chileno parece condenado a girar siempre alrededor de la misma perilla de la tasa del impuesto de primera categoría: subirla, bajarla, integrarla, desintegrarla. Cada cierto tiempo volvemos al mismo ritual, como si el crecimiento dependiera únicamente de mover un número hacia arriba o hacia abajo. Sin embargo, si lo que realmente queremos es estimular la  inversión, existen varias opciones y por lo menos hay un instrumento más directo, más quirúrgico y  probablemente más eficiente. Me refiero a la depreciación inmediata de los activos fijos.

La idea es la siguiente: cuando una empresa compra una máquina, instala equipos, construye capacidad productiva o renueva tecnología, el sistema tributario normalmente le permite descontar ese gasto a lo largo de varios años, según la vida útil asignada al bien. La depreciación inmediata le  permite hacer algo distinto, y esto es reconocer ese gasto de una vez, en el mismo ejercicio en que se realiza la inversión. Simple. Sin franquicias extravagantes y sin agujeros fiscales sin fondo, se  alonea el impuesto con el momento efectivo en que la empresa hizo el esfuerzo de invertir.

Aquí está la diferencia fundamental con una rebaja del impuesto corporativo. Una reducción de tasa  puede tener ventajas. Puede mejorar la competitividad tributaria del país, hacer más atractiva la  localización de capitales y aliviar la carga sobre las empresas. Pero no es, por sí misma, un incentivo  directo a la inversión. Beneficia a toda empresa con utilidades, invierta o no invierta. La depreciación inmediata, en cambio, solo beneficia a quien efectivamente se mueve, al que compra equipos, levanta una planta, moderniza procesos, incorpora tecnología o aumenta su capacidad productiva.  No premia simplemente la existencia de utilidades, sino que premia la decisión de transformar esas  utilidades en inversión real.

Esto importa mucho en un país que lleva demasiado tiempo mirando con nostalgia sus antiguas tasas de crecimiento. La inversión no se recupera con discursos generales sobre confianza, ni solo con llamados patrióticos al sector privado. Se recupera mejorando los números concretos que enfrenta un proyecto. Cuando una empresa puede descontar de inmediato el costo de una  inversión mejora su flujo de caja, baja el costo de uso del capital y aumenta el valor presente de  proyectos que antes podían quedar esperando en una planilla Excel. Muchas inversiones no se  rechazan porque sean malas. Se postergan porque el margen es estrecho, porque la incertidumbre pesa o porque el retorno llega demasiado tarde. La depreciación inmediata empuja justamente en  ese borde, donde se decide si un proyecto se hace o se guarda en el cajón.

La objeción obvia es fiscal. Si las empresas descuentan todo al comienzo, el fisco recauda menos en  el primer año. Eso es cierto. Pero conviene no confundir un problema de caja (que tanto obsesiona a algunos) con una renuncia permanente de recaudación. La empresa no está descontando más de  lo que podía descontar antes. Está descontando antes lo que igual habría descontado después. El  gasto tributario se adelanta, no se multiplica. En los primeros años el fisco recibe menos, pero en  los años siguientes recibe más, porque esa inversión ya fue íntegramente reconocida como gasto.  En régimen, el efecto tiende a equilibrarse. Hay un costo financiero para el Estado, por cierto, pero no necesariamente una pérdida estructural equivalente al beneficio inicial.

Además, si el incentivo funciona, el cálculo fiscal debe mirar el cuadro completo. Más inversión significa más actividad futura, más empleo formal, más IVA, más cotizaciones, más utilidades futuras y una base tributaria más amplia. Hoy, el verdadero costo fiscal de Chile está en seguir conviviendo con una economía que invierte poco, crece poco y por esa misma razón recauda menos de lo que podría recaudar.

Hay otra ventaja que suele pasar inadvertida: la simplificación de nuestro sistema tributario. La gestión tributaria de los activos fijos es uno de esos laberintos donde se cruzan contadores, abogados, fiscalizadores, tablas de vida útil, depreciaciones normales, aceleradas, correcciones  monetarias, bajas, ventas, traspasos y discusiones sobre cuándo empezó realmente a usarse un  bien. Es una zona fértil para la complejidad y, por lo mismo, para la discrecionalidad. La depreciación  inmediata corta buena parte de ese nudo. Si el activo es depreciable, fue adquirido para producir y  se usa en el giro, se descuenta. Menos arqueología contable. Menos discusión artificial. Más foco en lo importante.

Por supuesto, el diseño importa. No tendría sentido convertir este instrumento en una nueva selva  de excepciones. Debiera aplicarse con reglas simples, generales y verificables. Debiera excluir terrenos, activos puramente financieros o maniobras destinadas solo a fabricar pérdidas tributarias. Pero esas precauciones no invalidan la idea central. Al contrario, la fortalecen: mientras más simple  sea el mecanismo, más fácil será fiscalizarlo y menos espacio habrá para usarlo mal.

Chile ya conoce este camino. La depreciación instantánea existe para las pymes bajo determinados regímenes y también ha sido utilizada transitoriamente en reformas recientes. La pregunta es por qué no avanzar hacia una aplicación más amplia, permanente y pareja. Si creemos de verdad que la  inversión es una condición del crecimiento, no parece razonable reservar uno de los mejores  incentivos solo para ciertos contribuyentes o tratarlo como medicina de emergencia en períodos excepcionales.

La política tributaria no debiera enamorarse de los símbolos. Bajar la tasa corporativa suena fuerte, ordenado, casi épico, pero si la pregunta es cómo lograr que una empresa invierta mañana y no dentro de cinco años, la depreciación inmediata puede ser una herramienta más precisa. En vez de  regalarle alivio tributario a quien simplemente tuvo utilidades simplemente le dice que invierta, produzca, modernice, arriesgue capital, y el sistema tributario lo acompañará en ese esfuerzo.

Chile necesita recaudar, pero también necesita crecer. Y para crecer necesita inversión. La discusión tributaria madura consiste en diseñar reglas que permitan financiar bienes públicos sin castigar  aquello que genera futuro. A veces la mejor señal no es bajar una tasa para todos. A veces es mucho más potente decirle al que está dispuesto a invertir que lo haga ahora, porque esta vez el sistema no le pondrá la contabilidad en contra.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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