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¿Cómo reescribir un nuevo proyecto de izquierda?

por 17 enero, 2020

¿Cómo reescribir un nuevo proyecto de izquierda?
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Desde el 18 de octubre hemos escuchado incansablemente que el estallido no tiene relación con izquierda y derecha, que se trata de un evento o proceso que está más allá de las divisiones políticas tradicionales. Este discurso ha colaborado en dotar de masividad, transversalidad y diversidad al movimiento. Sin embargo, lo cierto es que la mayoría de las demandas que han surgido de este movimiento, como nueva constitución, el aumento de los salarios (es decir, disminución de la desigualdad), el fin a los abusos de los empresarios, el mejoramiento de la salud y la educación públicas y el fin de las AFP, son propuestas y demandas – también tradicionales – de la izquierda.  Mientras en el corto plazo muy poco han hecho el gobierno y el congreso por dar respuesta a estas demandas (a excepción de la dificultosa habilitación del plebiscito para una nueva constitución), en el mediano plazo se avizora, al menos, algún tipo de cambio hegemónico, de reorientación de la vida política transicional tal como la conocíamos. Sin embargo, no sabemos en qué consistirá ese cambio, no sabemos que traerá a nuestras vidas. Tenemos esperanza. Pero estamos en la penumbra, en la incerteza absoluta del futuro.

El problema central al que nos enfrentamos hoy es que, dada las características que ha tenido el estallido y la protesta, no existe un horizonte a largo plazo al cual avanzar, un horizonte que permita desarrollar una estrategia clara y consciente que oriente nuestras acciones en el presente. Sí, es correcto que esta espontaneidad y la imposibilidad de que alguien pueda arrogarse la conducción o incluso la vocería del movimiento ha sido uno de los factores claves que han dado fuerza y masividad a las protestas, además de un amplio apoyo popular. Sin embargo, llegado el momento, las fuerzas políticas ya organizadas y la elite político-económica comenzarán a fagocitar el movimiento, tergiversando sus principios y demandas reduciendo así su fuerza y apoyo. De hecho, esto ya ocurrió en el 2006 con el movimiento pingüino y el 2011 con el estudiantil. Creo que en estos momentos ya lo están intentando, aunque todavía sin mucho éxito. La creación por parte de los partidos de comandos de campaña para el plebiscito va en esa dirección.

Tal como he dicho, las demandas que están en las calles son las demandas clásicas de la izquierda y, sin embargo, ellas no aparecen (excepto en algunas mentes convencidas) relacionadas con la izquierda. Un interés por reducir la desigualdad, por mejorar la vida de los sectores más desfavorecidos y disminuir los privilegios de unos pocos – los así llamados abusos –, no puede sino ser parte de una propuesta de izquierda. Entonces ¿por qué esos sectores políticos que llamábamos ‘de izquierda’ no solo no capitalizan el actual contexto, sino que incluso parecen estar en peores condiciones que antes del estallido?

En buena medida, esta pregunta se explica por la naturaleza de la política transicional o post-dictatorial y la naturaleza del estallido mismo y su imputación a esa política. Lo que hemos conocido desde 1990 en adelante ha sido una gran política desconectada de la vida cotidiana de las personas, una gran política que anuncia representar a grupos o sectores sociales pero que en la práctica actúa mirándose a sí misma. Hemos vivido por largos años bajo el rimbombante e intrascendente juego de las elites, un espectáculo cuyo fin último ha sido y es mantener todo tal como está. Es decir, con los privilegiados y poderosos en sus puestos de poder, y el resto – los espectadores – en sus vidas cotidianas con dificultades, miserias, anhelos y desventuras. Nos han contado incansablemente un cuento sobre un Chile imaginario, creyendo que no nos dábamos cuenta del engaño. Es a este tipo de política al que entraron a participar tanto los partidos de izquierda tradicionales (convengamos que el actual PS es uno de los fundadores de esta lógica política), como el Frente Amplio. Con o sin intención, inevitablemente se transformaron en aquello que buscaban cambiar, mimetizándose con la elite, adoptando sus conceptos y formas. Así, lograron en tan solo un instante que su discurso transformador quedara completamente vacío, que fuera tan poco creíble como el del resto de la elite. El resultado: el movimiento social actual cuyo sentido es la imputación de esa política transicional, señala ilegítimos a todos los partidos y orientaciones políticas, incluyendo a lo que hemos conocido como izquierda.

