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La Unión Europea y Rusia: dos relatos para un mismo 9 de mayo ANÁLISIS Archivo

La Unión Europea y Rusia: dos relatos para un mismo 9 de mayo

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Escuela de Periodismo y Comunicación de la U. Finis Terrae. @arojas_inter
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En un escenario internacional crecientemente dominado por rivalidades entre Estados Unidos, China y Rusia, Europa aparece como un socio predecible, institucional y menos inclinado a utilizar coerción militar o económica extrema como herramienta cotidiana de política exterior.


Este 9 de mayo volverá a ser una fecha profundamente simbólica para Europa. Pero no por una razón única, sino precisamente por el contraste cada vez más evidente entre dos visiones del continente, dos relatos históricos y dos proyectos políticos completamente distintos.

Mientras en Bruselas, Estrasburgo, París o Berlín se celebrará el Día de Europa, en Moscú está previsto conmemorar el Día de la Victoria soviética sobre la Alemania nazi (aunque con un despliegue más modesto que en años anteriores). Ambas fechas nacieron del mismo trauma histórico, la Segunda Guerra Mundial, pero hoy representan ideas casi opuestas sobre el poder, la seguridad y el futuro del continente.

El Día de Europa recuerda la Declaración Schuman del 9 de mayo de 1950, cuando el entonces canciller francés Robert Schuman propuso integrar las industrias del carbón y del acero de Francia y Alemania Occidental, junto con Bélgica, Luxemburgo, Italia y Países Bajos. La idea parecía casi utópica para una Europa que apenas cinco años antes estaba devastada por la guerra. Sin embargo, ese proyecto de integración económica y política terminó transformándose en el germen de la actual Unión Europea.

No fue simplemente un acuerdo comercial. Fue un intento deliberado de reemplazar siglos de rivalidad, nacionalismos extremos y guerras recurrentes por una arquitectura basada en cooperación, instituciones comunes y reglas compartidas. Por eso, la Unión Europea no suele definirse solo como un bloque económico: también se presenta como una comunidad política sustentada en valores comunes como democracia, libertades civiles, derechos humanos y el Estado de Derecho.

En el otro extremo, Rusia conmemorará el mismo 9 de mayo exaltando la llamada “Gran Guerra Patria”, la gigantesca lucha soviética contra la Alemania nazi entre 1941 y 1945. Para Moscú, aquella victoria sigue siendo el principal mito fundacional de la Rusia contemporánea y por eso no es casualidad que cada año la Plaza Roja se transforme en un escenario de demostración militar y patriotismo.

El punto es que este 2026 no desfilarán los tradicionales tanques, lanzamisiles, blindados y sistemas de artillería que normalmente son el corazón visual de la ceremonia. Según el Ministerio de Defensa ruso, la decisión se tomó debido a la “situación operativa actual”, una referencia directa a la guerra en Ucrania y, sobre todo, al temor a ataques con drones ucranianos sobre Moscú.

El problema es que esa memoria histórica, que alguna vez fue un símbolo del sacrificio soviético contra el nazismo, hoy convive con otra realidad mucho más incómoda. Hace más de cuatro años, el 24 de febrero de 2022, Rusia inició la invasión a gran escala contra Ucrania, el mayor conflicto convencional en Europa desde 1945, una guerra que ha dejado decenas de miles de muertos, millones de desplazados y que remeció por completo la arquitectura de seguridad europea construida tras el fin de la Guerra Fría.

Más aún, el conflicto destruyó una ilusión profundamente instalada en Europa Occidental durante décadas, la idea de que la interdependencia económica y la globalización bastaban para evitar una guerra de gran escala en el continente. Alemania redujo capacidades militares durante años, confiando en el “dividendo de la paz”. Francia apostó por la estabilidad continental. Y muchos otros países europeos privilegiaron el bienestar social por sobre el gasto en defensa. Sin embargo, mientras eso ocurría, Europa aumentaba peligrosamente su dependencia energética de Rusia.

La invasión a Ucrania cambió todo eso. Y en ese contexto, este 9 de mayo ya no es solo una conmemoración histórica; también es un espejo de la fractura geopolítica actual del continente, porque mientras la Unión Europea intenta reforzar una identidad basada en integración y normas comunes, Rusia ha optado por una lógica de esferas de influencia, presión militar y revisión del orden internacional surgido tras 1991. Y esa tensión se vuelve todavía más relevante en un escenario global marcado por la incertidumbre creciente.

Para regiones como América Latina, la Unión Europea representa una de las pocas grandes potencias que todavía intenta sostener principios multilaterales relativamente estables. Esto, porque en un escenario internacional crecientemente dominado por rivalidades entre Estados Unidos, China y Rusia, Europa aparece como un socio predecible, institucional y menos inclinado a utilizar coerción militar o económica extrema como herramienta cotidiana de política exterior.

Eso no significa idealizar a Europa, pero sí implica reconocer que, en medio de un mundo cada vez más convulsionado, la existencia de un bloque que todavía defiende reglas comunes, instituciones internacionales y cooperación política sigue siendo un factor de estabilidad global. Y esa diferencia, en el turbulento escenario actual, importa mucho más de lo que parece.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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