Opinión
Día Mundial del Sueño: tiempo de legislar para la salud de los ritmos biológicos en Chile
No nos explicamos el lentísimo progreso de la legislación en esta materia en nuestro país, pero vale la pena tener en cuenta que en otras latitudes el lobby de intereses económicos ha obstaculizado la implementación de políticas que protegen la salud cronobiológica.
La medicina contemporánea, con su enorme repertorio de recursos, ha dado respuesta a un amplio espectro de problemas de salud, heredados algunos desde que el humano es humano, y otros inventados por la modernidad. La invención de la luz artificial eléctrica a fines del siglo XIX, junto con sus innegables beneficios, trastornó la natural ocurrencia de los ciclos día y noche, transgrediendo lo prescrito en la medicina hipocrática de hace 2.500 años: “El paciente debe seguir la costumbre natural de permanecer despierto de durante el día y dormir durante la noche”.
Desde luego, un núcleo argumental basado en la sabiduría ancestral no resulta suficientemente convincente para proclamar o exigir una intervención sanitaria. Es que la medicina contemporánea se mueve con pies de plomo hasta consolidar suficiente evidencia, incluso allí donde el saber antiguo, el sentido común y la anécdota, exponen problemas que tarde o temprano nos revientan en la cara.
Hoy por hoy, el listado de consecuencias médicas conocidas y por confirmar como producto de la disrupción de los ritmos biológicos o cronodisrupción, es largo e incluye situaciones severas como el cáncer, trastornos metabólicos, inmunológicos y del ánimo. Debemos agregar los trastornos del ciclo sueño-vigilia, donde el insomnio, el sueño insatisfactorio, la somnolencia diurna y una vigilia inefectiva son la manifestación más elocuente de un cuerpo hostilizado por la demanda de disponibilidad perpetua 24×7.
El impacto de la cronodisrupción es probablemente mayor en niños y adolescentes, adultos mayores y pacientes con trastornos primarios del dormir. Su efecto es acumulativo en el largo plazo. Ese es el consenso mundial en el mundo académico y de los expertos en salud, respaldado por la más extensa evidencia epidemiológica.
Al parecer la evidencia médica sistemática tampoco es suficiente argumento para convencer a los “tomadores de decisiones”, políticos, empresa, entes regulatorios, etc., y a la población en general. Por ejemplo, pese a la evidencia incuestionable respecto del daño del tabaquismo, después de sesenta años de tira y afloja entre la academia, la industria y el Estado, aún tenemos altísimas secuelas sanitarias por una industria que se niega a desaparecer y elude las regulaciones.
En el caso de la salud de los ritmos biológicos el debate es más reciente, pero el diagnóstico es no menos devastador: laxitud reglamentaria para los turnos laborales, mantención del cambio de hora estacional, y la adopción de zonas horarias equivocadas (particularmente en la Región de Magallanes, que adoptó el horario atlántico permanente), son realidades que reflejan abandono de responsabilidad por parte de las autoridades que han optado por ignorar el impacto de dormir y despertar en los tiempos equivocados y que afectan la vida de toda la población.
Existe, paralizado en el Congreso de la República, un proyecto de ley presentado en el año 2018, promovido desde la academia (Dres. John Ewer y Ramón Latorre de la Universidad de Valparaíso) y respaldado ampliamente por Sociedades Científicas y Profesionales de la Salud del país. Su propósito es corregir la zona horaria de Chile continental y terminar con los cambios de hora estacional, en sintonía con lo propuesto por las sociedades académicas y de salud del mundo. No nos explicamos el lentísimo progreso de la legislación en esta materia en nuestro país, pero vale la pena tener en cuenta que en otras latitudes el lobby de intereses económicos ha obstaculizado la implementación de políticas que protegen la salud cronobiológica.
Esperamos que este año 2024 existan avances legislativos en favor de asegurar un marco temporal adecuado para la actividad y el reposo, como un primer paso en la resolución de un problema largamente postergado y de alto impacto en la calidad de vida de los chilenos.
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