Y entonces ¿Cómo orientar el presente para que el mundo que está por nacer sea efectivamente distinto y más justo que el anterior? Carlos Ruiz Encina ha señalado que a la izquierda le falta un proyecto político alternativo al neoliberalismo, que supere las propuestas clásicas de la izquierda del siglo XX y que tome en cuenta la realidad neoliberal chilena. Estoy completamente de acuerdo en que se necesita tal proyecto. Pero tan o más importante que el proyecto en sí, son los fundamentos procedimentales y las formas en que tal proyecto se construye y se pone en acción. Así como ninguna persona ni grupo puede hoy arrogarse la capacidad de representar el movimiento social en las calles, tampoco será legítimo un proyecto que sea pensado por un iluminado o por un grupo de iluminados que en su infinita capacidad intelectual sean capaces de encontrar las verdades últimas. Hoy cualquier proyecto que emane de un actor político tradicional o de un gran pensador será visto como un engaño, como una cosa de privilegiados, de aquellos que tienen la capacidad de hablar. Apresurarse en proponer proyectos para demostrar que la izquierda puede ser una alternativa viable de gobierno sin seguir las formas apropiadas, solo conducirá al vacío discursivo y al desprestigio aún mayor de la izquierda institucionalizada.

Debemos reescribir un nuevo proyecto de izquierda, entre todas y todos. Y para eso lo primero que debemos hacer es repensar el cómo hacemos política, es decir, las fórmulas éticas que nos llevan a actuar en el mundo. Son únicamente los procedimientos y las formas, las que darán legitimidad a una propuesta cualquiera ¿Y cuáles son esas formas?

Lo primero que debemos entender es que la política no es la conquista del poder por el poder, ni la estrategia instrumental por alcanzar ciertos fines públicos, ni es un espacio de acuerdos amplios, como ha querido hacernos ver la elite. Es algo mucho más simple. La política es una relación social que establecemos entre todas y todos en nuestras vidas cotidianas o, dicho de otra forma, es una dimensión de nuestras relaciones familiares, de amistad, de vecindad, con compañeros de trabajo y de estudio. Es al interior de estas relaciones cotidianas que nos jugamos el orden social, al influir en el marco ético con el que evaluamos el mundo y actuamos en él. La política siempre es, en primer lugar, una política de la vida cotidiana. La separación sociológica tradicional entre lo social y lo político pierde sentido si pensamos que la política es y está en nuestras relaciones. El ejemplo más claro de esto: las protestas que comenzaron el 18 de octubre están totalmente separadas de los actores políticos tradicionales o emergen por fuera del sistema político, pero difícilmente podemos no considerarlas protestas políticas. El movimiento es el resultado de marcos éticos, es decir, de formas de evaluar el mundo y de actuar en él que han sido transmitidas en relaciones sociales cotidianas entre todas y todos por muchos años. En este sentido, si la política es una relación o una dimensión de nuestras relaciones sociales, entonces para producir una política efectivamente transformadora y un nuevo proyecto de izquierda legítimo, lo primero es seguir apropiadamente las formas y procedimientos bajo el que se construyen y organizan nuestras relaciones sociales. Es decir, todas y todos debemos desarrollar nuestra acción política de acuerdo con los marcos éticos bajo los que se organiza nuestra sociabilidad. A continuación, voy a proponer tres conceptos o códigos éticos que deben orientar una práctica política de izquierda.

El primer código que quiero proponer es el de sacrificio. Todas las relaciones que valoramos y que están fundadas en el cariño y el afecto mutuo presuponen que en la constitución de esas relaciones no existe instrumentalidad. Esa falta de instrumentalidad se demuestra en el sacrificio cotidiano que hacemos por nuestros seres queridos. Un sacrificio que, a diferencia del sacrificio a los dioses, no busca nada a cambio, ni siquiera su reconocimiento. Así, cuando un familiar o amiga/o nos enrostra los sacrificios que ha realizado por nosotros, inmediatamente la relación se tensiona porque emerge la posibilidad de instrumentalidad. El reconocimiento silencioso de un sacrificio está en la base de la constitución de nuestras relaciones y de la política como relación. La fuerza de los sacrificios silenciosos es enorme y excede el campo de la familia: en los años ‘80s, el sacrificio de muchos por terminar con la dictadura – arriesgando su vida e incluso perdiéndola en el intento – fue el arma más poderosa que se usó para mantener viva la esperanza y la fuerza de la protesta popular. Me atrevería a decir incluso que la legitimidad de la que gozó la Concertación durante dos décadas se fundó en ese mismo sacrificio y que su caída se explica por la toma de conciencia de la falsedad de ese sacrificio (siempre fue instrumental, puro y simple egoísmo). Después de 1990 la imagen local del sacrificio se traspasó a la familia: había que trabajar para darle una mejor calidad de vida y un mejor futuro a nuestros hijos. Finalmente, el sacrificio de los jóvenes escolares protestando por el alza del pasaje de metro – un alza que no les tocaba directamente a ellos – fue la semilla del estallido social del 18 de octubre, así como los miles que se mantienen protestando después de dos meses – con violaciones a los derechos humanos de por medio – son hoy el fundamento que mantiene vivo al movimiento. Una nueva política para una nueva izquierda debe ser sacrificial, es decir, debemos estar dispuestos a dar tiempo y dinero, a perder privilegios y entregarnos por entero a lo que creemos. Debemos demostrar en actos que luchamos no por nosotros, sino que, por otros, por las mayorías, por el pueblo.

El segundo código que quiero proponer es el de consistencia. El mantenimiento en el tiempo de nuestras relaciones depende no sólo de los sacrificios silenciosos que hacemos por nuestros seres queridos, sino que también de la consistencia con que evaluamos el mundo y actuamos en él. Consistencia no solo implica la correspondencia entre el decir y al hacer, sino que también la mantención de nuestros principios en el tiempo de manera constante, así como de las acciones que derivan de ellos. La inconsistencia nos vuelve poco confiables, poco creíbles, lo que puede llevar rápidamente a una traición. Las traiciones son momentos en los que caemos fuera de los marcos éticos compartidos con los que nos rodean. Buena parte de la izquierda tradicional después de 1990 apeló a la imposibilidad de alcanzar sus ideas debido al ordenamiento institucional heredado de la dictadura y a la posibilidad de una regresión autoritaria (la justicia en la medida de lo posible). Se instaló entonces una idea de civilidad que buscaba evitar el disenso y hacer cuenta nueva tanto del pasado violento de la dictadura, como de las ideas que esos partidos decían representar (la política de los acuerdos). Esta evasión del disenso ya sea por miedo o acomodo, tuvo un resultado terrible para la izquierda tradicional: dejó en evidencia la inconsistencia entre lo que decían y hacían y, a veces, entre lo que decían en un momento y lo que decían en otro. Esta fue la gran traición de los políticos. Con ello la gran política dejó de ser un espacio donde se jugara algo importante, perdiendo su sentido y llevando a la inmovilidad (lo que en la jerga de derecha se conoció como ‘la gran estabilidad’ del país). Una nueva política para una nueva izquierda requiere la consistencia entre lo que se dice y hace, requiere abandonar completamente el miedo al disenso e ir hasta el final con nuestras ideas. Esa es la única forma para volver a creer. La estrategia política, que es esa suerte de justificación que nos damos para hacer aquello en lo que no creemos, tiene como límite infranqueable los principios bajo los que se funda nuestra posición de izquierda.

Finalmente, el último código que quiero proponer es el de control. El control, tal como yo lo defino, es una derivación del establecimiento de relaciones fundadas en el sacrificio silencioso y de la creación de marcos éticos comunes producto de la consistencia en el tiempo. Refiere a la capacidad que tenemos todos de influir no instrumentalmente en la manera de pensar y actuar de nuestros familiares, amigos y vecinos. El control no es lo mismo que el ejercicio del poder, porque su alcance son solo nuestras relaciones y su base es el cariño preexistente con los otros en nuestra cotidianidad. Ejercemos control sobre otros y otras porque los y las queremos – y viceversa. Esta capacidad de influencia orgánica permite que la política pueda tener direccionalidad al obligarnos a actuar de manera conjunta en el mundo. Muchos de los que hemos salido a protestar desde el 18 de octubre lo hemos hecho no simplemente porque tenemos una manera particular de pensar o de ver el mundo, sino que movidos por aquellos que nos rodean, motivados por nuestros entornos familiares, de amistad y vecindad. Durante 30 años, la gran política fue progresivamente perdiendo su capacidad de incidir en este espacio, lo que se confirma muy fácilmente con el alza en el porcentaje de personas que no votan (actualmente más de la mitad de la población). Y a esto debemos sumar aquellos que votan sin convicción, buscando el mal menor. Una nueva política para una nueva izquierda debe provenir del control cotidiano de unos con otros, debe emerger desde todos los espacios cotidianos en los que nos movemos y no desde las alturas del poder político institucional.

Todos estos códigos éticos pueden ser encontrados en el movimiento que emergió el 18 de octubre y han sido la fuente principal de su fuerza. Sin embargo, todavía necesitamos transformar la legitimidad del movimiento en un proyecto político a largo plazo. Para esto necesitamos llevar adelante un proceso de condensación, es decir, debemos alinear o sintetizar relaciones para que las ideas que esas relaciones transmiten se vuelvan hegemónicas y se materialicen en la práctica. En otras palabras, debemos ser capaces de, partiendo de los códigos éticos mencionados, tomar y ejercer el poder para cambiar nuestro mundo. Para eso debemos condensar nuestras ideas en un proyecto y delegar en algunas personas la obligación de hacerlas realidad. La democracia directa que muchos consideran una solución al conflicto actual o la posibilidad de revocar el mandato presidencial constitucionalmente – que no es lo mismo que un golpe de Estado, que por definición es un rompimiento del marco institucional – solo podrán existir si somos capaces de condensar nuestras ideas, sentimientos y lealtades en algunas personas (así como la disminución de la desigualdad, el fin de las AFP o el mejoramiento de la salud y educación públicas). Necesitamos algún tipo de estructura organizativa y de representación, aunque solo sea para mandatar a ciertas personas a llevar adelante nuestro proyecto. Si no somos capaces de dotarnos de esa estructura – por muy laxa que sea – el movimiento corre el serio peligro de, tarde o temprano, desintegrarse sin haber cambiado el mundo. Ejemplos hay de sobra en la historia humana pasada y reciente. Con todas las trampas y la falta de participación social en su habilitación, el plebiscito y elección de delegados y delegadas constituyentes es una oportunidad clara para transformar la legitimidad del movimiento en un proyecto. Debemos ganar y arrasar en el plebiscito y en la constituyente de tal forma que podamos escribir una constitución que consagre derechos humanos, políticos, económicos y sociales para todas las personas. Un nuevo proyecto de izquierda alternativo al neoliberalismo solo puede ser construido entre todas y todos a través del sacrificio cotidiano y silencioso, la consecuencia de nuestros principios en el tiempo y el control orgánico y mutuo con aquellos que nos rodean.

 

 

 

 

 

 

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